Cabalgar la burbuja del procés hacia la ulsterzación

Seguramente pueda ser un ingenuo del procés, de los que creen que esto va de derechos y de tener razón. Pues va a ser que no. Porque si fuera por poderosas razones mucha gente tendría lo que reivindica hace mucho tiempo. Siglos incluso. No, esto va de lo que puedas validar con hechos lo que te corresponde por derecho. Porque si las palabras no van acompañadas de hechos que las consoliden y las plasmen sobre lo que es real es hacer pan con unas tortas y eso no vale para nada. Bueno, si, sirve para alargar un proceso vitalicio en bucle de volver a comenzar, viviendo en una matrix como en la película que, cuando los buenos ganan, se resetea el juego, y, allí, nadie se acuerda de lo que pasó. Pero en la realidad, ese reseteo cuesta. Y cuesta penas de cárcel, por ejemplo. Cruel. Puede. Pero esto es la vida real, amigos. Bienvenidos a la cúpula del trueno.

O carne o pescado. Eso se suele decir a los comunes, a Hada Colau y a su gente, en el Parlament y en los ayuntamientos. Y puede ser lícito, siempre y cuando te lo apliques a tí mismo. No es posible utilizar los resortes públicos para manejar una burbuja que tiene que ser explotada, ser explicada, y soltar su enorme carga de pus pustulento, que lleva cargándose años, sin la opción a descargar. Y con una herida descarnada en la sociedad catalana. Un país, una nación, que merece muchas cosas, pero ante todo y sobre todo, merece la verdad. Una que pasa por decir que si bien la gente lo hizo muy bien, muy pacífico, sobre todo, hasta el 1 de octubre, luego sería matizable, nunca, repito, nunca, fueron más del 50% del censo. Y esto es importante toda vez que las reglas del juego dicen que el ejemplo de Montenegro y su referéndum, asumido por las partes y la UE, fue de más del 50% de participación y del 55% de sies. En ningún momento en Catalunya los independentistas han sido más del 50%. Siquiera apenas han llegado ni al 49%. Y esto en la Europa Occcidental les impude llevar adelante una independencia. Siquiera pactada. Ni hablemos si el estado se opone, como es el caso, que sería necesario una mayoría reforzada, entre los 2/3 y el 80%. Por lo que esto era imposible. Tal y como se estaban haciendo las cosas.

Muchos bajo el paraguas del procés quisieron vivir una nueva y ventajosa vida, a costa de las esperanzas e ilusiones de la gente. Y ahora que el procés ha muerto, los que no están fuera o en la cárcel, antiguas segundas y terceras filas de los partidos, por mor de los acontecimientos, de manera sobrevenida convertidos en primeras filas, quieren volver a la casilla de salida para ser ellos los protagonistas de la nueva función. Pues el procés 2.0, por así decirlo, como la energía, ni se destruye ni se crea, simplemente se transforma. Y ante eso hay que señalar el hecho de que, por lo menos hasta ahora, procés e independencia eran dos términos antitéticos, contradictorios, porque no se había hecho nada, más que sobre el papel, para hacer efectiva la independencia. Mucha movilización, mucha marcha hacia el ocaso, mucha movilización, pero más allá de la república de los 8 segundos sobre el papel, no hubo nada. Y están los sectores hiperventilados de un lado y otro para hacer parecer lo que no es. Y ese peligro es real. La cuestión está en que o carne o pescado, o independencia o hacer otras cosas. Lo que no es posible es seguir secuestrando a Catalunya para fines particulares de supervivencia personal o de clan. Con la excusa de las nobles aspiraciones de tanta gente, en base a cosas reales y tangibles como son las quejas de una nación agraviada en tantas cosas en un desequilibrio de relaciones entre la parte con el todo. Pero hay que disociar los derechos de lo que está pasando. No por tener derechos lo que se ha hecho está bien y debe haber ausencia de autocrítica. Eso es letal.

No puede ser que los mossos no luchen por el órden público. No es posible que se permita el corte de arterias fundamentales de Barcelona porque sí. Que se autoricen sentadas de estudiantes, pocos, en la calle. Que universitarios acampen en la calle y nadie diga nada. Que profesionales del caos sitien calles y se enfrenten a la policía a cara descarnada, pero, con pasamontañas, claro, como si esto fuera el tercer mundo, y el principio de autoridad y de la violencia como algo exclusivo de las instituciones del estado, fuera algo del pasado, quebrado. Una sociedad no puede tolerar que quien quiere estudiar vaya a partirse el pecho por entrar en clase y haya encapuchados por dentro del edificio que le impida estudiar. O regalar notas para permitir al alumnado acudir a las manifestaciones. No es sostenible. O cortar carreteras y autopistas, alentado todo ello, y casi con la agenda en la mano, por la televisión pública, tv3. No es de recibo ese país, esas instituciones, ese órden de cosas, sin solución de continuidad, como si fuera un parque temático de la revuelta y el caos, de la rebelión sin causa y sin horizonte, como algo consituedinario o de la conllevancia, no es tolerable y debe acabar. O transformarse en algo definitivo o definitorio. Porque lo transitorio es algo temporal entre A y B, entre la autonomía y la independencia. No se puede vivir para siempre en la transitoriedad. Pero es lo que está sobre la mesa. Y debe acabar.

