Catalunya merece siempre la verdad

Sin lugar a dudas las versiones simplistas y simplificadoras, que se basan en la creación de mujeres y hombres de paja, sencillos, para identificar y englobar “al enemigo” al que odiar, pueden ser exitosas, pero ni contribuyen ni ayudan en nada a resolver o encauzar los problemas que la sociedad tiene, para con sí, su estructura política y su futuro o por venir. Y es que ya se dice que al español no sabe lo que le pasa y eso es lo que le pasa. O dicho de otra manera. Nadie se hace mago en Howarts. Va a Howarts porque es mago. Causas profundas nutren el descontento en el invierno frío de nuestras disputas (aparentemente) irresolubles en el presente. Y eso sucede porque hay partes interesadas en que esa irresolubilidad permita el triunfo de una de las partes más alejadas del centro. Siempre hay interés, sobre todo donde y cuando el ser humano es sujeto y objeto de la construcción social de la realidad, como son las sociedades humanas, donde no se puede dar nada por sentado ni por definitivo. Tampoco con Catalunya.

Efectivamente, se ha explicado poco o mal, si es que se ha hecho, la realidad de las partes a las demás. Y es que, por un lado, si, es cierto, hay una realidad estructural que conduce a un desafecto cada vez mayor de la sociedad catalana hacia el hecho de ser español. Pero, por el hecho de ser español en sí? Por los colores de la bandera? Por el pentagrama del himno? No, claro que no! Sino por lo que representa para el hecho del ser y sus circunstancias. Porque un ser humano nace en comunidad, y hay que garantizarle sus derechos humanos individuales y colectivos. Eso está claro. Y el desastre para con Catalunya, con altos y bajos, como en una cadena montañosa o en unos dientes de sierra, siempre ha tenido sus agravios, los últimos en este proceso autonómico inacabado (y no sólo para Catalunya), donde el centro no ha sido leal con la periferia, pero esta siempre ha debido serlo con el centro, siendo, supuestamente, todos ellos Estado español. Como si la Comunidad Autónoma fuera un ente impuesto por una potencia extranjera en un tratado de paz y fuera el enemigo de España. Como Gibraltar. O casi.

Por el otro lado, es igualmente claro que los derechos enunciados sobre el papel, no pueden ejercerse si no hay fuerza, y no moral, ni tampoco necesariamente militar, para que estos se desarrollen. Y sobre el papel, lo hecho por la gente, está muy bien, dentro de los cauces participativos, pacíficos y democráticos. Pero no se les ha dicho como estaba la situación realmente y hasta donde se podía llegar. O, mejor dicho, o además de eso, hasta donde estaban dispuestos a llegar ellos con sus acciones. Y eso porque? Sencillo, porque la gente lo hizo de lujo, pero el traslado de eso en decisiones ejecutivas, en especial tras el 1 de Octubre de 2017, brilló por su ausencia. Y es que cuando tomas decisiones estas tienen consecuencias. Como no podía ser de otra manera. Eso sí, para pasar a la pos-modernidad hay que haber pasado por la modernidad, y haberla interiorizado, y como ese es un capítulo pendiente en el Estado Español, es dudoso que las cosas sean más estables, sino al contrario, más líquidas que en otros países europeos. Hay una retahíla de decisiones, que pudieran empezar como por ceder ante las CUP al President Legítimo, Artur Mas. O reconocer que ni siquiera se llegó al 50% del censo, ni en los referéndum ni en las elecciones. Datos significativos, no sólo hacia afuera, sino hacia adentro. Si, eran la postura mayoritaria, pero no, no eran suficientes. Y los jefes lo sabían, pero no dijeron nada a los indios, por no querer afrontar las consecuencias. Y en esas llegó el 155.

Si hay algo claro es que como en física, a cada acción le conlleva una reacción en sentido inverso. Incluso una inacción puede ser considerada una acción. Porque la política no es termodinámica, puede haber una reacción frente a lo que supongo que ibas a hacer, o a lo que dijiste que harías. Los Jordis no incumplieron ninguna norma, y el Govern no rompió nada. Más allá de hacer un referéndum no querido desde Madrid. Pero una cosa es que no sea oportuno y otra que no sea legal, y una cosa es que esté fuera de la ley, porque no lo contemple, como pueda ser alegal, y otra, que sea ilegal. Y lo mismo pasa con la constitucionalidad. No, no han cometido delitos. Y eso en Europa se sabe, porque ha habido ya movimientos en ese sentido. Como de todos es sabido. Pero eso significa que no hay república y que nunca la hubo. Si ni siquiera hicieron el acto simbólico de arriar la bandera española. De ningún sitio. Por lo tanto, no se explicaron las cosas, y las cosas llevaron a una estación termini de choque de trenes. Pero en versión menor. Dentro de la legalidad, digamos, aunque el estado hiperventiló y sacó las conclusiones maximalistas y actuó en tal circunstancia de hipótesis. Y por eso hubo un vacío de unos 6 meses de Gobierno en Catalunya. Pero es que después ha habido otros 6 meses de vacío. Y eso es preocupante. O debiera.

