Categoría: Érase nunca

“El nieto nazi de Churchill” (el documental perdido tras el muro)

birminghamposterUna Ucronía de Juan Carlos Pérez Álvarez

Amanece en los Campos Elíseos de París y es 10 de noviembre de 1990. Un año ha pasado desde la cáida del muro que dividía Europa en dos. Hace un año por estas calles de la ciudad de la Luz, antigua capital de la otrora libre Francia, empieza a recuperar su esplendor poco a poco, a la par que comienza la revelación de sus secretos más profundos. Como por ejemplo, una cinta. Una simple cinta de vídeo Beta como las que pueda tener en su casa, pero que incluye un secreto largo tiempo ocultado, que, probablemente no vaya a cambiar los libros de historia, ni vaya a ser objeto de gran debate en la Académia del Poder Popular para la Historia de la AlexanderPlatz de Berlín, pero no deja de ser interesante por el celo con el que se ha querido esconder de la luz pública y del juicio de la Historia. Sigue leyendo

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Érase nunca: Los hermanos Balbín

Un cuento recién salido del horno. Como es largo no os doy más la plasta. Dedicado a mi abuelo que falleció el año pasado, zoquero de profesión.

Los hermanos Balbín

 

Es difícil que dos hermanos puedan ser tan distintos y tan parecidos al mismo tiempo como los hermanos Balbín. Creo que empezaré por sus similitudes, y así ustedes comprenderán mejor el alcance de sus diferencias. Carlos y Francisco Balbín eran morenos, altos, de grandes ojos negros y prontos a la sonrisa. De buen carácter y agradables en el trato eran queridos por la mayoría de sus vecinos, mi madre siempre decía que ser un Balbín te garantizaba automáticamente el poder de agradar a los demás.

Pero ahí acababa todo parecido, porque a pesar de que el aire familiar era inconfundible y las facciones de los dos hermanos eran las mismas, habían sido distribuidas de forma muy distinta.

Francisco Balbín, el pequeño (De edad, que no de estatura), había sido el más afortunado; tenía largas pestañas, la mandíbula bien formada, buenos pómulos y, cuando alcanzó la pubertad, le sacaba unos cinco centímetros a su hermano mayor. Carlos, en cambio, había sido presa de una jugarreta genética, y pese a tener los elementos para un físico tan atractivo como el de su hermano, había recibido una combinación distinta. A pesar de ser alto era de espaldas estrechas y, mientras que Francisco era un buen mozo, él tenía hombros cargados y parecía un espantapájaros con aquellos brazos tan alargados y huesudos. La frente ancha de su hermano era excesiva en Carlos y el pelo, negro y tupido como el de su hermano, le empezaba demasiado atrás dándole una apariencia extravagante. Los dos tenían la misma nariz recta y perfecta, pero en el caso del mayor esta era demasiado pequeña y no era proporcionada con sus grandes ojos, que si en el caso de Fran volvían locas a todas las muchachas de la provincia, en el caso de Carlos eran un poco saltones, y le hacían parecer poco inteligente. Donde su hermano era de facciones marcadas y varoniles, él tenía líneas angulosas; si uno poseía manos fuertes y grandes, el otro las tenía alargadas y nudosas; si los labios de uno parecían hechos para ser besados, los del otro daban la sensación de estar eternamente hinchados.

Ya desde pequeños eran identificados como Balbín el guapo y Balbín el mayor. Pese a sus orejas de soplillo, su rostro casi cómico, y las continuas alabanzas que recibía su hermano menor (La tía Lidia no podía evitar exclamar “¡Pero que guapo es este zagal!” cuando se los encontraba a ambos por la calle), Carlos no parecía resentido, era un niño feliz y tenía talento para hacer reír a los demás, siempre haciendo piruetas e inventando juegos alocados. Cuando se fueron haciendo mayores Fran desarrolló un talento natural para el mando y el liderazgo, era el capitán de su pandilla y las muchachas se peleaban por estar a su vera. Si los del pueblo de al lado amenazaban con darle una paliza a algún chico del nuestro, era él el que organizaba la defensa y convencía a todos para mostrar un frente unido.

Carlos, en cambio, era considerado el payaso de la clase, aunque de espíritu bondadoso y alegre, montaba bulla durante las explicaciones del maestro y siempre llevaba malas notas a casa. A pesar de ello, profesores y compañeros le querían por igual, aunque ninguno le tomaba en serio.

Cuando acabaron el colegio (El mismo año, ya que Carlos Balbín necesitó de un curso más para equipararse con el resto de la clase) su padre, el zoquero del pueblo (La señora Balbín había fallecido dando a luz al hermano pequeño) reunió los pocos cuartos con los que contaba y se dispuso a tomar la decisión de cual de sus dos hijos tendría una oportunidad de bajar a estudiar a la ciudad.

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Fran tenía las mejores notas y todo el mundo asumía que terminaría siendo algo importante en la vida, pero, por otro lado, era el único de los dos hermanos que había mostrado interés por el negocio familiar, aún guardo un par de zuecos que le hizo a madre, suaves y perfectos, de la mejor madera que pudo encontrar.

Carlos, por otro lado, aunque sacaba malas notas en casi todas las asignaturas, gustaba más de libros y papeles, y todos los intentos de su padre por interesarle en el trabajo con la madera habían sido inútiles, se aburría, perdía interés y dejaba las cosas a medio hacer.

A pesar de todo, y creyendo que hacía lo mejor por sus hijos, el señor Balbín decidió mandar al pequeño Fran a estudiar mientras Carlos se quedaba en el pueblo y le ayudaba con su negocio, confiando en que al dedicar a ello todo su tiempo acabaría cogiéndole el truco.

Sin embargo, aunque Carlos lo intentó una y otra vez, siempre dejaba a medias los encargos, y a pesar de la paciencia del viejo Balbín, que tenía fama de calmo y paciente, Carlos se escapaba una y otra vez de sus obligaciones y salía a hablar con las mozas a la fuente o a correr por los sembrados.

