De los teóricos de la Tierra Plana

Cuando el bien no hace nada, el mal puede triunfar. Lo dijo alguien, en algún momento. No importa tanto quien o cuando, porque pudiera ser una falacia de autoridad. No, lo importante es el contenido. Y viene a significar que cuando los que deben ser proactivos flaquean dejan el campo libre para que otros ocupen su lugar. Que el otro puede vencer no (sólo) por méritos propios, sino (también) por deméritos de su rival. Y en este caso hablamos de la Ciencia. Y es que se puede llegar a creer que quien chilla más es el mejor. Que quien tiene más fuerza en su performance, en su interpretación de su papel, es el más ajustado a la realidad. Que quien mejor planta presenta puede transformar lo que es para darle a el proyección de ganador. Y en la Ciencia eso no funciona así. Quien tiene razón es quien puede probarla. Y ser replicada por otros. Por ello es importante, aunque pueda sonar a broma, combatir a los que creen que la Tierra no es un geoide. Y entre ellos, a quienes, en pleno siglo XXI, aún piensan que la Tierra es plana.

Está claro y demostrado, incluso en el hecho religioso (como lo puede demostrar el cristianismo frente a Roma, el Islám en sus orígenes en Arabia Saudí, en tiempos del profeta Muhammad, o el Budismo) puede ser un elemento contracultural poderoso. La contracultura vende. Lo que se opone a las verdades oficiales y aceptadas como ciertas. Eso sí, hay un matíz, para empezar, importante. Y es que hay verdades que lo son con independencia de que uno crea en ellas. Y al margen de esto, hay realidades distintas en la ciencia de un físico o un biólogo, donde puede llegar a aislar el objeto de estudio en laboratorio, a unas ciencias sociales donde muchas veces el sujeto y el objeto de estudio puede ser concurrente en la propia figura del ser humano. Es por ello que hay que matizar bien, y saber frente a que. Y saber responder en cualquier circunstancia. Por ello, en teoría, el creacionismo y el terraplanismo sería darse de cabezazos contra una pared de ladrillos de kriptonita que (en principio) nunca va a poder ser derribado. Y aún así, siguen teniendo salud. ¿Porqué?

Si bien en un origen el ser humano tomaba el principio de precaución de una forma muy conservadora, por ejemplo, si hay una piedra grande en la sabana, de color ocre, puede ser un león o no, y en cualquier caso, el homo se subía al árbol más cercano, y era una forma preventiva, aunque poco lógica, bajo los baremos de hoy, de salvar el pellejo y mantener la descendencia y supervivencia de la especie. Ese principio más emocional que racional se mantiene en nuestro cerebro reptiliano (si, conspiración en marcha) primitivo, y es el que en un primer estadio de debate se machaque lo emocional. Por ello cuando se quiere confrontar una postura, se ataca no el hecho en sí, sino al otro, y por eso el ad hominem suele ser un recurso facilón. Ataque a quien eres y no a las ideas, sobre todo cuando no se tiene seguro el piso y se mueven como arenas movedizas. Y es que pretender derribar el agujero de enfrente, quiero decir, la teoría del otro, es mucho más fácil que proponer una hipótesis que sustituya a la anterior teoría. Pero en Ciencia, que adolece el vacío, se sustituye algo con otra cosa. Es así como se juega. Y sino, el scatergoris vuelve al laboratorio.

Es realmente importante saber que la teoría es la forma suprema de conocimiento en ciencia. Que una teoría se puede componer de varias leyes. Y una hipótesis es lo que se lanza al ruedo para ser comprobado. Por supuesto, esto debe ser replicable por otros, y no debe salir a la luz pública sin la revisión por pares, esto es, por tus iguales en conocimientos. Sólo así se hace Ciencia de verdad. Y en estas es cuando se puede confrontar la ideología con la identidad. Un choque de legitimidades con la excusa de un campo de batalla sobre la base de una lucha de poder entre clanes. Si, esto es tan antiguo como las cavernas o las pinturas rupestres. Y aún mantenemos. Y es que en el fondo del creacionismo y del terraplanismo, como expresiones de una mentalidad religiosa, en nuestro caso, cristiana, ligada a la Biblia, está una forma dogmática de entender no sólo el mundo, sino las relaciones del todo con el todo, incluyendo, por supuesto, entre los seres humanos. Una construcción de la realidad (como dice la sociología) que se superpone a lo que es humano y busca tocar lo trascendente, buscando la justificación y la superioridad de la vida, y en especial la humana, sobre el todo, los elementos y el universo, en suma.

