Boris el terrible, en busca de lo desconocido

Suelen decir que en el Reino Unido nunca hubo absolutismo agarrándose al fleco de que nunca quedó abolido el Parlamento, sino suspendido. Los tiempos cambian, y debe conocerse el contexto para poder situar al espectador en las coordenadas correctas. Nunca un destino es par, sino impar, porque hay que poner una coordenada de origen. Y en esas situaciones hay que comprender el contexto, el origen y saber vislumbrar hacia adonde se puede uno dirigir. No por ser más inteligente que los demás, sino por aprovecharse del bagaje cultural de lo anterior, saber escarmentar en cabeza ajena y saber tener la humildad de reconocer cuando uno se equivoca. Y cuando todo eso falla, tienes a Boris Johnson de Primer Ministro y a la supuesta resolución del Brexit. Que no se dará. Y si se da, no será el Brexit que nos prometieron, sino una otra cosa muy distinta. Y rota. Una enorme flecha rota,

Si tienes un país dividido donde no tienes mayoría parlamentaria, que dependes de un partido como el DUP de Irlanda del Norte, que si bien tiene 10 diputados en Londres, en su parlamento nacional propio tiene 28 de 90, siendo los brexiters 30 y los pro UE 60, dan imagen a una situación de equilibrio inestable. Donde los traidores pueden salir de debajo de las piedras. O no. Porque Boris ha sido elegido por un censo muy pequeño, donde ni siquiera todos los que pudieron participaron. Si, es un sistema parlamentario. Y cualquier diputado puede ser electo Primer Ministro. Pero no para cualquier cosa. Y no en cualquier circunstancia. Porque la democracia no es sólo votar una vez cada tantos años y ya, sino los procedimientos. Y si hay, dicen, un país en el que los ritos de la democracia parlamentaria son ostensibles hoy día, se diría que es el Reino Unido. Hasta ahora.

¿Como hemos llegado aquí? Sencillo. Europa se funda como un club, de amigos, de estados, de países, que se juntan, hartos de ver como sus países se desangran en guerras intestinas que nos llevaron a ser el continente más belicoso por siglos, hasta el XIX, donde una esperanza pasajera de paz con Metternich y luego con Bismark cedió a dos guerras mundiales, que, con un interregno de período de entreguerras, bien en el futuro podría ser considerado, todo el, un mismo fenómeno. Y nos hallamos con la vocación británica de participar, pero a su manera. Y en un club se supone hay que seguir las normas y el código de conducta. Y cuando el viejo león francés, el General De gaulle, falleció, se abrieron las compuertas, para la ampliación del club. Los británicos dejaron en la estacada a sus socios de la EFTA, la rival de la UE, que hoy comparten el Espacio Único Europeo. Y entraron en 1973, para hacer un referéndum de permanencia en 1975. Nunca estuvieron del todo cómodos.

Sir Margaret Thatcher fue una de esas que estaban en la ola de cuando hay un problema, ir a lo fácil. Recordar el imperio, no tan lejano, rememorado en el funeral de 1965 de Sir Winston Churchill, o en las reuniones de la Commonwealth, o en el hecho de que hasta los años 80 Australia, Canadá y Nueva Zelanda no tenían constituciones propias. Cosa que provocó el estallido del conflicto de Quebec, dicho sea de paso, pero esa es otra historia. El asunto está en que nadie defendió la europeídad y los beneficios de la membrecía en ese ecléctico club, siempre objeto de increíbles hombres de paja, falacias donde describes lo que te sale del ano, enfrente de la realidad existente, y atacas ese orto que te has inventado, porque te conviene en tu discurso. Y punto. Y así por décadas. Hasta el punto de que ser europeísta era más extraño que ser demócrata en Idaho o Montana. Y se les dió la oportunidad de irse. Y la cogieron. Una escapada hacia adelante. Como ahora.

David Cameron fue electo finalmente, tras años de frustración, en 2010. Ya prometió lo del referéndum de salida. Primero se fue el partido conservador. Del grupo popular en el Parlamento Europeo. Porque tenían un problema interno, de partido, y es que una parte importante de la afiliación conservadora quería llevar sus quejas más allá de una protesta, una negociación prolongada, y una aplicación pausada, de las realidades europeas. Se habla de federalismo. A los británicos lo económico no les molesta. Parece ser. Lo político si. Les irrita en su identidad imperial. Y para ganar un congreso y resolver un cisma interno, con el partido fuera del partido como era el UKIP, para evitar que les dieran el sorpasso, se entregaron a tumba abierta, como una especie de concesión graciosa, que está ahora de moda, pero luego se va y no tiene consecuencias en el devenir y el porvenir de la historia. Y santas pascuas. Pero este asunto era y es por completo diferente a cualesquiera otras peras y manzanas que se pueden transaccionar en el cabildeo parlamentario británico. Y las consecuencias son evidentes en este sentido.

