Reciprocidad: respetar para ser respetados

db16dcba43ceddaba0fcbf13724807f6Acudimos a un proceso electoral y cuando finaliza y asimilamos el proceso pre electoral, asumimos el periodo de campaña y afrontamos la digesgión de los resultados no deja de ser curioso el hecho de la descalificación destructiva y destructora del rival, como si no fuera suficiente el convencimiento, la victoria en las urnas, y la derrota infringida tuviera necesariamente que ir mucho más allá, con la descalificación no del proyecto, sino la destrucción personal. Y eso no se puede tolerar ni consentir en una sociedad madura que se le supone guardiana de virtudes cívicas, derechos y libertades en una tradición soportada en el corto siglo XX cuyas lecciones en el totalitarismo y contra nuestro modo de vida liberal deberían estar mucho más presentes en nuestro actuar en política.

Socialmente somos comunidades con derechos individuales y colectivos. Nadie nace sólo. Todos tenemos una comunidad de convivencia, sea nuestra familia inmediata, nuestro barrio, nuestro pueblo o ciudad, nuestro territorio y nuestra patria. Y luego, al estado al que perteneza nuestra patria. No podemos negar su existencia, recogida en tratados internacionales. Lo mismo que por el bienestar de la comunidad no se puede justificar el obviar los derechos individuales. Cada persona es un mundo. Y todos tenemos derechos y libertades. Somos distintos. Ni mejores ni peores, distintos. La clave aquí se encuentra en tener las herramientas que nos hagan capaces de afrontar el sano reto de construir nuestros propios pensamientos, nuestro propio relato, del mundo, de nosotros mismos, de lo que queremos para el mundo, lo que creemos que debe ser el rumbo a tomar. En el falso debate entre igualdad y libertad, ambas son necesarias, ambas son imprescindibles.

Somos iguales, pero diferentes, somos lo mismo ante la ley, pero distintos, por nuestra morfología, nuestras características, nuestras experiencias en el tracto vital. Es por ello que no debe dar miedo por este lado la clonación, pues lo que nos hace ser nosotros no es (sólo) los genes. La herencia es una parte, pero no es decisiva. Y sino, sirva el chiste, en el que Marilyn Monroe le dice a Albert Einstein el procrear, y tendrán la belleza de ella y la inteligencia de el; a lo que el científico le dice que no se puede jugar al azar, pues pudiera tener la criatura la belleza de el, y la inteligencia de ella. La cuestión fundamental es poner los recursos en las leyes para que el trato sea igualitario, para que podamos ser, pero que cada cual pueda elegir ser lo que se quiera ser. Sin cortapisas o líneas rojas. Líneas verdes, para avanzar, para construir.

Entre diferentes, como políticos que somos todos, pues a diferencia de la Atenas de Pericles, hoy, todos tenemos derechos políticos, todos tenemos libertad de expresión, todos tenemos derecho al voto, y a la participación activa y pasiva en las elecciones, derecho a ser elegidos y a elegir, asumir nuestras responsabilidades es lo más justo, sano y democrático. Comenzar construyendo el yo. Un reto decisivo, para construir lo de todos, lo común. Salvaguardar el ámbito invididual, lo privado. Con derechos, pero con obligaciones. Algo que en su tiempo se llamó virtud cívica, y que debe ser objeto de educación para la ciudadanía. No necesariamente una asignatura reglada, sino recayendo en el conjunto de la sociedad. En la educación reglada se aprende información, y más importante, aprender a aprender, la forma de convertirse, con el tiempo, en el profesor de uno mismo, explotando la curiosidad, el interés, en determinados temas. Pero igualmente es responsabilidad de familia, amigos, compañeros de actividades de tiempo libre y demás el hacer posible esa virtud cívica, la guía que sitúe nuestro lugar en la sociedad.