Bueno, en teoría, vamos a descartar por imposible, al menos, por ahora, la independencia unilateral y la intervención indefinida y a lo loco de la autonomía. Vayamos a buscar soluciones. Y estas existen. Donde? Pues en la propia constitución. Por ejemplo. Y es que sin cambiar una sóla coma, se pueden hacer cosas muy interesantes e ingeniosas. Como? Sencillo. Para el hecho social y económico, la constitución (copiando los modelos alemán, italiano y francés, surgido de una larga experiencia en la primera mitad del siglo XX, y en lucha contra el fascismo, derrotado en la Segunda Guerra Mundial, por más que en España esas referencias sean más bien etéreas y por eso media constitución es papel mojado) permite el desarrollo, en teoría, de marcos tan dispares como el liberal, el socialdemócrata, el comunista, el conservador o el democristiano. Marcos donde, luego, cada gobierno, dentro de la voluntad popular, pudiera desarrollar esos vectores según la vocación del momento, dando unas costuras, en principio, amplias. Y eso lo que el Estatut buscó. Una maximización dentro de una lectura extensiva de la Constitución de un autogobierno un poco más de máximos que el vigente, dentro del marco legal, siempre que se diera una lectura generosa, que, como es sabido, no fue el caso. Y ese es parte del problema. La acción desde el centro como detonante de la reacción de la periferia sintiendo desafección y actuando en consecuencia.

Si se quiere, si una sentencia interpretó la disposición adicional primera en el sentido de ser de aplicación únicamente, a la luz de la disposición derogatoria segunda, a Araba, Bizkaia, Nafarroa y Gipuzkoa, puede ampliarse perfectamente a Catalunya. O hacer una sección bis para Catalunya, derogando en un dos bis los decretos de nueva planta y subsiguientes en lo que pudiera afectar a los territorios de la antigua corona de Aragón. Y es que la España decimonónica de los tercios de Flandes era plural, y foral. Es la importación de un presunto liberalismo (falso, porque éste, en otros países, surge contra el autoritarismo, el centralismo y es quien pone los reyes en la picota) de origen jacobino francés, lo que, en el siglo XIX, hace tanto daño a las españas, y provoca al menos, cuatro guerras civiles, culminada con el desastre del 98. Hay cartas en la mesa para ser usadas, con los instrumentos existentes, otra cosa es la voluntad política, de hacerlas realidad. Y de manera efectiva. Incluso el artículo 150.2, pensado para las nacionalidades históricas, pero aplicado en Valencia o Canarias, pudiera ser una vía. Que, Euzkadi, Galiza, Andalucía y Catalunya son denominadas así, sobre todo las del grupo GalEuzCat, no por su historia, sino por su historial reivindicativo, esa es la historia política que cuenta, cara a la disposición transitoria segunda y su pase por el artículo del 151, denominado de vía rápida, y no otra cosa. Porque todos tienen historia. Una más larga o más corta, más bonita o menos. Ese no es el asunto, sino la vocación de autogobierno, demostrada en la continuidad temporal de su búsqueda y ejercicio, como corresponde a las citadas, y es mucho más débil en las denominadas regiones, que en 1833 vieron como recibían provincias y diputaciones para todos, y entre 1981-83 comunidades autónomas para todos. Café para todos, y todos iguales. O eso se dice, al menos.