Cierto día (Madre nunca supo decirme si fue antes o después de que hicieran la estación de tren) apareció un circo ambulante, que se instaló en las afueras del pueblo. Carlos pasaba tantas horas rondando y curioseando alrededor de los feriantes que su padre temió que se fuera a escapar con ellos. Lo que al final pasó fue que, dos semanas después, apareció en casa con la sobrina de uno de los malabaristas, diciendo que les había casado el dueño del circo y que la muchacha esperaba un crío.

El señor Balbín nunca supo cómo sabía ella que estaba embarazada tan pronto, y ni siquiera si realmente lo estaba, pero, obviamente, en algún momento debió ocurrir, porque unos ocho meses después llegó al mundo Carlos Alejandro Balbín de la Torre.

El niño fue muy mimado, especialmente por su madre, que apenas dejaba que personas ajenas a la familia se le acercaran. Creció tímido, silencioso y solo, porque a pesar de la pasión inicial en la relación de sus padres, nunca se animaron a darle un hermano. En realidad, después del nacimiento de la criatura apenas se veían, dormían en camas separadas y, aunque ella llevaba la casa y le servía la comida, lo hacía sin dirigirle la palabra.

Carlos (Padre) casi no pasaba por casa, ni por la zoquería, se pasaba el día en el bar o caminando por los sembrados. Se había dejado una barba poblada y desarreglada y llevaba camisas raídas y pantalones zarrapastrosos. La gente empezó a considerarlo el loco del pueblo, aunque nadie le tomaba en serio, siempre se le recibía con una sonrisa y se le invitaba a un carajillo, o a una copita de coñac.

Y así vivían los cuatro Balbín en aquella casucha al final de la calle. El anciano Señor Balbín perdiendo cada vez más la vista y las fuerzas en su zoquería, Carlos  zascandileando por los caminos y, según cuentan las malas lenguas, visitando el local de alterne de doña Paca de cuando en cuando, la mujer; enjuta, callada y ratonil atendiendo la casucha, y el pequeño Carlos Alejandro, jugando solo, con un caballito de palo desportillado en el patio de atrás.

Un día de primavera, siete años después de su partida, volvió Fran, el Balbín guapo, acompañado por su atractiva mujer rubia y un niño en el regazo. Si se marchó en el autobús de línea con una maleta cerrada con soga, volvió conduciendo un seiscientos reluciente y vistiendo un traje a medida. Fran había aprendido rápido y había acertado en un negocio iniciado con unos amigos, volvía para llevarse a su padre y a su hermano con él a la ciudad. Lo que no se esperaba era encontrar al zoquero con tan frágil salud, y al hermano con un hijo y casado con una mujer que miraba torcido y hablaba en gruñidos.

Creyendo que era su obligación para con su familia decidió quedarse más tiempo y pospuso la vuelta a la ciudad, primero temporalmente y, después, de manera definitiva. Obligó a su hermano a quedarse en casa ocupado en el huerto, y construyó una pequeña caseta en la parte posterior, para su cuñada y su sobrino, que parecían incómodos con la presencia de aquella gente de ciudad.

Realizó arreglos en la vieja casucha para hacerla más confortable, cogió las riendas del negocio familiar, y después de vender su participación en la empresa de la ciudad a un socio, convirtió la destartalada zoquería en una zapatería, con espejos de marcos dorados y dos empleadas que se turnaban para atender. Aún recuerdo la inauguración, todo el pueblo estaba allí, menos la mujer de Carlos, que según las cotillas del pueblo no podía soportar a su cuñada por ser tan alta, guapa, rubia y elegante. Lo tengo tan presente en la memoria porque fue la víspera de mi marcha a la ciudad, mis padres habían escrito a unos primos suyos, y estos me habían conseguido un puesto en una escuela de oficios. Aunque estuve varios años volviendo solo por Navidad, seguí en contacto con la vida del pueblo, y por extensión de los Balbín, que eran la comidilla de los alrededores, gracias a las cartas de mi familia. Que si la zapatería funcionaba tan bien que habían abierto una sucursal en otro pueblo, que si la mujer del Balbín guapo se había comprado un abrigo de visón precioso y lo había donado en la rifa por los negritos de África que se organizó en la plaza. Que si la cuñada ni la hablaba por envidia porque, mientras que a su hijo solo lo habían puesto como mozo de almacén de la zapatería, al rubio y atractivo hijo de Francisco Balbín lo habían llevado a los mejores colegios de Salamanca.

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En algún momento de esos años se me comunicó la muerte del anciano señor Balbín, y como se había montado una pelea en pleno cementerio, porque la avariciosa cuñada argumentaba que la mitad del negocio les pertenecía a ellos por derecho. Al parecer los dos hermanos lo arreglaron al margen de sus mujeres, y se decidió que parte del negocio pertenecería al hijo de Carlos cuando cumpliera la mayoría de edad.

Tras un accidente con la segadora, mi pobre padre quedó inválido, y decidí pedir una excedencia de mi trabajo para volver a casa, y ayudar a mi madre a adaptarse a su nueva realidad, y a los cuidados que mi padre requería.

Me sorprendió llegar en medio de una ardiente y pueblerina campaña electoral, el anterior alcalde se había retirado, y tanto el dueño de la única sucursal bancaria del pueblo, como Francisco Balbín, se presentaban al puesto. Me llamaron especialmente la atención los carteles, burdamente confeccionados, del segundo. El Balbín, como se le conocía ahora en el pueblo ahora que el hermano pasaba prácticamente todo el tiempo enclaustrado en casa, parecía bastante más envejecido que la última vez que le vi, pero seguía desprendiendo el mismo espíritu de líder. Me hizo gracia el lema de la campaña “Lo que este pueblo necesita, es un Balbín”.

Unas dos semanas después de mi llegada, un suceso inesperado sacudió al pueblo; la mujer y el hijo de Francisco Balbín habían tenido un accidente de coche, cuando ella volvía de recogerle de su caro colegio. Ambos fallecieron en el acto.

