Avancarga y retrocarga: la política de los hechos

Avanzamos hacia la política de lo evanescente. Retrocedemos hacia la política de lo inconsistente. Y entre medias está la idea de la sustancia. Proyectos políticos de contenidos. Política para las personas, no juegos de salón en la cumbre, en mesas camilla. Juego de tronos, gran serie, pero no puede ni debe ser la brújula moral y práctica de los partidos y/o de las instituciones, porque, eso, precísamente, produce e impulsa el desapego de la política real, díaria, para ser un mero juego en el que, aparentemente, no hay intereses particulares del espectador. Como si fuera la competición de liga de su deporte favorito. Y eso no es aceptable bajo ningún punto de vista. Palabras y discursos, pueden ser necesarios, pero son más importantes los hechos. Por sus hechos los conoceréis. Y esos hechos son los que hay que poner en el platillo de la balanza a la hora de juzgar el punto y la hora en que se encuentre un líder, un partido o una institución.

Es actualmente muy popular el hecho de hacer pactómetros cumbre jugando con hemiciclos, apoyos y demás. Pero es claro. Esto es posible por el hecho de que la Constitución Española vigente (de 1978) prohíbe, taxativamente, el mandato imperativo para Cortes Generales (Congreso y Senado). Y que supone este elemento? Pues a nivel organizativo de un partido político, supone que de abajo a arriba, lo que se mandata se debe cumplir. Si una asamblea da el mandato de seguir una línea o emitir un determinado voto a una persona o propuesta, es imperativo cumplirla, si ha ganado por mayoría suficiente de la asamblea, como apuesta del conjunto de ese colectivo. Y enviarlo así hacia arriba. Es claro su perversión en lo reflejado por Jimeno Jurío en su libro “Navarra nunca dijo no”, recogido en parte en su libro sobre Navarra de Jose Antonio Beloqui. Y que supone a nivel externo? Pues doble elemento. Cuando un diputado sale elegido y llega a la Carrera de San Jerónimo, deja formalmente de ser diputado de su circunscripción y es “diputado de España”. Con el mandato imperativo, el vínculo entre elector y electo es indestructible. Y por otro lado, el programa electoral, mandato imperativo mediante, es de obligado cumplimiento. Temas importantes. Más bien, hechos.

Cuando toca hacer política en tiempos del tempus fugit a nivel de lectura de titulares, y que en redes sociales lo importante es enganchar con temas llamativos, en donde como mantra general el impacto es más importante que el contenido, seguir las olas de los trending topic, lo visual sobre lo escrito, donde ya no es importante lo que digan las noticias sino lo que los opinadores (o tertulianos) digan sobre las noticias… es realmente tiempo difícil no ya para la lírica, sino para la prosa. La lírica es aceptada a regañadientes. La prosa es desterrada como la hermana fea y estúpida que sobra y estorba. Es pesada, es lenta, no es inmediata, y requiere tiempo y esfuerzo tanto para hacerla como para leerla e interpretarla. No son tiempos fáciles, pero nunca lo fueron en verdad, pues siempre ha tenido sus dificultades la forma tranquila de informar y de formar contenidos que expliquen la realidad en su complejidad, que tiene y merece. Conviene decir, además, que en los tiempos actuales de noticias que corren y vuelan, es prácticamente imposible seguir un hilo de un tema en concreto en el que puedas situar todas las piezas y poder entender el origen, curso, desarrollo y posible conclusión, sino que se va saltando a otras cosas, en donde el ciclo de 24 horas se ha quedad incluso, viejuno. Eso, lamentablemente, son, también, hechos.

Cuando se llegan a escuchar afirmaciones del tipo “concesiones” o similares, estamos ante concepciones del hecho democrático, lamentablemente, muy antiguas y muy modernas, a la vez. Porque se tratan de concepciones que casan muy bien en el centralismo jacobino de la Constitución de Cádiz, que fue el aldabonazo antiforal y antiespañol que necesitaban unas nuevas élites afrancesadas que transmutaron en luchadores contra el francés, bajo la protección de la Gran Bretaña (que en el siglo XIX, y antes, en geoestrategia, se dejaba llevar más por la teoría del equilibrio y del juego de posiciones que por la convicción y los principios, por más que alguna vez coincidieran, como un reloj estropeado dos veces al día). Para la diplomacia la alteridad es fundamental. Reconocer al otro en igual dignidad y formalidad. Otra cosa se luego la lucha por los contenidos. Pero ese marco común de referencia es lo que posibilita la relación diplomática entre países. Y lo que imposibilita la relación entre religiones, pues todas, en el fondo, piensan que son la única verdadera, y el resto son falsas, intrascendentes y llenas de herejes, que o merecen la conversión o la desaparición. Y esto es muy relevante, porque la existencia de la diplomacia es la que permite llegar a acuerdos entre diferentes. No imponer, no impedir. Ser para decidir.