Si, la independencia es posible. Sólo hay que asumir las consecuencias que se puedan derivar. Y en eso están las vías que quieran. La vía escocesa, la vía quebequesa, la de Montenegro, la lituana, la eslovena, la islandesa, la de Timor, la saharaui, la de nueva caledonia, la de Sudán del sur, la eslovaca. Y así hasta hartarse uno de política comparada. Eso sí, explicando el contexto y el desarrollo de las partes, como no pudiera ser de otra manera. El resúmen sería, ser capaces de sacar al estado, desde ese momento, considerado extraño, y extranjero, de tu suelo, y ser capaces de controlar, al menos, los 5 elementos fundamentales contemplados por el convenio de Montevideo de los años 30 del siglo XX para considerar el nacimiento del nuevo Estado, de la independiente Catalunya. Hay que poner los ovarios encima de la mesa y arriesgar. Nada sale gratis. Nada sale fácil. Y menos constituírse en nuevo estado. Porque los viejos estados existentes no van a hacer un manual para su suicidio, ni siquiera los nuevos. Eso cada cual que se busque las castañas. Y, por otro lado, como las circunstancias son cambiantes en muchos ingredientes, por eso suele hacerse esa macedonia, donde lo más chic es el último caso de lucha exitosa en pos del autogobierno. Pero sigue siendo un error, porque esos relatos simplemente señalan que la lucha es posible, pero no pueden ni deben considerarse un manual para la construcción nacional, más que en su propio contexto. La verdadera vía para Catalunya es la vía catalana. Punto y final. Y tendría costes, y muy altos, pero eso se debe valorar, en términos de generaciones. Por eso una exigua mayoría, siquiera del 50% más uno del censo, es insuficiente para una proclamación de un mandato para la independencia, y de esa falta de suelo deviene la incapacidad de explicar la realidad a la sociedad, excitada e ilusionada por un hecho objetivamente imposible, y que, además, no estaban dispuestos a afrontar, como era y es el salto sobre el vacío, de fe, del tránsito de una legalidad, la vigente, a la nueva, no sólo de manera declarativa, sino real, en hechos, decretos, y acciones ejecutivas, de gobierno.

Si, el centralismo es posible. Y la vía del 155 es una puerta abierta. Total, se inventaron su aplicación en Catalunya, como todo el mundo debiera saber. Un ejemplo anexo. Existe una ley de seguridad. Para el país vasco sólo es de aplicación del artículo 1 al 5. Principios generales. Pero para Catalunya había en el 38 y siguientes artículos de aplicación. Que con el Estatut viejo estaban sobre la mesa. Con el nuevo virtualmente desaparecían, pero los partidos no franquicia de Madrid de Catalunya no hicieron efectivo ese cambio, y el PP sólo amagó con el cambio. Fue mediante esa ilegalidad manifiesta por la que entró el Piolín y lo que representó de daño físico y emocional el 1 de Octubre, caudal que, de haber sido usado desde la dignidad y no las vísceras hubiera removido un achuchón serio desde las cancillerías, un hecho que los propios catalanes malbarataron y malgastaron, por no decirles la verdad al pueblo. Y en el otro lado no quieren decirles la verdad del hecho autonómico, de la bilateralidad, de las asimetrías, que suceden con todas las comunidades, porque, más allá del hecho físico, que, por ejemplo, hacer una carretera o línea férrea en Andalucía no tiene el mismo coste que en Cantabria, no hay dos comunidades que se parezcan. Todas, son, en lo jurídico político, de su padre y de su madre. Créanlo. Pero sólo se pone en el candelabro a las históricas, y de estas, las nacionalidades vasca y catalana. Porque son las que más reivindican, no sólo la reparación de los agravios (que en otra época eran contrafueros) sino medidas a futuro que impidan su repetición. No reconocer la realidad, sino construir una nueva sobre una base imaginada de una falsa unidad en el pasado es lo mismo que se hizo en el siglo XIX respecto a la supuesta reconquista, respecto a un mítico y fantasioso pasado primero respecto a los reyes católicos, luego, del reino visigótico, y previamente sobre la presencia romana en la península. Proyección del presente sobre el pasado, que en lo político, busca torcer el futuro a su favor. Y es en ese caldo de cultivo donde un PP poco autonomista (sobre la base de los hechos, no de discursos), sale un Ciudadanos jacobino y uniformizador, desde el centralismo antiforal y, por ende, anti-español, y de ahí, de ese magma, emerge un Vox, última criatura, que ya no quiere volver a un esquema previo a 1978, sino a retomar las luchas intestinas del siglo XIX español. Es posible, pero no resuelve nada.

Una intervención indefinida y extensiva de la autonomía catalana sería una muestra para (volver a) señalar que la democracia está supeditada a la voluntad de una élite desde Madrid. Más allá que el centralismo es más caro e ineficaz, como se demuestra en la propia Europa, suprimir el parlamento, el gobierno … laminar una ley orgánica, y esas cosas, suenan a cierto tribunal constitucional suprimiendo partes de la constitución por la vía de los hechos, por interés político y electoral (como ha sucedido en Bolivia, con la candidatura de Evo). Se cita el caso Irlandés, y se equivocan, porque no concurren, ni de lejos, los mismos condicionantes. Pero ni de lejos. Y, por otro lado, la inexistencia, temporal, de un autogobierno político, o de un ejecutivo, nunca implicó una pérdida completa del autogobierno. Como sucedió desde el acta de unión de 1707 con Escocia, que hasta el levantamiento de la suspensión de actividades de un parlamento escocés trasladado a Wensminster, de 1997, seguía, bajo la línea de flotación, teniendo autonomía administrativa, y elementos simbólicos clave, como la iglesia escocesa, la libra escocesa y la propia organización de los deportes y selecciones. Suele ser más complejo que lo que se dice, con ánimo de construir esa mujer y hombre de paja, para que sea la realidad, o blanco o negro, o ellos o nosotros, todo o nada, y es en esas dicotomías radicales cuando suele acabar, esas jornadas, con bajas. Y hemos de procurar evitarlas. Orillando los extremos, buscando las amplias mayorías que las campanas de Gauss suelen ofrecer. Eso lo justo y lo más sensato.