Aunque fue un mazazo para el padre, decidió seguir con su campaña, en memoria de su hijo y esposa fallecidos, a pesar de todo cada día se le veía más delgado y ojeroso, empezó a descuidarse y a empeorar, la gente estaba inquieta, porque había sido el candidato predilecto, pero ahora algo había cambiado en él. La semana anterior a las elecciones se le vio caminado solo y sin rumbo por el monte de las higueras. A la mañana siguiente una de las dos empleadas de la zapatería lo encontró colgado en la trastienda.

Soga

Se me pidió ser uno de los portadores del ataúd en el entierro, dado que había conocido a ambos Balbín en nuestra juventud. El pueblo entero estaba de luto, el Balbín era querido por casi todos, excepto por los simpatizantes del director de la sucursal, que acudieron de todas maneras para ofrecer sus condolencias. La sorpresa vino cuando apareció el hermano mayor, acompañado por su mujer y su hijo. A Carlos le habían afeitado y peinado y le habían puesto un buen traje (Probablemente uno de su hermano). Hacía siglos que nadie le veía, y ahora todos se sorprendieron de que la edad hubiese igualado a ambos hermanos, puesto que con los años Carlos se había convertido en la viva imagen de Fran, especialmente ya que este había adelgazado y se había apagado tanto en los últimos días de su vida. El trabajo en el huerto le había dado a Carlos otro porte y la tristeza empañaba su carácter alocado.

La mujer llevaba un vestido ostentoso y poco apropiado para la ocasión, que le sentaba tremendamente mal. Los vecinos más atentos lo reconocieron como perteneciente al guardarropa de la cuñada fallecida. Pero la cosa no quedó ahí, cuando el dueño de la sucursal se acercó a darle el pésame y a proponer el nombramiento póstumo y honorífico de Francisco como alcalde, ella le aseguró bien alto, para que todo el mundo lo escuchara, que no hacía ninguna falta, que las elecciones aún seguían en pie, y que “lo que este pueblo necesitaba, era un Balbín”.

Esto lo dijo mientras cogía a su marido del brazo, el otro no supo qué decir y se pasó los siguientes días tratando de desestimar esta nueva candidatura. Sin embargo, la gente que pensaba en ir a votar a “el Balbín” no entendía que los recientes acontecimientos supusieran un cambio. Al fin y al cabo Carlos también era un Balbín, y encima estaba aquel parecido asombroso, los años le habían dado al mayor cierta serenidad, sus facciones ahora no parecían tan desiguales, y el trabajo físico le había otorgado compostura.

El resultado fue un éxito arrollador para Balbín y, por mucho que su competidor rabiara, la gente pensó que había sido un proceso justo y correcto.

Carlos fue elegido alcalde dos veces más y, aunque no fue muy eficiente, tenía el cariño de sus vecinos. A su muerte el hijo heredó el negocio familiar de las zapaterías y me han contado que no le va nada mal.

Aún hay días, cuando el dolor de mi espalda no me deja dormir, y doy vueltas en la cama, en que pienso en aquellos dos hermanos Balbín, nunca hubo dos hermanos tan iguales y diferentes a la vez.

Érase nunca: Cercanías

Siempre me ha fascinado el hecho de que nos encontremos con cientos (A veces miles) de extraños cada día, todos con sus problemas, alegrías, vidas y pensamientos propios. Todos protagonistas de su propia historia. A veces captas retazos de conversaciones, miradas y situaciones cuando pasas por la calle, algunas las olvidas inmediatamente, pero otras se te quedan grabadas, dependiendo de tu nivel de atención en ese momento. Mi teoría es que sutilmente, o no, cada una de esas personas tiene la capacidad para cambiar tu vida completamente. Esta es una historia sobre extraños que quizás jamás se vuelvan a encontrar, pero que son más íntimos de lo que creen.

TREN DESTINO: COLMENAR VIEJO, EFECTUARÁ SU SALIDA EN TRES MINUTOS

El hombre se tambalea por el andén, va dando bandazos y en uno de ellos casi colisiona con una mujer sudamericana que va cargada de bolsas. Ella le mira con asco mal disimulado y se aleja, con la intención evidente de no compartir vagón con él. Yo también me aparto unos pasos, suficientemente malo es volver tarde de clase como para soportar a un borracho que habla solo, incluso a uno tan bien vestido como éste. Finalmente se abren las puertas del tren, y todos entramos en manada. Me pongo “Have a nice day” de U2 en el I-pod para soportar el viaje. Por desgracia el borracho de antes se sienta justo enfrente, y se pone a cantar tan alto que no oigo ni mi música, pero no me importa, porque se ha sentado al lado de la chica más guapa que he visto en mi vida.

PROXIMA ESTACION: FUENCARRAL

El tren de las 21:35 va medio vacío, lo habitual un martes a estas horas de la noche. Los viajeros superan el tedio como pueden. El borracho habla para sus adentros y lanza exabruptos sobre el gobierno. El chico de los cascos lanza miradas disimuladas a la joven de la camiseta ajustada y el lunar sobre el labio, ella hace como que lee un libro de filosofía. Un padre y un hijo se suben de la mano al vagón. El niño tendrá unos cinco años, el padre viste riguroso traje y corbata. Se sientan enfrente de una mujer sin maquillar que acarrea un montón de bultos, las manos de ella huelen levemente a lejía. El borracho tiene ganas de hablar, pero todos evitan su mirada. La chica levanta la cabeza, sonríe y, cuando el chico la sorprende, finge que estaba mirando al niño. El padre revisa los documentos para la reunión de mañana. Fuera las luces iluminan una fría noche de Febrero.