Quien se acuerda del ad-hominem? Sencillo. Es más antigua la táctica que la cerveza. Para que enfangarse en rebatir o refutar una teoría? Mejor liquidas, sea en término figurado o físico, a su defensor o seguidores, o ambos, y así terminas con una idea. Pero no se han debido dar cuenta que una constante a lo largo de la historia es que matar o degradar a un ser humano, es sólo eso, maltratar a un ser humano, y que si la idea está bien fundada resurgirá tarde o temprano. Y por tanto debiera ser lógico, que los ataques gratuítos a alguien por ser fueran prohibidos e intolerables. Porque si alguien tiene alguna de esas veleidades no debiera usarlo en público, sino, en caso de ser delictivos, ir a la justicia. Socrates planteaba tres preguntas. Estás seguro de que lo que vas a contarme es cierto?Vas a decirme algo malo de otra persona, a pesar de no estar seguro de si es verdad o no? Lo que quieres contarme es algo que no sabes si es cierto, que no es bueno y ni siquiera es de provecho para nadie? Entonces, porqué hablar sobre ello? Un buen método de acabar con bulos e infundios. Separar el grano de la paja. Y es que el método socrático debiera ser piedra angular. Hacerse preguntas. Y en base a ellas llegar a las respuestas. Desde la ingenuidad, desde la humildad. Desde los hechos.

Debieramos ser, pues, conscientes todos, de la carga y el peso de las palabras, en todas sus dimensiones y usarlas no sólo con corrección, sino con cuidado. Se puede decir de todo, y somos nosotros los que ponemos reglas comunes como marco de convivencia. Y ser plenamente conscientes de que no hemos inventado el mundo. El adanismo es contrario al sentido común. La humanidad lleva milenios en posición de ser, en parte, dueña de su propio futuro. Y en base a eso, cosas que hoy damos por muy actuales, son realidades que conviven con la Tierra hace mucho tiempo. Campañas electorales, publicidad y cosas similares ya era moneda común en tiempos de los viejos romanos. Y por tanto, tener la humildad de ser conscientes de, con el tiempo transcurrido, poder propalar, difundir y proteger valores humanos que nos ha costado muchos siglos transcribir a elementos como la Carta Europea de Derechos Humanos, la Declaración Universal y demás, si, también para la política del día a día. Y reconocer que el contenido es más importante que el continente, y que no se puede juzgar un libro por las cubiertas que disponga. Un deber ser, basado no en palabras o promesas, sino en lo probado, en los hechos.

Es complicado que la política de la ética domine los tiempos de la emoción, del a flor de piel, de las tripas, de lo que conmueve, conmociona, provoca pavor, ira, desconcierto y ganas de avanzar sin rumbo fijo. Habría que volver a los orígenes. Cosas tan simples y sencillas como que la historia es lo que tenemos debajo de los pies. Quienes procuran quitárnosla procuran que parezcamos sectas. La historia es lo real. Y para dar un impulso, hay que tener un salto. Ese salto es la organización, somos nosotros, la sociedad organizada, cada uno en su casa, de su madre o de su padre (hay quien dice que si la madre es la patria, la casa del padre sería el partido). Pero no basta con la base y la voluntad de dar el salto, sino que hace falta una orientación. Y esa no es otra que la ideología. Una brújula moral, ética, con carga profunda de principios, valores y normas, de las que un colectivo se dota, para poder liderar la sociedad en una dirección determinada, con un horizonte ideal previamente trazado. He ahí lo que debiera exigirse. Cosas sólidas en tiempos donde prima lo líquido y lo intangible. Es imposible saber que será posible, pero si se tiene claro lo que se quisiera que fuera y se lucha porque se haga realidad, es un paso. Y entonces no estaremos dudando si la carga es por delante o por detrás, sino que estaríamos debatiendo sobre el contenido de la carga, de su peso, de su razón de ser, y de su eficacia posible, llegado el caso. Y esto es importante. Saber centrar los debates en sus justos términos, de donde se plantean a donde debieran ir, por el bien de la sociedad y su futuro como colectivo humano. Porque, a veces, la sociedad no sabe distinguir y hay que guiarla con una linterna. Y ante eso, sin duda, debieran primar, sobre todo, los hechos.

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