Cuando piensas en todo esto piensas en el deber ser, y caes en el pensamiento alicia. Miren de que va. No vamos a detenernos en eso. Simplemente digamos que no se puede seguir manteniendo la ficción de que se habla para el conjunto de los catalanes, y de manera reiterada y objetiva, tratar a la parte como el todo. Y esto vale para los gestores de las dos mitades. No se puede seguir actuando como si la otra parte no existiera. Pero hay una diferencia. Los unos son el estado, y tienen todo el tiempo del mundo. Como Marruecos en el Sahara. Y los otros deben ser inteligentes y rápidos. Ser diligentes. Como los judíos en el mandato británico, que tenían en contra no sólo a los árabes sino también el libro blanco de los británicos, y el antisemitismo de los totalitarismos nazis y soviético. Y aún así fueron capaces de construir un estado dentro del estado, tan viable, que, cuando fue puesto a prueba en 1948 superó la prueba de su nacimiento. Eso hace alguien que tiene la convicción de tener un horizonte. Hace 7 años que se le dice a la juventud que la independencia está a la vuelta de la esquina y caerá como fruta madura. Pero no se hace nada para caminar en esa dirección. Y la gente vive en la ilusión, en la burbuja del procés, pero no hace sino caminar hacia la ulsterización.

Cuando tienes una sociedad dividida en dos mitades y eres incapaz de decir la verdad, por miedo a tu carrera política, a tu sociedad, al que dirán o al qué te harán, y sigues en un contínuo salto hacia adelante, sin solución de continuidad, sólo puede acabar en frustración. Sobre todo si las dinámicas de los líderes de las dos comunidades, ahora, gracias al procés, bien delimitadas, siguen en los mismos rieles y raíles. Y es que los líderes del procés se iban, pero reclamaban más y mejor financiación autonómica, se iban, pero denunciaban a los vascos por sus acuerdos de tarifa eléctrica para sus empresas, se iban, pero pedían al pérfido estado hacer el corredor mediterráneo. Ni carne ni pescado. Y toca ser valiente. Porque la frustración lleva a que las dos comunidades lo sean como en el Ulster, donde tenían sus barrios, sus tiendas, sus gimnasios y demás. Y puede llevar, esa frustración, la de que nada cambia, a la violencia. Una dinámica de violencia que sirva para cronificar de manera dolorosa la completa ausencia de soluciones, en una cómoda ubicación donde se recuerde que 50 años de terrorismo marxista maoista de la banda eta por ningún momento hizo tambalear las estructuras del estado, es más, lo retroalimentó, en base a guerra sucia, torturas y demás. Una dinámica en la que quien sufrió es el pueblo vasco, sin duda. Y a la que las instituciones y partidos vascos se opusieron frontalmente desde su nacimiento, en los años 60. Ese no es el camino, el de la trinchera, el del enconamiento, el de la separación por comunidades. La ulsterización debe ser evitada.

¿Que debe hacerse? Pinchar la burbuja del procés. Contar terapéuticamente la verdad, de lo que se puede y lo que no se puede, de lo poco que se ha hecho, y lo mucho que se prometió y no se ha hecho. Cerrar heridas, y señalar objetivos realistas, con el compromiso de llevarlos a cabo, sin fractura social. Sin destruir la economía catalana. Sin expulsar empresas, o, dicho de otra manera, sin dar excusas a quien quiere irse, o quieran sacar de Catalunya. Sin poner el turismo en la disyuntiva de o arriesgarse con los yihadistas en Egipto o ir a Barcelona a la aventura. Sin tantas cosas que ponen a Barcelona y Catalunya en el foco de lo negativo. Hay que desinfectar la herida antes de poder volver a ser proactivos. Pero son decisiones que deben tomar los partidos de Catalunya. Porque la cosa se les ha ido de las manos. El 10 de Noviembre la CUP tuvo mil votos más en Catalunya que Vox. Sirva el síntoma para tomar las riendas. Y hacer algo, si, hacer algo en el mundo real, no en el país de las maravillas del procés de alicia puigdemont y torra. Hacer algo de una puta vez, ya está bien, coño. Que la Burbuja del Procés les está llevando a ser un nuevo Ulster y eso no es bueno, es muy malo, de cojones. Hay que reaccionar. Y ya. Puede que ya sea tarde … ¡Despierta Catalunya!

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