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PROXIMA ESTACIÓN: CANTOBLANCO UNIVERSIDAD, CORRESPONDENCIA CON LINEA C-10

“…pues si joven, yo era profesor de universidad. ¿Qué no se lo cree? Pues ya ve, y porque usted me ve así, en horas bajas, pero si yo le contara… es que los jóvenes de ahora no respetan nada, y no lo digo por usted joven, que tiene muy buena planta. Pero es que ya no se respeta nada, míreme a mis años, en la puta calle, ¿Y por qué? Pues por culpa de esos maricones. Sí, sí, no se escandalice, todo por culpa de esos reprimidos de mierda… por mirar a las chicas de hoy en día como llevamos haciendo los hombres haciendo desde siempre. ¡Puta junta del decanato! Y es que las chiquitas jóvenes… como esta señorita que está aquí enfrente, que va vestida como debe ser, enseñando lo que Dios le ha dado, y disculpe si la ofendo, joven. No era mi intención, pero yo soy de la opinión de que el cuerpo femenino debería ser declarado la octava maravilla del mundo moderno, mire como se sonroja la muchacha ¿eh, joven?”

POR MOTIVOS DE OCUPACIÓN DE LA VÍA EL TREN SE MANTENDRÁ PARADO UNOS MINUTOS. POR FAVOR, DISCULPEN LAS MOLESTIAS

Mensaje enviado a las 21:33; “Buenas! Tía, akbo de pillar el tren, mañana me dejas los apuntes de hª d la filosofía ok?”

Mensaje enviado a las 21:37; Regular, la zorra de pnsamiento modrno me odia. Seguro que no he pasado. Jo, hay un tío supermono sentado delante mío, pero me ha tokdo un borraxo asqueroso en el asiento de al lado.

Mensaje enviado a las 21:40; “No, no parec peligroso, tranki. Pero no me deja concentrarm en el libro, bueno s q ahora está hablando con el chico supermono jajajaj”

Mensaje enviado a las 21:51; “Tía!!! Estoy hablando cn él!!!, es supermajo!!! El borraxo se ha puesto a dcirnos tontrías a los 2, pro luego se ha pirado a dormir la mona, y nos hemos qdado mirándonos como tontos. Mañana hablamos y t cuento, bss”

PROXIMA ESTACIÓN: EL GOLOSO

“Hooola sieeelo. Sí, cariño, ahorita mismo agarré el tren. En bien poco estoy en casa, cuando llegue a la estación cojo el local y te hago la cena, mi amor. Sí, sí, ya recogí los regalos de los chicos y pasé por la tienda de comestibles, en cuanto llegue lo meto todo en la heladera. ¿Hoy? Bueno, la señora estaba un poco rebelde. Sí, ya sabes mi amor, ya no le funciona bien lo de arriba, me da pena la señora, está muy impedida. Salimos a pasear por el parque con su silla de ruedas y luego llamamos a sus sobrinos. Y ni cinco minutos estuvieron hablando con ella, serán miserables… Luego no hubo manera de que se comiera lo que le había preparao, le dio un pronto y me lo tiró por toda la cocina, toda la tarde me pasé limpiando. Oye mi sielo, te cuelgo, que no oigo bien con todo el ruido. Nada, un señor que entró ebrio y ahora se ha quedado dormido aquí mismo, qué ronquidos, virgen santa. Te dejo, un beso”

PROXIMA ESTACION: TRES CANTOS

-Papi
-¿Qué pasa Miguel?
-¿Ese señor de ahí esta muerto?
-No hijo, solo está dormido. ¿No ves como ronca?
-Papá… ¿qué es roncar?
-Pues… es un ruido que hace la gente cuando duerme.
-…¿Yo también lo hago, papá?
-No Miguel, tú no, eres muy pequeño.
-¿Y mamá?
-Jajaja, no Miguel, mamá tampoco, las mujeres no roncan.
-¿Y tú?
-A veces hijo, a veces, pero tendrás que preguntarle a mamá.
-Papá…
-¿Qué hijo?
-De mayor yo también voy a roncar, todo lo fuerte que pueda. Y no me volveré a hacer pis en la cama. No como este señor, que se lo ha hecho encima, no debe roncar suficientemente bien… Papá, ¿Porqué me has dado un beso?
-Por nada, Miguel, por nada.

PROXIMA ESTACION: COLMENAR VIEJO, FIN DE TRAYECTO

El tren finalmente se detiene. Los dos jóvenes bajan hablando sobre Sartre, Descartes y Aristóteles, el mundo que les rodea ha desaparecido y ya ni se acuerdan del particular cupido que les ha “presentado”. El padre se ofrece a ayudar a la mujer sudamericana con las bolsas, ella se lo agradece y acepta un poco apurada. Miguel mira como su padre carga con los bultos más pesados y piensa que es el hombre más fuerte del mundo. El borracho es el último en abandonar el vagón, el revisor que hace la ronda tiene que despertarle y decirle que tiene que apearse, que esa es la última parada. El hombre baja murmurando cosas ininteligibles y se sienta en un banco de la estación. Se queda dormido otra vez, bajo la fría noche de Febrero.

Érase nunca: Me limpien el plato

Recientemente han fallecido varias personas mayores cercanas a mi, y me consta que no he sido el único afectado por una situación similar. Eso me ha hecho reflexionar sobre la muerte, la soledad y lo que realmente significa ser un anciano. Supongo que es algo que no entenderé hasta que llegue el momento, pero me lo imagino, y da bastante miedo. Todo eso me ha hecho recordar este pequeño micro-relato que hoy comparto con vosotros. Es solo una opinión y no pretende iniciar ningún debate, es tan solo una historia que podría ser cierta.

ME LIMPIEN EL PLATO, POR FAVOR

Eugenia bate los huevos, echa el azúcar, vierte la leche en un cazo y pone las ralladuras de limón. Cuando está caliente, mezcla el contenido del bol con el del cazo y remueve lentamente. Entonces añade el veneno.

Mientras las natillas se enfrían en la nevera, Eugenia hace limpieza por última vez. Le quita el polvo a las figurillas de porcelana, pasa la aspiradora y la fregona, e incluso limpia los cristales de las ventanas. Y todo mientras aguanta el terrible dolor en los dedos. Nunca fue guapa, por eso no sufre esa nostalgia que se tiene al perder la juventud, pero no puede soportar lo de sus manos; siempre le dijeron que las tenía bonitas, suaves y blancas, Antonio afirmaba que se había enamorado de ellas. Por eso odia verlas arrugadas, artríticas y encallecidas.