Se mintió y mucho. La película del Brexit de Bennedict Cumberbach es buena prueba. El interpretado ha entrado en el 10 de Downing Street con Boris. Es bueno verla. Para comprender que lo que se buscaba es un imposible. Volver a la casilla de salida. Al inicio. Como si nada hubiera pasado. Pero, la pregunta, sería en que punto del pasado les gustaría estar. Y a poco que se rasque, se comprueba que el pasado es pasado y no se puede retornar a un eden o paraíso perdido. Con el que tapar temas de actualidad como el desempleo, las infraestructuras, la sanidad, la educación, el complejo militar industrial, el medio ambiente y el cambio climático, o las relaciones entre nacionalidades y regiones dentro del Reino Unido. Y tantas otras. Nunca supieron lo que tenían entre manos, y cuando pudieron ver que era un arma nucelar no les importó seguir jugando con el. Y eso que los británicos fueron la puerta de salida al experimento, porque es el traspaso de toda la información con el acuerdo de Quebec de 1943 con los americanos lo que permitió el Proyecto Manhattan en los Alamos. Pero esa es otra historia, en efecto. Una de un pasado que no volverá, pase lo que pase, diga lo que les diga Boris a sus súbditos, digo, los de su majestad británica, la excelsa Reina Isabel, bajo cuyo mandato el Imperio se ha ido, poco a poco, desguazando y marchando, al paso de la oca, hacia el ocaso de la chatarra del atardecer y del olvido.

En el referéndum del Brexit pudieron votar los irlandeses, porque hay una ley que dice que no son extranjeros. Cosas de las islas. Pero existe un acuerdo, de Viernes Santo, que impide la erección de una nueva frontera entre los dos países. Que la única justificación era la de seguridad. Y esa ya no existe, afortunadamente. Y más cuando en ese referéndum los escoceses, como los irlandeses como los de Londres votaron por el remain. Y pudieron votarlo cuantos miembros de los países de la commonwealth vivieran en el Reino Unido. Pero no los ciudadanos de países miembros de la UE residentes en el país. Curiosa forma de concebir la democracia. Porque los primeros no tenían interés alguno en participar en esa consulta, o eso podría pensarse, y los segundos del todo. Este elemento debe tenerse en cuenta cuando se analice el cierre del Parlamento, propuesto por Boris para el espacio que hay hasta el Brexit, versión 31 de octubre de 2019, día de Halloween. Porque las mentiras indican que los bordes de la manta de la libertad se han estirado hasta romperse. Varias veces. Y los límites están desbordados. Hace ya mucho tiempo.

29 de marzo de 2017. Meses después del referéndum. Que esa es otra. En vez de hacer pedagogía, se lanza al pueblo, ignorante de las causas reales, consecuencias y horizonte para el pueblo, se le lanza a una pregunta dicotómica donde se juegan, sin saberlo, el futuro de su país. Como si fuera una apuesta deportiva. Como si fuera especulativo, que se puede volver a jugar. Y no. Hay cosas que no tienen vuelta de hoja, y difícil reversión. Esta es una de ellas. La norma, por ellos acordada, dice que dos años después de activar la norma de salida, se sale. Eso era el 29 de marzo de 2019. Y se acordó una prórroga. Y luego otra. Hasta el 31 de octubre. Y en esas se está. Dice Johnson que hay que salir porque lo contrario pondría en tela de juicio la credibilidad en la política. Todo el proceso del Brexit lo es. Y más en gente que no era partidaria de esto, y que se convirtieron por ser la vía más rápida hacia Downing Street. Como Theresa May. O como Boris ahora. Para oponerse a algo hay que hacerlo con un discurso alternativo. Y que parezca atractivo. Que sea magnético para gente que se quiera adherir. Es, siempre, saltos adelante, sin saber a donde se va ni como, pero hay que seguir adelante, porque parar significa morir, y morir significa perder las elecciones frente a Nigel Farage. O, peor, poner a Corbyn de Premier. Por eso ha subido el casi difunto Partido Liberal Democrático. Que hay que recordar que en el primer mandato de Cameron no pudo hacer nada de esto porque necesitó de la coalición con los liberales. Pero cuando les dió la patada en 2015 empezó el acelerón hacia el acantilado. Que es donde seguimos. Y los riscos ya están a la vuelta de la esquina. Dover ya se ve.

Son pocos los que recordarán que los tramos finales de la república en España en los años 1935 y 1936, con gobiernos, hasta febrero, de centro derecha, en plena descomposición, propiciaron tiempos donde el gobierno no tenía mayoría el la cámara legislativa, por lo que el Presidente del Gobierno le pedía al Presidente de la República mantener clausurado el Congreso, y gobernar por decreto. Si te molesta el legislativo, lo chapas y ya. Total, a quien le importa. Y luego vino la victoria del Frente Popular. Y el golpe y la guerra. Fue sintomático de una podredumbre que gusaneaba desde las instituciones el entramado democrático. Y más en el Reino Unido, donde se han dado revoluciones por cosas así. Recordemos a Cromwell, el protector. Es por ello que se debiera reflexionar los pasos dados con tal de defender una causa, incluso a costa de los procedimientos, en lo que se podría calificar como un golpe de estado en toda regla contra la institución más veterana de toda la nación inglesa, como es su Parlamento, donde debiera darse el valor a poner en el centro la representatividad de la gente. Y donde el ataque al derecho de todos a ser escuchados y a participar de las decisiones colectivas debiera verse no como una inteligente jugada política de un émulo de Donald Trump que se dedica a pensar fuera de la caja, sino el paso de alguien que se orina y defeca en el legado de sus mayores, donde el procedimiento es más importante que el fondo. Porque la ley no es importante en sí, sino en como se hace. O es igual de importante. Por lo menos. Porque un estado de derecho es un estado con derecho. Y en las dictaduras también hay leyes, decretos y fórmulas jurídicas. El derecho a protestar y ser tenido en cuenta, es clave. Y en una democracia representativa, y más con electos uninominales, por distrito, debiera ser clave para ponerles voz. Al pueblo.