Cuando asumimos en el marco colectivo que nos ha sobrevenido del sedimento cultural y político en el que vivimos, obligados y encadenados por anteriores generaciones, es cuando se pone aún más de relieve el hecho fundamental de la política y de los partidos políticos, que es coger la realidad y buscar su transformación. Ahí es donde entran en juego las ideologías, las ideas, los proyectos. Y es que para afrontar el reto, normalmente, es saludable y razonable tener un marco teórico de referencia horizonte en el que se quiere trasladar el hoy hacia el mañana, el lugar al que se quiere transitar la sociedad en 10, 20 o 50 años en el futuro. Con ese destino en el horizonte se puede caminar en el desmenuzado camino sectorial sin la improvisación, sin el ir a salto de mata, sin que lo más popular sea lo que guíe en cada momento el actuar en los ámbitos públicos. Obviamente los caminos colectivos no pueden hacerse en solitario. Generalmente. Salvo que por renuncia al largo plazo los otros proyectos supongan el reconocimiento implícito de la supremacía ideolígica de un proyecto nacional sobre los demás. Salvando eso, la mixtura negociada, suele ser el lugar común. Los puntos de encuentro son como una explanada con estalagtitas y estalagmitas, y muchas escéntricas dentro de una caverna, en el interior de la tierra. Las diferentes versiones o visiones son los caminos que dan acceso a ese lugar común.

Detrás de cada elemento hay una ideología, nada es gratuito, nada es aséptico en la sociedad. Asumir esto es importante, aunque se dan muchas cosas por supuesto. Se piensa que hay espacios “no políticos” y se desgajan de lo “político” ámbitos sociales, económicos, judiciales … cuando absolutamente todo es política, porque todos somos políticos. Es la polis, la ciudad, la aldea global del mundo de hoy, en la que todos estamos llamados a participar de un modo u otro. Actualmente las organizaciones a través de las que se participa en la escena pública, política, de representación, son los partidos políticos. Cada cual ha de encontrar, dentro del marco general, su propia versión, su propia versión. Hay partidos con más o menor tradición, y nadie puede ser más que nadie, ni menos. Como le dijeron a ciertos pensadores conservadores en Francia al hablar de la tradición al final del siglo XIX y que no se podía cambiar la república sin el consenso de las pasadas generaciones, para entonces la revolución francesa, con un siglo de historia, ya era parte de la tradición republicana francesa.

Cuando se debate en la arena pública, se debe presuponer el bien común en la idea que presentan y representan los demás. Es fundamental no criminalizar al adversario. Asumir tesis conspiranoicas puede ser muy sencillo, pero normalmente la base suele sustentarse en la evacuación, en la eliminación, de la responsabilidad individual ahogándola en una cuestión ajena, exógena y sobrevenida, ante la que no se puede hacer nada. Claro que hay conspiraciones, pero eso no puede ni debe usarse para quitar la responsabilidad de afrontar ese reto de la transformación de la realidad, que es el objetivo fundamental de participar en política. Obviamente hay diferentes proyectos, y todos aquellos que cumplan con los derechos humanos, los derechos individuales y colectivos, merecen ser respetados. Aquellos que optan por uno u otro proyecto, como votantes, como simpatizantes, como representantes, como afiliados, tienen que ser respetados. Combatidos, si, pero como en los deportes, en buena lid. Saben porque? Porque al día siguiente la convivencia ha de ser con esa misma gente. Y la convivencia en paz y libertad es un valor supremo.

A la gente, haya votado lo que haya votado, hemos de respetarla. No cabe, no debería, la descalificación gruesa e irracional. En la sociedad en la que la mayoría queremos construir, el respeto, los valores cívicos, y sí, los valores republicanos (entendidos como valores de aquellos que se preocupan de la res pública, empezando por uno mismo, pues para tener una república no hace falta sólo la ausencia de un rey, es más, no es un requisito necesario, o en todo caso, es el último de ellos) tienen que ser la base ineludible. Construir desde la empatía. Saber ponerse en el lugar de los demás. Y asumir que, salvo que se tenga el respaldo suficientemente mayoritario, y normalmente eso no sucede, es necesario después acordar, negociar, pactar, entre diferentes, lo que es común. Algunos serán más próximos, otros más lejanos. Pero siempre respeto. Y a quien trasgreda las normas cívicas de convivencia, individualmente, enfrentarle a sus responsabilidades. Ante la ley y nuestra gente, no ante Dios y la Historia.