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Eugenia termina de preparar la comida, después friega toda la vajilla y la encimera, incluso se detiene a desengrasar el horno.

Luego va al baño, donde se quita la faja y la ropa interior y se pone uno de los pañales que sobraron cuando Antonio falleció y ya no fue necesario seguir cambiándoselos. Ni darle de comer por un tubo. Ni bañarlo una vez por semana.

Finalmente, abre las ventanas, para que la casa no huela mal cuando la encuentren. Coge una cuchara y saca el plato de natillas de la nevera. Se sienta en el salón y enciende la tele. Sale el presentador que le dio la idea de las pastillas, las vendían como remedio para la artritis, pero mencionaron que había que tener cuidado con las sobredosis. Que simplemente te quedabas dormido y ya no despertabas. Eugenia ha estado reduciendo su dosis durante meses, aguantando el dolor, y por fin hoy ha tenido suficientes para molerlas y deshacerlas en su postre favorito.

Ha tomado precauciones para cuando pierda el control de sus esfínteres (ha oído que eso pasa cuando te mueres), y no tiene nada más que esperar de esta perra vida. Disfruta las natillas, como si fueran el manjar más precioso del mundo. Coge el papel y el lápiz que se había preparado, y se da cuenta que no tiene a quien dejarle una nota. Finalmente se le ocurre algo.

Cuando la policía y los bomberos la encuentras varios días después, descubren su última voluntad.

“Me limpien el plato, por favor”

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Érase nunca: More no tiene quien le escriba

Este relato era parte de un regalo para nuestro señor administrador supremo Carlos (More) Moreno, para animarle a escribir y a terminar algún futuro Best Seller. La foto está totalmente cogida a traición. Es un poco largo pero que os guste.

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More se da por vencido al quedarse dormido sobre el teclado por tercera vez.

Lleva tratando de mediar en una discusión sobre la caza del gamusino colorado en los montes cántabros durante una hora, y la gente aún insiste en faltar y en insultarse. Podría quedarse un rato más despierto y abrir ese archivo sobre el que sabe que lleva semanas sin trabajar por falta de tiempo e inspiración. Pero en vez de eso, apaga el ordenador con gesto desganado y tira por accidente uno de los libros que debería haberse leído para su investigación. Sin molestarse en recogerlo cooge la taza de café vacía (Su quinto café del día) y, en vez de llevarla hasta el fregadero de la cocina, donde se amontonan los cubiertos de la cena, la deja sobre la mesilla denoche. Comprueba que el despertador está programado para la hora correcta (No quiere volvera quedarse dormido y llegar tarde a clase), suspira, y se me mete en la cama sin desvestirse.

Un día más sin haber podido trabajar en su novela.

El murmullo de voces le despierta en mitad de lanoche. Lo primero que piensa es que sigue soñando, o que se ha dejado la tele o la minicadena encendidas, pero esta noche no va a tener tanta suerte. Cuando enciende la luz no está solo, ni mucho menos, alguien ha montado una fiesta en su cuarto y nadie ha tenido la decencia de avisarle.

El grito que pega ha debido de escucharlo medio edificio, pero a los desconocidos no parece afectarles demasiado, se limitan a dejar de hablar entre ellos y se dedican a mirarle con expresiones que varían entre la curiosidad y el tedio. La mujer pálida que se apoya sobre el escritorio se dirige a los demás:

– Bueno, parece que por fin se ha despertado.

– Menos mal – responde el tipo de la gorguera, – Ni que tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Todos se ríen de forma bastante petulante, todos excepto la niña de expresión desgraciada, que secoge las rodillas sentada en el taburete junto a la puerta. More ya no tiene dudas, alguien ha dejado las puertas del manicomio abiertas y los locos se le han colado en casa. Agarra la taza de la mesilla y la esgrime como un arma de destrucción masiva:

– ¡¿Quién cojones sois?! Y… y ¡¿Qué hacéis en micasa?!

-El gordito del pelo blanco peinado en cortinilla se ríe con una de esas sonrisitas agudas e irritantes, de esas que tiene la gente que se considera a sí misma más inteligente que los demás.

– ¿No nos reconoces? ¿Y te llamas a ti mismo escritor?

More los va mirando uno a uno, pero está seguro de no haberlos visto en toda su vida, quizá en algun afiesta de disfraces. Hay nueve. A su izquierda, delante del armario, hay dos tipos con mallas y perillas puntiagudas. Uno lleva gorguera y tiene un bigote largo y ridículo, el otro tiene la frente despejada y lleva un pendiente estrafalario en una oreja. Desparramado sobre el montón de ropa sucia hay un sujeto de ojos hundidos, bigotillo minúsculo y muy mala pinta. Bebe sin parar directamente de una botella, que, si More no se equivoca, ha salido del minibar del salón. A su lado está un gordito grasiento del pelo rubio platino, peinado en cortinilla para que parezca que no está tan calvo. Lleva traje anticuado, una cámara de fotos antiquísima y tiene la cara colorada. La siguiente, justo enfrente de More, es la niña del abrigo raído,sentada sobre un taburete y con una banda blanca en el brazo, en el que hay dibujada un estrella azul de seis puntas. Delante del escritorio, sentado en la silla giratoria de More, hay un tipo con una media melena vestido como un dandy inglés. Recostada sobre el otro lado del escritorio está la mujer pálida de mediana edad, de gesto triste y con un vestido de palabra de honor que deja sus hombros al descubierto. Finalmente, apoyada sobre la ventana, una pareja risueña bebe de dos copas de champagne. Ambos son rubios, ella lleva un sombrerito estilo años 20 y él el pelo peinado con ralla en medio.