Conviene preguntarse. ¿Porqué existe el terraplanismo? Veamos. Existe la Biblia. Es cierto que la forma esférica de la Tierra se conoce desde hace unos dos mil quinientos (2500) años, por tanto, esos griegos clásicos (que eran arios y venidos del Norte, de la Europa Septentrional, pero eso es otra historia) ya conocían la forma de la Tierra. Y es igualmente cierto que, con mucho saber que pudieran tener, por lo menos, algunos de los escritores de la Biblia (un libro colaborativo de varias manos y generaciones, que se apropia de relatos de varias culturas de la región) su cometido no era el de ejercer un saber terrenal. No. Su idea era vincular la humanidad con lo trascendente. Explicar la vida en la Tierra como hijos de Dios. Dioses. Porque al comienzo de la Biblia habla de Elohim. Y eso es plural. Si, el propio judaísmo evolucionó de una realidad panteista a una monoteista. Y eso se deriva en la Biblia, la expresión 2.0, y en el Corán, que sería el 3.0. No eran geógrafos los autores de la Biblia. Y en ella, digamos, no hay una forma explícita de la Tierra. Dicen que se puede inferir que es plana. Probablemente no. Sino una forma rara de ella. Pero tiene una explicación que luego se puso en forma en la Edad Media. Y se ideologizó tras ella una forma de ver el pasado. Hay quien quiere construir el pasado desde el presente. ¿Quienes? Pues casi todos. Obviamente.

Veamos de esta forma el asunto. Si Dios crea todo (que la historia del Genesis tiene más agujeros que un queso suizo, pero no es el momento ni el lugar) entonces ha de ser en un momento y un lugar concreto. Por alguna extraña razón a esa omnipotencia del Creador le impide crear la humanidad más que en un sólo punto, llamado Edén. En el paraíso terrenal. Dios crea y dispone. Y sobre esa base dogmática, las pruebas de diversidad de orígen de la humanidad es un imposible metafísico. Porque contradicen lo que pone en la Biblia. Punto y final. Y la Biblia, en vez de ser un relato inspirador se convierte en literal. Tan increíblemente como quienes asumen la mitología como si fuera la crónica o relato de tiempos pasados. Como si no fuera literatura, sino periodismo. Es por ello que cuando, desde los griegos, en principio sin haberlo comprobado (aunque ya hubo algún viaje hacia aquellas tierras, cuando se le imposibilitó pasar el estrecho de las columnas de Hércules y salieron por el índico, hecho por antiguos griegos, en complicidad con los egipcios) afirmaban que había tierra austral, esta se viera confrontada por el dogma cristiano.

¿Como podía ser que hubiera tierra en las antípodas? Una terra austral. Y es que no sólo eso. Se suponía que donde había tierra había humanos. Y ¿como podían haber llegado allí, teniendo en cuenta lo de la Creación y el Edén? Es por ello que los grandes pensadores de la Santa Madre Iglesia Católica, en el medievo, salvo contadas excepciones, minoritarias, y que en su propio tiempo no contaron en el general y común de los creyentes, nunca, repito, nunca, tuvieron en cuenta lo de la Tierra Plana. Siempre supieron que era una esfera. ¿Porqué? Porque ya el modelo geocéntrico de Ptolomeo es reconocedor de la esfericidad de la Tierra. Por ejemplo. Y porque los padres de la Iglesia no estaban interesados en decir que la Tierra fuera plana, sino en negar las antípodas. Es decir, sostener el mito de la Creación en el paraíso, despejando cualquier posible obstáculo respecto a otras posibles humanidades o lugares donde el humano hubiera hollado antes su presencia que Adán y Eva. Punto y final. Eso era todo. Y aún así, hoy se piensa que fue lo contrario. ¿Porqué? Por el creacionismo.

Sólo aquellos que tienen fe inquebrantable y del tipo de la del carbonero (el diablo visita un carbonero para tentarlo, y le pregunta ¿que crees? Y dice, lo que la iglesia cree. Y luego ¿Y que cree la iglesia? Pues lo que yo creo) son capaces de ver la luz de la ausencia de evolución, que más allá de Darwin ha sido actualizada por la Ciencia hasta llegar al presente. Y que sigue siendo completada, por supuesto. Por más que los hechos básicos estén cerrados. Como la forma de la Tierra, cuando en el siglo XVIII unas expediciones francesas midieron si había un achatamiento ecuatorial (iendo al país del mismo nombre, que se llama así por esta expedición) como defendía Descartes o un achatamiento polar como defendía Newton. En el siglo XIX era un lugar común ridiculizar a los que a su vez ridiculizaban a los que jugaban con huesos y esas fruslerías ligando el creacionismo con el terraplanismo. Y es por ello que en los hoy Estados Unidos tomaban como héroe a Colón, no tanto como descubridor de nada, sino como portador de modernidad y luz a una etapa posterior a la edad oscura, cristiana y anticientífica. Es a esa construcción del mito a la que rinden honores. No por ser español, que posiblemente no lo era, ni por temas políticos. No. Era como reacción a una construcción negativa de una edad anterior y como enganche de cambio a un renacimiento, una recuperación en cierta manera de una edad de oro que se proyectaba sobre aquél presente, aún en combate con una religión cristiana que tenían mucho que decir y mucho poder, todavía, especialmente en el terreno educativo. Este era el punto.