Al pueblo hay que decirle siempre la verdad. Los hechos, la realidad, lo objetivo. Es difícil objetivizar lo subjetivo, pero hay que ir a ello, y eso supone explicar y exponer los puntos de vista divergentes, y los agravios, de las partes, con fino detalle. Y es por eso que, el ideal, en el 40 aniversario, en vez de hacer un documental sobre el hecho autonómico, debieran haberse hecho 18, uno general y uno por cada realidad autonómica. Si hay una cadena de la política, supuestamente, esa es la Sexta. Y este hecho es nuclear, central, estructural, de la realidad de España. España, fue, es, y debe ser, si quiere la convivencia, plural, diversa, pluricultural, plurilingüe, plurinacional. Negarse a sí misma y poner fuera de lo español y la españolidad elementos propios de la cultura y realidad nacional de otros pueblos que integran la realidad estatal de España es suministrar alimento al conflicto, y exportar y explotar, desde el centro, desde el Madrid, la separación y el separatismo. Si, en Madrid hay separatistas. Hay que mirar bien y no ser unívocos en el análisis, porque, serlo, puede llevar a graves errores de percepción, y de ahí a no hacer el diagnóstico pertinente, que, como bien sabe el doctor Gregory House, es imprescindible para buscar remedios y soluciones. Si es que esa es la vocación, la de la convivencia y no vivir en una montaña rusa permanente, de inseguridad y cuestionamiento permanente de casi todo. Algo del todo no recomendable, y que no suele practicar casi nadie fuera de España.

Catalunya puede tener un encaje dentro de España. O sino, lo será fuera. Es de concepto. Si se avanza hacia una Europa Federal, Catalunya puede ser un condado dentro de Texas/California o un Vermont/Massachussetts. Es la elección de fondo. Y hay que dar incentivos y vocación de diálogo, negociación y acuerdo. Y no vale eso de que dos no se pelean si uno no quiere, porque los linchamientos son una realidad. Palo no, sino zanahoria. Incentivos, con proyectos en positivo. Dentro de la constitución, es posible. Desde una concepción foral. O desde un nuevo estatuto que, simplemente, recoja cosas ya existentes en los estatutos valenciano, canario, andaluz, vasco o navarro. Con generosidad, y vocación de encuentro, donde el cumplimiento de la ley y las sentencias favorables a las instituciones catalanas no se vea como chantaje o cesión, sino como convivencia. Se le puede llamar Estatut o Constitución de Estado Federado, Federalismo o Confederalismo, el nombre es lo de menos, lo importante, en este caso, es de contenido, de sustancia, de respeto, de bilateralidad, y de superar, por arriba, y no por abajo o con recortes, lo acordado para con la Constitución de 1978. Voto que no es para siempre, ni prejuzga el futuro del consenso de los vivos, como en el plebiscito de Renan. Que se note que Catalunya y España están maduras para una relación adulta entre pueblos libres es sólo cuestión de ser honestos y profundizar en la verdad. En las verdades. Y ser transparentes, implicando al pueblo, o a unas mayorías cualificadas, donde ni yo sobre ti, ni tu sobre mi, no imponer no impedir fuera la divisa donde cimentar, en el reconocimiento de dos debilidades que ni pueden ni deben imponerse, en el marco actual, como son el presunto 155 2.0 o la unilateralidad independentista, permita un cauce nuevo central que vertebre desde la sociedad catalana una nueva realidad española que de viabilidad a proyectos compartidos, en este Siglo XXI, donde de una vez por todas, se aprendan las lecciones del siglo XIX y se avance definitivamente hacia un mañana mejor y más justo. En su enormidad y complejidad, eso es lo que está en juego y a debate. El demonio, dicen, suele estar en los detalles. Y hay que ir a ello. Sólo de esa manera la paz y la convivencia serán, más que palabras bonitas, hechos, sobre el papel, realidades a pie de calle, que la gente sienta tangible en su día a día, que es lo importante, un país libre de personas, ciudadanas y ciudadanos, libres e iguales en derechos y obligaciones, con sus derechos individuales y colectivos intactos. Sólo así se hará la España Plural.

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