Categoría: El cocinu de Pablo

LA CARTA

LA CARTA

-Por Alis Floranes y Javier Soberón

 

 

Manuel.

 

Trabajaba de sol a sol para poder comer cuatro patatas mal untadas. No sembraba, ni araba, tampoco recogía la yerba, su vida transcurría resquemándose en la fragua. Tenía la piel remendada por las chispas de las brasas. Golpe sobre golpe… Calentar y volver a golpear… La herradura amoldaba, rejuvenecía la reja y la hoz cortaba el aire.

Era hombre de ideas firmes, como tantos otros del pueblo, pero él las pensaba en voz alta. ¡Mal asunto cuando el fuego de la guerra aún tenía la ceniza caliente, ésta es tan devastadora como las mismísimas brasas!. Sus voces llegaron al cuartel en forma de soplo. En aquél sótano inmundo –que convertía en palacio a la peor cuadra–  muelas y dientes volaban con el saludo de bienvenida. Las palizas se combinaban con días de oscuridad, frío y algún garito de pan duro con agua. Aullidos de dolor, excrementos y hambre se mezclaban en aquél tugurio de tortura. ¡No todos salieron con vida, de algunos nunca más se supo nada!. Los que salían, lo hacían tan humillados que lo sufrían en silencio.

Manuel no acudió a recibir la paliza como tantas otras veces. Todavía era noche cerrada cuando, sin palabras, se despidió de Sagrario y de Raquél, que dormía en la cuna, cogió el zurrón y salió de casa. Enveredó monte arriba entre castaños y robles, no miró hacia atrás, era un camino sin retorno, desde ese momento el monte, los pajares y las cuevas serían su indeterminado hogar. El frío arroparía sus huesos, la próxima comida a salto de mata.

Las contrapartidas –falsos emboscados que dejaban el tricornio en el cuartel– imitaban su modo de vida para intentar eliminarlos o sorprender a los ganaderos que les ofrecían ayuda para darles su merecido.

Las ayudas de las gentes de los pueblos eran escasas pero vitales para la supervivencia de Manuel: pasar por alto su tos en la gatera del pajar. No darse cuenta de que la vaca tenía el cañu de una teta abierto y le faltaba leche. Olvidar un trozo de pan y queso en el ventanu de la cocina de la cabaña antes de irse para casa…

Un día Ciriaco se quedó a pasar la noche en la cabaña, cambiaba la luna, entraba en menguante y era casi seguro que la Romera pariría. Hacía días que se había dado cuenta de que alguien estaba durmiendo en el pajar, sin duda era un emboscado pues aún no se había dejado ver. Ciriaco estaba seguro de que el emboscado también se sabía descubierto. Para no sorprenderlo, dejó la pala guinchos y el badillu a la puerta de la cabaña, así daba a ver que dentro había alguien y que no usaría la pala para atacarle. Cuando Manuel llegó a la cabaña, la Romera ya estaba pariendo y Ciriaco tiraba del jatu, se miraron unos instantes y Ciriaco rompió el hielo;

–Anda, ayúdame a sacáselu. Sin decir nada, Manuel se acercó y ayudó a Ciriaco a sacarle el jatu a la Romera. ¨La vaca era buena de leche, esa noche habría leche suficiente  para que el jatu y ellos quitasen el hambre¨.

–Ya me di cuenta de que iba a parir –dijo Manuel–  pensaba partoriala yo esta noche.

Las cuadrillas de falsos emboscados se turnaban cada poco tiempo. Pocos detalles delataban a estos impostores: podía ser un diente reparado, una herida bien cicatrizada, o un fingido y exagerado temor a ser delatado. Los robos y atropellos que cometían se los atribuían a los guerrilleros, con ello intentaban socavar la confianza que el pueblo tenia en ellos y favorecer el chivatazo.

 

 

 

Sagrario.

 

Se remueve lentamente sobre los nudos del jergón de lana. Tenemos que varear esto, Lorenza  —le dice a su gata—  que los huesos míos ya no están para dormir sobre los picos de estas montañas. Lorenza la mira ausente, todavía hecha un ovillo y adormilada al calor de las cuatro brasas que se mantenían de la noche. Con cuidado, retira el cobertor y se baja de las tablas, se calza las zapatillas y alcanza la cachava. Mientras tanto, Olivia —su nieta— se rebulle silenciosa y observa a la abuela a través del agujero de la manta de sayal que le cubre la cara. La ve ir hacia el arca de castaño que está a la entrada, ve como la abre con mucho cuidado, con miedo de hacer ruido y despertarla; como cada día saca la carta que le entregó Eufemiano y la lee en un murmullo, como una letanía. Lo sabe de memoria, de mil veces oído, pero a la niña le gusta escucharlo de su abuela.

¨Estate con la cría el Domingo a la hora de misa en el puente vieju, que nos vamos pa Francia¨.

Alguien más leyó la carta y cuando Manuel llegó al puente lo hizo para caer delante de su mujer y su hija con el cuerpo acribillado por las escopetas de los guardias, mientras, el cura sermoneaba sobre el amor al prójimo.

A tientas, Sagrario se acerca al ventanuco abierto en la pared. Pronto rayará el alba. El viento de otoño silva entre la ripia, traerá una buena mañana de castañas. Abre el cuarterón de la puerta y atisba la noche… en unas semanas el invierno golpeará en la ventana, en su alma, se instaló hace tiempo, cuando vio a Manuel alejarse camino del monte, aquel día empezó a guardar su moño debajo del pañuelo y renunció a un vestido con flores, botones y rayas por una saya negra que ya no abandonó.

Llena de calma, rebusca entre la leña, selecciona unas astillas y emprende esa labor placentera y rutinaria de atizar la lumbre cada mañana. Una ligera llama ilumina el sarro de la pared y su cara sonrosada, casi sin arrugas, a pesar de las heridas que guarda.

—La guerra no acabó cuando dijeron, siguió viva muchos años —le dice muy bajo a la gata.  Todavía pesan como losas  los muertos de aquellas batidas.

—¡Valientes cabrones, Lorenza!  ¡Me llevaron a Manuel! —escucha de nuevo la gata que se soba melosa contra la saya negra y hasta un palmo de los pies, según las normas de Eufemiano que vociferaba desde el púlpito largos sermones con su  lengua enredada. “… no es de mujer cristiana provocar a los hombres con los tobillos al descubierto, que el diablo acecha sin descanso y la carne es débil. Dios avisa con pequeños detalles y, vosotras, mujeres, sois sus siervas con la obligación de perpetuar las buenas costumbres y mantener la tentación a raya…”

Al alba, Sagrario sale a castañas y deja a la nieta en casa. En un brazo lleva  una cesta y dentro unas tenazas, en una mano un farol y en la otra la cachava. Estando en el castañeu comenzó a sentirse mal, sus ojos se nublaron, se tambaleó sobre las albarcas y cayó desplomada. Vio como Manuel se acercaba en la niebla y la levantaba en volandas. Juntos se marcharon monte arriba, por el mismo camino que había partido sus vidas.

 

Olivia.

 

Recuerda a su abuela y lee otra vez la carta, con un suspiro se arregla y se marcha a lamer la herida mientras apaña unas castañas.

Alicia Floranes y Javier Soberón

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