Hoy está más que claro, y las pruebas así lo demuestran, la Ciencia lo ha estudiado, y el único pero que se le podría dar es respecto a la difusión, tanto el esquema de la Evolución como del Geoide. Datos y pruebas. Irrefutables. Y es que, como se ha dicho, lo importante no es señalar los posibles agujeros de la teoría en vigor, sino proponer otro modelo que, al menos, cubra las explicaciones del que ya existe. Y es que las teorías, en Ciencia, no se ven suplantadas por otras completamente diferentes. Siempre hay partes del modelo anterior que siguen siendo válidas. Y se ven incorporadas en el siguiente, resultando uno más complejo, siempre con el objetivo de tender hacia una teoría unificada que de una explicación omnicomprensiva de la realidad. Pero ese es el punto. Partir de la realidad hacia la teoría. Lo que hace el dogma es a la inversa. Tenemos esta realidad incontestable que la realidad debe adaptarse a ella. Y no, la verdad debe venir de abajo a arriba y no de arriba a abajo. El problema tanto de los creacionistas como de los terraplanistas viene no tanto cuando se les pide que desmonten el modelo oficial, sino cuando se les pregunta sobre como responde su modelo a tal o cual cuestión. Y te das cuenta que, lejos de tener un modelo unificado, siquiera entre sus propios seguidores, existe una clara dispersión de planteamientos. Y sin embargo, sigue teniendo seguidores. ¿Porqué?

Es complicado y sencillo de decir. Siempre habrá terraplanistas toda vez que este fenómeno apela a las emociones. A decirte que eres especial, porque sabes algo que otros no saben. Y que quien tiene el poder oprime y reprime. Es el mismo mecanismo por el que las drogas, prohibidas, atraen a cierta juventud. Por la que la ley seca llenó los bares clandestinos en Estados Unidos en los años 20. La misma por la que una ropa determinada, que enseña menos que ropa de baño en la playa, en un contexto distinto produce una percepción distinta. Y una excitación, tal vez. Es una cuestión pura y enteramente cultural. Sobrevenida. Aprendida. Y de eso, como se ha dicho, la Iglesia, en el siglo XIX, donde ya se da duro el combate para que perdiera esa preeminencia, se plasmó en combates encarnizados por quien tenía razón. Y por el corazón de los fieles. Es por estas cuestiones de órden emocional y de aprendizaje y desenvolvimiento para con la realidad que nos rodea por lo que más allá del conocimiento, puede prender, desde una raíz puramente religiosa, primero la idea de ser especiales, como humanos, en el creacionismo, y como evolución de este, el pensamiento de que la propia Tierra y su posición en el universo no sólo es central sino incluso, tan especial, como la propia forma de la misma Tierra, como un disco.

Debería estar claro a estas alturas que el dogmatismo de algunos nunca se va a ganar, y es batalla perdida. Lo que no es pérdida es evitar que cierto número de personas se adhiera a esa realidad. Es por ello que, desde la realidad de la historia, contando el proceso por el que a algunos se les sale de la chistera excentricidades ideológicas como el creacionismo y el terraplanismo, hay que decir la verdad, no sólo desde los datos, sino desde lo emocional, creando un relato en el que de protagonismo a la vida por la vida, como un éxito de la evolución y adaptación de las especies a una realidad, la del universo, como la del propio planeta, Tierra, en buena medida hostil al desarrollo de la vida. Una forma que ya exploró Carl Sagan en Cosmos, y que merece una forma de expresión en muchos más ámbitos de difusión de la cultura y de la realidad. Esa que, por más que uno niegue, está ahí y no varía por el peso de una oración a ese Dios desconocido. Laboa decía que había que decir nuestras palabras una y otra vez, para que no se pierdan. Además de cantautor era psiquiatra. Algo debía saber del tema. Y ese surco es el que hay que fijar y seguir. Por nuestro bien.

La realidad se confronta con realidad. Y quien no esté, en Ciencia, dispuesto a hacerlo así, se sale de la Ciencia. Por mucho que se ponga bata blanca de laboratorio. No son apariencias, sino actitudes. No es postureo sino materia y contabilidad. No es poder sino datos y hechos. Y cerrar el círculo a los creyentes sólo propicia la secta. Una en la que la endogamia se permite mantener caliente unas circunstancias como en una incubadora. ¿De que? De cosas como el populismo. Porque esa postura religiosa, dogmática, creyente, por encima de lo que se puede probar, con una percepción errónea de lo que puede observarse, es la que, trasladada a otros campos, permite la existencia y el mantenimiento de cosas como el Reiki, la Homeopatía, o, como no, Donald Trump. Por ello no hay que quedarse con los brazos cáidos o cruzados, hay que dar la batalla, cada cual desde su posición y en la medida de sus posibilidades. No tanto contra la pseudociencia, sino construyendo verdadera y auténtica Ciencia. Que día a día permita acercarnos a ese horizonte que tal vez nunca alcancemos, pero si nos vamos aproximando, de un conocimiento mejor y más perfecto, tanto de nosotros mismos como del mundo que nos rodea. Hay que ser proactivos. No podemos hacer más, no debemos hacer menos.

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