EL CRUCE DEL PENSAR, DEL CREER Y DEL ESPERAR

 PENSAMIENTOS SUELTOS

-16 de diciembre de 2012 por José Luis Gómez Fernández.

-Segunda parte de las comentadas reflexiones de nuestro colaborador.

Stephen Hawking en gravedad cero

Se cuenta que en una ocasión se le preguntó a Einstein si creía en Dios, y éste respondió: “primero dígame lo que entiende por Dios, y a continuación le diré si creo en él o no”.

Nadie podrá nunca darnos cuenta de quién es Dios, y si existe; ni podrá explicarnos su origen, ni el modo en que apareció. ¿No tiene ni principio ni fin?, ah! ¿es eterno?, pues, se entiende menos todavía. Es un asunto obscuro.

Afirmar que Dios es causa de sí mismo (“causa sui” decían los escolásticos) suena a sin sentido y no hay razón humana que lo conciba sino como contemplación metafísica.

Últimamente se está recurriendo al Big Bang para explicar el origen del Universo. Pero esta teoría es tan confusa como la del Dios Creador del Mundo en siete días, que narra el Génesis, y aparece más bien como excusa edulcorada con barniz laicista para alejarse de las religiones al amparo del “cientificismo”, al que hoy se rinde culto como religión posmoderna.

El secreto de esta operación intelectual no es otra que encontrar protección fideista (que no racionalista) ante lo inexplicable.

Recuerdo haber leído un texto de Protágoras, sofista griego del siglo V a. de C. que sostenía que todos nuestros conocimientos procedían de la sensación, tanto los conocimientos que llamábamos reales como los de la fantasía, y que “sobre los dioses, no se puede decir nada, ni que existan ni que no, o si son invenciones humanas; y, mucho menos, decir qué son”. Tal vez, este tipo de filosofía que profesaba Protágoras le llevó a afirmar que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Ahí es nada. Casi nada, diría yo, porque, quien mide con una vara de medir humana, medirá a la medida humana, (no divina, para la que se requeriría otra vara, divina, que él no tiene).

La historia de la filosofía está plagada de encuentros con mitos y dioses, de tal modo que hasta en los manuales consagrados se hace hincapié en distinguir la época mitológica de Homero y Hesíodo de la propiamente crítica o filosófica de los Presocráticos. Pero constatamos, sin embargo, que la filosofía posterior llamada Académica, con Platón y Aristóteles, no se libra de mitos, incluso como instrumento idóneo para alumbrar mejor una idea, como el “Mito de la Caverna” (de Platón) que nos hace ver la sombra y la luz que la proyecta, para clarificar la situación de aquel que vive en el engaño de la apariencia de lo que cree ser la realidad y la realidad misma que no se percibe sino saliendo de la caverna, vaciándose uno a sí mismo, de su “ego”, y poniéndose en contacto con la luz, aunque ésta pueda cegarle en un primer instante e incapacitarle para resistirla.

Nos encontramos atrapados entre el pensamiento real y el pensamiento ilusorio. ¿Cómo dirimir esta cuestión? Bueno, pues si acepto el devenir, (lo que ocurre ahí fuera como eterna necesidad), es decir, si acepto que el mundo se mueve y nosotros con él en ciclos permanentes e ininterrumpidos sin solución de continuidad, entonces lo afirmo como lo real y verdadero que está ahí y transcurre sin la intervención de mi voluntad.