– ¿Y bien? – Vuelve a interpelarle el del pelo rubio platino. – ¿Sabes ya quienes somos?

More les mira, abre la boca, la cierra, les vuelve a apuntar con la taza que aún lleva en la mano y dice:

– ¡¿Sabéis que esto es allanamiento de morada, verdad?!

El que está en la silla giratoria sonríe y le guiña unojo.-

Si quieres, nos quedamos tú y yo solos, y entonces sabrás lo que es un verdadero “allanamiento demorada”, querido.

– Óscar, por favor… – le recrimina la mujer madura que está a su lado.

De pronto, la rubia junto a la ventana se echa a reír estridentemente mientras derrama espasmódicamente el champagne de su copa por toda la cama de More. Su pareja, más divertido que alarmado, la coge por los hombros y se dirige aMore:

– Disculpa a mi mujer, es la esquizofrenia ¿Sabes?. Uno pensaría que después de muerto estas cosas se pasan, pero no, ironías de la vida, o de la muerte, según como lo mires…

– Perdona cariño – dice ella entre risas – es que el señor Wilde es siempre tan…ocurrente.

¿Esquizofrenia? ¿Muerte? ¿Señor Wilde? More yano tiene dudas, está atrapado con nueve locos peligrosos. El elegante hombre rubio parece percatarse de la cara de confusión (Y miedo) de More.

– Tendrás que perdonarnos, ni siquiera nos hemos presentado, qué desfachatez. Me llamo Francis Scott Key Fitzgerald, y esta es mi esposa Zelda.

More no sabe qué decir a esto, sólo puede pensar en la serie de torturas psicóticas a la que estos nueve sonados probablemente le vayan a someter dentro de un rato. El del pendiente toma la palabra:

– Me parece a mi que esta nuestra presentación debería seguir cierto orden, semejante al que losdioses imprimieron en nuestro mundo. Ya sea por respeto a aquellos que lo requieren por su longeva edad, o por admiración y honores a aquellos que más altas cotas hayan logrado en el Parnaso de los escritores. En ambos supuestos, si me permitís la indiscreción, creo ser el primero de entre nosotros en ambos menesteres. Así que, aquí estoy, a su servicio y admiración, Sir William Shakespeare,para servirle. – Y finaliza su discurso con una elaborada y compleja reverencia.

– Pffff, ¿”altas cotas en el Parnaso de los escritores”?¿Tú? – Le espeta el hombre del bigote alargado a su lado.

– ¡Acaso dudas de que mis obras hayan sidoelevadas a los más altos niveles de la escritura! ¿Sepuede dudar de que soy el principal exponente delgénero humano en lo que a escribir se refiere?

– ¿”Escribir”… o más bien “copiar”? –

– ¿Qué insinúa caballero? – se ofende el otro.

– No insinúo nada, lo digo simple y llanamente. He tenido un par de charlas con Bacon y Marlowe allá arriba, y tienen un par de cosas que decir sobre tu “inspiración” en sus obras.

El tipo que se cree Shakespeare se pone rojo y está pronto a responder (Y puede que a batirse por su honor), pero es interrumpido por el gordito de la cámara de fotos.

– Tendrás que disculparles, allá arriba somos bastante quisquillosos en lo que a nuestro talento se refiere. El ilustre Sir William discute a menudo con el, también ilustre, Señor de Cervantes.

– Un placer, compatriota. – El de la gorguera y el bigote ridículo le hace una reverencia.

More se fija en que mantiene el brazo extraña menterígido. Y no puede evitar preguntar:

– ¿Cervantes? ¿”Ese” Cervantes? ¿Miguel deCervantes?

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– El mismo – contesta el hombrecillo de la cámara de fotos – A su lado, “grácilmente” apoyado sobre turopa sucia, tienes al maestro de las historias de terror, el adalid del género de horror, el encantador alcohólico y politoxicómano Edgar Alan Poe.

– Enfgggantadog def connnocerteg chumacho.

– ¿Qué ha dicho?

– Ni idea, la mayor parte del tiempo no entendemos qué dice –responde el tipo con acento británico sentado en la silla de More.

– Como bien ha comentado mi colega, el señor Óscar Wilde, Edgar tiene ciertos… problemillas con la bebida, y con la psicopatía, me permito añadir –aquí vuelve a soltar una risa aguda yextremadamente ridícula – Detrás del señor Wilde, graciosamente reclinada sobre el escritorio, tienes a Mary W. Shelley, mujer respetable y una de las primeras damas dedicadas a este noble arte de la escritura – la mujer inclina la cabeza graciosamente a modo de saludo, pero sin perder su aire melancólico – Y, por último, pero no por ello menos importante, permíteme que me presente, tengo el honor de ser el afamado escritor y periodista de éxito Truman Capote.

– Un cotilla insaciable, eso es lo que eres – le impreca con una sonrisa Oscar Wilde.

1973-Truman-Capote

More se percata de que nadie ha presentado a la niña de la banqueta, que sigue con su mirada triste puesta en él, pero está más interesado en saber qué intenciones trae esta panda de desquiciados:

– Y ¿Se puede saber qué hacen ustedes en mi habitación a estas horas de la noche?

El señor Fitzgerald se levanta de la ventana y le contesta con una sonrisa amable:-

Verás, por ahí arriba se rumorea que últimamente estás un poco atascado con tu novela y que no encuentras el momento para ponerte a escribir, así que hemos sido enviados aquí para ayudarte, contándote nuestras experiencias.

– Y a ver si así logramos que vuelvas a encontrar la inspiración – añade su mujer.

Como parece que no habrá tortura y dolor a manos de estos locos en un futuro próximo, More se atreve a preguntar:-

¿Y si conseguís eso… os iréis de mi casa?

– Efectivamente – contesta Wilde – A no ser que quieras que alguno de nosotros se quede – y le vuelve a guiñar picaronamente un ojo a More.