¿Donde está el problema? El parlamento quiso tener la última palabra, tras la decisión del gobierno. No hay parlamento, la palabra del gobierno es ley. Y deja dos semanas al final de octubre para que si eso frenen el Brexit salvaje. Que les mienten y les mienten y les vuelven a mentir, porque les dicen a los británicos que quieren renegociar el acuerdo de salida con la UE. ¿Porque? Porque de aceptar lo existente, y firmado por May, en un tiempo en el que se creía, y era verdad, pero ya no lo es, que lo importante era el tema migratorio, se despreocuparon de lo demás y les deja entrampados para siempre, si, para siempre, posiblemente, en una unión aduanera con la UE, que les impediría firmar acuerdo alguno con terceros. Y la UE es una sóla voz en defensa de los intereses del club y no hay nada que hablar. Y punto. Barnier, Juncker y Tusk han sido muy claros. Porque desde el otro lado del canal el asunto está cerrado. Incluída la salvaguarda irladesa, en defensa de una paz, que tan caro ha costado alcanzar, con el apoyo de la UE. Jugar a corto, como si el mañana no importara. Y las consecuencias las fuera a pagar otro. En otro mandato. Es volver, para Boris, a la mentalidad de Pitt el viejo, Palmerston y toda aquella calaña de primeros ministros del siglo XIX, sólo que el mundo ha cambiado, y no estamos en el siglo XIX sino en el XXI, y este Reino Unido no es aquél, y si se va por el precipicio del brexit salvaje, las consecuencias son imprevisibles, incluyendo, por supuesto, la propia implosión del país, que muchos ya desean, si el Boris aprieta el AZ5 del brexit salvaje. Porque, de mientras, los tribunales, de lo más garantistas, van a paso de potrillo, como si el asunto fuera algo menor, como una pelea entre particulares, por quien tiene derecho de paso sobre una acequia en Yorkshire.

Siempre más allá, ir hacia el horizonte, porque son ingleses y están por encima del bien y del mal, y ningún mal les puede tocar, herir y destruir. Con esa mentalidad salieron de la II Guerra Mundial. Muchos mayores siguen impregnados de esa mentalidad, por más que el propio devenir del mandato bajo Isabel II debiera haber ido poniéndoles en su sitio en este cambiante mundo donde sólo la unión bajo un grupo de países donde el legado de luchas intestinas debiera haber cristalizado en poner en valor lo que nos une como europeos en vez de pensar que una ameba puede ser la reina de los mares en un mundo donde China, India o Estados Unidos existen y son, en la segunda mitad del siglo XXI, superpotencias. No pensar así es pensar en clave pueblerina, y convierten a Boris en un émulo más de Paco Martinez Soria que en el Iván el terrible de nuestros tiempos, por más que por sus hechos les conoceréis, y puede acabar igualmente como el rosario de la aurora. Como le ocurrió al ruso. El futuro no está escrito, se puede cambiar, pero está condicionado, por el de donde venimos, las piezas existentes y la visión que se tenga para poder ordenarlo. El pasado es catastrófico, porque el brexit existe per accidens, el presente es seguir iendo a salto de mata donde el propio brexit es sagrado, y defendido como mantra, a costa de lo que sea. Igual quieren hacer del brexit un proceso vitalicio. Es una posibilidad. Ya se verá. Y el futuro, sea lo que sea, una salida salvaje, o no salir, siendo una maniobra para vencer a Nigel Farage y seguir a su manera como mosca cojonera dentro de la UE, pero con pie y medio fuera, seguro que genera sus problemas en una UE que está harta de tener un miembro que no se comporta bajo las normas de un club donde el procedimiento es más importante que las decisiones que se tomen. Y es que, al fin y al cabo, fue del continente, de Gascuña, de donde se llevó el parlamentarismo Simón de Momfort a comienzos del siglo XIII, y tendría una excusa perfecta para dejarlo del otro lado del canal inglés, digo, de la mancha. Y, de esta manera, damas y caballeros es como se puede dejar morir una democracia. Con simplismos y simplificaciones. Y que cuando el tonto sigue el surco, y el surco se termina, el tonto sigue. Populismo y brexit. O tempora, o mores!

PS: y es que, como dijo el general chang, siempre es mejor leer a Shakespeare en el klingon original.

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