Albert Einstein es un ejemplo también de que los éxitos son construidos sobre multiplicidad de madres y padres, pero los fracasos son huérfanos … el decía, que si tenía éxito en sus investigaciones, se le consideraría alemán en Alemania, pero si fracasaba, entonces se le consideraría suizo. O un perro judío, vista la época en que lo dijo. Efectivamente, ante un mismo hecho se pueden afrontar diferentes visiones, desde diferentes ángulos. Eso es asumible. La cuestión es poder ponerlo en común, para tener, observar, y construir el relato en común. Claro, cada cual aportanto el suyo propio, como cierta película de Akira Kurosawa. Y al contrario que cuando los calvinistas quemaron a Miguel Servet por demostrar la circulación sanguínea, la máxima violencia contra una persona, que es su liquidación física, demuestra que matar a una persona es simplemente eso, matar a una persona. Algunos han querido ver en el asesinato de la diputada laborista una criminalización del llamado Bréxit. Y no, matar en nombre de una idea, ideología, proyecto … no lo descalifica, pues no hay un sólo proyecto en nombre del cual no se hayan cometido violaciones de los derechos humanos. Ahí, el reto, es afrontar esas violaciones, vengan de donde vengan, las cometa quien las cometa, como lo que son. Crímenes que enjuiciar, y que condenar, con elementos paliativos y reconstructivos socialmente. Es por ello que la reinserción y el perdón son necesarios para la convivencia.

Convivir. Ese es el reto. El reto colectivo. Cada cual en ese marco, querrá tirar hacia uno u otro camino. Y esa es la lucha en la arena política, pero ya habremos acordado las reglas del juego, el marco en el que se desenvuelve esas batallas. Obviamente, con la posibilidad de que los cambios y las transformaciones, pueden darse en todos los ámbitos. Asumirlos como posibles, si una mayoría social los respalda es la democracia. El camino sin duda más apropiado es el mismo en el que se fundamenta la realidad foral vasca: ni yo sobre ti, ni tu sobre mi, no imponer, no impedir. Nadie es más pueblo que otro, y buscar la autoidentificación del pueblo con una opción política normalmente suele acabar mal, es un error en el que acaban por sucumbir los buenos proyectos en pésimos resultados. El pueblo es compuesto, poliédrico, es complejo. Como la persona, como la vida misma. Empezar en el yo, y en la reflexión crítica. Pensamiento propio.

Concluyendo, los ataques personalizados, a los votantes, a los simpatizantes, a los afiliados, por cualesquiera cuestión, deben evitarse. Y todas las peleas han de ser civilizadas, democráticas, por los cauces posibles, dentro o fuera de la ley (pues la ley las hacen los hombres, y primero se crean las situaciones, y después, con la experiencia, se crea la lay, la teoría y la ideología) para afrontar esa transformación social que, de una manera u otra, todos quieren. Personalizar los ataques lleva a la violencia, la violencia lleva al caos y la desestructuración social y al enfrentamiento permanente. Y el desarme de la violencia, presente, futura, y, sobre todo, pasada, es necesario. No se puede cambiar el pasado, pero se puede cambiar el futuro. Superar el pasado, comprender el presente y arreglar el futuro. Respetando para ser respetados. A fin de cuentas, las palabras más hermosas de convivencia se encuentran en aquél Jesús de los evangelios, que ya fue traicionado por Pablo de Tarso para construir la primera gran multinacional de la historia. Una herramienta del bien transformada en una de la confrontación y la supresión del rival. Ante ello, la clave, es la diplomacia. Diplomacia supone el reconocimiento previo de la equidad, de la alteridad, reconocer al otro. Reciprocidad, en aras de un futuro compartido, ordenado, justo, libre, democrático y, sobre todo, en paz, para todas las mujeres y hombres de buena voluntad. Pacem in terris.

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