-Hay un pequeño silencio en el que todos le miran, como esperando que vaya a decir algo. Como no es así, Shakespeare se aclara la garganta y comienza un largo y tedioso discurso sobre las musas de la inspiración y los faunos del arte, hasta que Cervantes no puede más y exclama:

-¡Diantres, William! ¿Quieres callarte? ¡Si todo el mundo sabe que lo único que hacías era escribir lo que le agradaba a la gente de la época!

– ¡Por lo menos un servidor no escribió un mamotreto aburridísimo de tropecientas páginas sobre dos locos, un jamelgo y un rocín!

– ¡Un respeto! ¡Ese libro del que hablas se enseña en todas las escuelas de mi país!

– ¡No quieran los dioses que continúe esa tortura infantil!

– ¡Te voy a dar yo tortura infantil!

– ¿Qué vas a hacer? ¿Atacarme con tus molinos?

-Aquí Lady Shelley se levanta del escritorio para calmar los ánimos:

– Por favor, caballeros, este no es el momento ni el lugar.

– ¡Argftsssfgt ertheguassh! – Añade Poe entre trago y trago de su botella.

– Gracias, Edgar – continúa Lady Shelley – Además, discúlpenme, pero no creo que ustedes puedan hablar de dificultades. Yo me enamoré de un hombre casado y vi fallecer a tres de mis hijos, siempre acosados por las deudas… pero sin todas esas tribulaciones nunca hubiera podido llegar a describir la suprema tristeza y desazón de las páginas de Frankenstein.

– No era mi intención ofenderos, mi señora –responde Cervantes – pero mis tribulaciones tampoco fueron pocas; fui preso en Argel y tuve que malvivir como recaudador de impuestos, por no mencionar mis heroicas hazañas, que me llevaron aperder el brazo en la guerra…

– Bueno… perder, perder… no exageres que solo se te quedó inmovilizado. Claro, que “el un poco inhabilitado de Lepanto”, no quedaba tan bien como lo del manco… – replica Shakespeare con mal humor.

– No todos estábamos demasiado ocupados tomando el té con la reina y escribiendo fabulillas de hadas y…

-En este momento Zelda Fitzgerald interrumpe muy contenta y pizpireta:

– ¡Nosotros también lo pasamos mal! ¿Verdad que sí, Scott?

– Sí, cariño.

– Nunca teníamos ni un duro, siempre perseguidos por los acreedores, y aún así nos las arreglábamos para viajar de un lado para otro. De Paris a Londres. De California a Nueva York, de la costa Este a la Oeste. Íbamos a fiestas, y tomábamos caviar, y tú escribías esas cosas preciosas sobre magnates que vivían en lujosas mansiones. Porque la vida es para vivirla, como en tu novela, el Gran Gatsby… – y en ese momento, sin previo aviso, se echa a llorar.

Fitzgerald_pic

– Tranquila, cielo – le dice su marido abrazándola. Los demás les miran enternecidos, menos Oscar Wilde, que resopla y comenta en tono molesto:

– Bah… el sufrimiento no es nada. Menudo sentimiento más vulgar. La expresión más exquisita del alma es la ironía. Yo también fui encarcelado por escandalizar a toda la sociedad londinense. Me rechazaron y repudiaron, ¿Y creéis que eso me importó? Allá ellos y su hipocresía clasista… ¿Os he contado alguna vez aquella anécdota en la que en mi lecho de muerte en un hotelucho de París…? –

¿Dijiste: “o quitáis el papel pintado de la pared, o me voy yo”? Sí, Óscar, unas diez mil veces. –interrumpe Lady Shelley.

– Quintitropescientashhh – aporta Poe desde su montón de ropa sucia.

Aquí More no puede evitar mirar con curiosidad a la niña del taburete, que se sigue agarrando ansiosa las rodillas, empieza a preguntarse si es el único que la está viendo.

– Os estáis desviando del tema – Continúa Capote –Lo más importante de la literatura es retratar a los personajes, encontrar esa parte oscura en el alma de todo ser humano y sacarla a la luz. Hay que buscar la realidad, lo verídico. Por eso yo me enfrenté ante aquellos dos asesinos y les interrogué hasta encontrar la humanidad que se encontraba en su interior…

– ¡Paprachurrasssshhh! – Exclama Poe.

– ¿Disculpa?

– Brsguytrs mjislodnmepps, mospjbtsshhhgestross…

– Perdona, pero yo no diría eso de mi obra…

– Eligsshhh treterrriii ofumuscooohh…

– Creo que te equivocas con esa afirmación…

– ¿Qué esta diciendo? – pregunta More.

Truman Capote parece demasiado avergonzado como para contestar, como un niño pequeño al que han pillado en una travesura. Es Wilde el que responde por él:

– Dice que “A sangre fría” tan solo es una muestra del ego inmenso de Truman, y que sus personajes no son más que el reflejo de sus propias inseguridades.

– Fshhhregghdem averusumng – trago a la botella –mirifranda el merpeso aquilijander –trago – shhhhpul – trago.

– Edgar dice que el verdadero escritor debería rebuscar en su propia suciedad interior, y que es ahí donde encontrará a los verdaderos monstruos que aterrorizan a la mente humana. – completa LadyShelley con su triste voz.

– Geshhhmnder ifum… Ah… y… eso – Y aquí vomita copiosamente sobre el suelo.

– ¿A Quién le toca llevarlo a casa esta vez? -Pregunta Fitzgerald.

– A mi me tocó la última vez – se justifica Shakespeare – por lo menos no ha vuelto con lo del opio ¿Os acordáis de la noche que nos dio cuando…?

– No sé como te atreves a atacarle con lo de la adicción, cuando tú, William, falleciste en medio de una borrachera- le suelta Lady Shelley – Y tú, Óscar,no te sonrías, que Edgar no es el único alcohólico en la sala…

-More está ya harto de sus discusiones, sólo puede pensar en los ojos hundidos y tristes de la niña de la banqueta. Por fin saca valor para preguntar. La señala:-

¿Y ella?

Todos se quedan callados. No saben a donde mirar, parecen avergonzados y More no entiende qué pasa. Por fin Cervantes se anima a hablar:

– Ella… ella es diferente.

– ¿No puede hablar?

– Sí que puedo.

-Su voz es sorprendentemente fría, no es la que se esperaría de una niña que aparenta unos doce o trece años.

Todos evitan su mirada, hasta Poe, que se limpia el vómito de la cara con un calcetín sucio de More. Es la pequeña la que responde la pregunta que More no formula:

– Les da vergüenza. Todos han escrito sobre el dolor y el miedo, han usado sus propias experiencias para crear personajes que fueran reales. Pero ninguno ha sido su propio personaje, ninguno ha sufrido las desgracias que ellos escribían para otros.

-¿Quién eres?- Pregunta More.

Lady Shelley se levanta, da un par de pasos, y pone un brazo sobre el hombro de la niña, unos centímetros por encima de la estrella que la pequeña lleva cosida en el abrigo. More se dacuenta antes de que la mujer diga nada:

– Te presento a Ana, Ana Frank.

Hay un silencio. More no sabe muy bien si hablar o no. ¿Qué se puede decir en una situación así?. Por fortuna es Ana la que continúa:

– Para eso hemos venido, eso es lo que queríamos explicarte. Escribir no consiste en evadirte de la realidad escribiendo sobre fiestas y partidos de golf a los que te gustaría asistir – la señora Fitzgerald se pone a temblar y su marido vuelve a cogerla por los hombros – No se trata de denunciar los male ssociales y de fingir que nada te importa y reirse un poco de todos – La sonrisa de Óscar Wilde se desvanece por primera vez en toda la noche –Tampoco es necesario evocar terribles hechos de nuestro pasado para escribir largos pasajes melancólicos – Mary Shelley retira su mano del hombro de Ana y se la lleva a la boca – Ni de hundirse a uno mismo en un pozo de degradación para encontrar los límites de lo humano – Edgar Alan Poe tiene los ojos fijos en el suelo – Escribir es más que una manera de alimentar el propio ego –Capote manosea nerviosamente su cámara – No se escribe por contrato, no se escribe para lograr admiración – Cervantes y Shakespeare se miran incómodos – Se escribe, porque si no se escribe, se muere. No tiene nada que ver con reflejar larealidad, ¿Crees acaso que aquel cuartucho en el que estábamos metidos en Amsterdam daba a uno de los principales canales de la ciudad? Claro que no, daba a un patio minúsculo en el que olía a los productos químicos que usaban en la fábrica de abajo. Pero no fue lo que escribí en mi diario, porque lo que yo necesitaba era aquella ventana, por la que ver la calle, donde la vida seguía. Eso es lo que tienes que recordar, More.

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Nadie dice nada más. More es el único que le mantiene la mirada a Ana. Los demás tratan dehacer como que no han oído nada, pero las palabras de la pequeña resuenan en la habitación.

– Yo… yo sólo trataba de que el público entendiera… – se excusa Capote.

– ¡Qué más da lo que tu querías! ¡Pequeño reprimido! – le espeta Wilde.

– Ese no es un lenguaje para usar delante de las señoras – le recrimina Fitzgerald.

– ¡Ya has hecho enfadar a la pequeña damisela!

– ¿Cómo que enfadarla? ¡Te voy a mandar de una patada a un lugar de la Mancha del que preferirás no acordarte!

– Por favor, señores… – trata de calmarles Lady Shelley.

-Todos se ponen a hablar y gritar a un tiempo. Cervantes y Shakespeare se llevan las manos al cinto, Zelda Fitzgerald empieza a reír descontroladamente, Poe a vomitar copiosamente de nuevo…Y, de pronto, Ana Frank se tapa las orejas y se ponea gritar con los ojos cerrados. El suyo es un chillido continuo, que parece no tener fin. Su grito tiene un tono metálico, casi artificial, que va a volver loco a More. De hecho, el sonido más que metálico es… electrónico…More se da cuenta de que lo que está oyendo es la alarma del despertador. Está solo en la habitación, y todo parece estar igual que cuando se acostó, aunque todavía no es de día, ya entra cierta claridad por la ventana entreabierta. Las sábanas están empapadas en sudor. Vaya pesadilla. More decide ir a la cocina a prepararse un café bien cargado, pero al llegar junto a la puerta, su pie descalzo se hunde en algo viscoso y resbaladizo. Enciende la luz para echar un vistazo. Vómito.

Vómito de escritor.

Érase nunca: Mentiras Piadosas

08022012

Humildemente presentamos la nueva sección de narrativa y cuentos de Liebanízate, esperamos que os guste:

Rocío observa como el ataúd baja lentamente mientras sujeta un cigarrillo casi consumido entre los dedos. Siente la mirada de reproche de su madre, pero le da igual, lleva mucho tiempo sin que le importen las apariencias, y no va a volver ahora a antiguos vicios. Muchos de sus parientes lloran, incluso su padre tiene la cabeza gacha, a pesar de que nunca soportó a la vieja bruja. Eso hace que  a Rocío se le revuelva todavía más el estómago. “No aprenderán nunca”, piensa, ni siquiera ahora, ni a bajo la atenta mirada de la muerte.

Algunos invitados se adelantan para decir unas palabras; Jordi, su hermano pequeño, está entre ellos. “Al menos habrá una voz sincera”, reflexiona, y por primera vez siente algo de pena, no hacia la fallecida, sino hacia su pobre hermano, que ha viajado desde su universidad extranjera para estar aquí

El discurso de Jordi es realmente enternecedor, las lágrimas corren por sus mejillas y hasta el más insensible de entre los invitados no puede evitar emocionarse. De nuevo, Rocío es la excepción, y mientras su hermano relata como agradece todos los ratos que pasó con su abuela Antonia, ella realiza su propio discurso mental.

Gracias por no habernos dicho ni una sola verdad en toda tu vida. Gracias por ocultarnos la mierda que tanto te avergonzaba. Gracias por enseñarme a mentir, abuela.

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