Lo que sí sentimos es que estamos atrapados entre el estoicismo y el spinosismo, entre la necesidad y la libertad, entre aceptar estoicamente la realidad de lo que acontece en nosotros (como la enfermedad, la pérdida de un ser querido, el sufrimiento, el dolor o la muerte) y la voluntad de querer y desear otra cosa más allá de eso que ocurre sin mi intervención e incluso en contra de mi libertad; y es, entonces, cuando fraguamos la construcción de otra realidad, de otro mundo, (por eso se habla del mundo literario, del mundo del arte, del mundo de la fantasía, del mundo de la metafísica, del mundo de la mística); y esa construcción nos la apropiamos como nuestra, como producto nuestro, de nuestra cosecha, de nuestra voluntad, de nuestra libertad, construcción que llamamos ética de nuestra afirmación del ser que somos y que firmamos más o menos contundentemente (Spinoza) y hacemos lo mismo también para otros, mejor o peor, con la construcción ética de generosidad y consuelo del género humano.

Entonces, es legítimo preguntarse: ¿a qué debo atenerme para saber si estoy en la verdad o en el error de las cosas que afirmo, de las cosas que hago o de las cosas que espero?

¿Qué es lo que me puede resguardar del error de equivocarme y sentirme seguro de estar en la verdad? ¿Qué puedo saber?

O, cómo comportarme con rectitud moral, ¿qué debo hacer?

O, cuando presiento angustiosamente la esperanza de algo o alguien, realmente ¿en qué me baso para esperar?

Si al encontrarse con estos interrogantes, uno no desespera, pero tampoco espera hallar soluciones absolutas ni satisfactorias al alcance de la mano, su recurso más fiable es consultar a su conciencia autónoma, a su libertad, y plantearse: ¿el hombre es libre para saber, para obrar, para esperar? ¿O más bien ha de confiar ser dirigido por algo o por alguien como si fuera su estrella y dejarse guiar hacia el ABSOLUTO de esas tres cosas: SABER, HACER Y ESPERAR? ¿Alguien cree en el DESTINO como si todo estuviera escrito en alguna parte del Universo o dictado por alguna VOLUNTAD superior y extraña? No, de ninguna manera, esto solo ocurrió en la Tragedia Griega. Hoy, a lo sumo, se apela al ADN en Biología nuclear; pero a ningún malvado se le ocurrirá culpabilizar a ningún dios de un cáncer precoz en un niño o de la muerte de las cinco niñas del Madrid Arena.

KANT, un filósofo ilustrado, del siglo XVIII, como todo el mundo sabe, decepcionado de la filosofía como metafísica, porque no le fue posible demostrar con ella la existencia de Dios precisamente por las contradicciones (las antinomias) en que incurría, no encontró otra salida para resolver el problema que recurrir a la moral autónoma en la obra llamada “Crítica de la Razón Práctica”, y yo creo que lo hizo para no marcharse con las manos vacías ante el círculo protestante pietista alemán.

Y allí terminó diciendo: “se ha de hacer el bien por el bien mismo sin interés alguno a cambio”, (el final de tus acciones no tienen ni cielo ni infierno).

Nuestra conducta moral, dada nuestra educación cristiano-occidental, se la ha hecho pender del hilo de una cadena que cuelga de un primer eslabón que es Dios y que justifica nuestras acciones y el motivo por el que se hacen, como si nuestra libertad quedase anulada sin la existencia de Dios.

¿Es que, acaso, fuera de Dios no hay moral ni ética, ni honestidad, ni honorabilidad, ni veracidad, ni lealtad, ni fidelidad, ni solidaridad, ni justicia, ni compasión, ni consuelo, ni amparo, ni esperanza, ni amor, ni paz?

Esta suspensión del juicio me recuerda a Cervantes cuando en el Quijote se le dice a Sancho:

Hay que limpiar al caballo no para agradar a Dios sino porque está sucio.

Nuestra vida y la del mundo no se construye ni con la fe ni con la esperanza, sino con la voluntad, y con ella se persigue lo perseguible, no lo imposible, por más que el deseo nos adelante la realidad y nos inste a luchar por lo posible de la imposibilidad adelgazando el espesor del mundo, que diría Sartre. La imposibilidad del triunfo de la paz, la justicia, el amor y la libertad en este Reino del mundo no imposibilita luchar hasta la extenuación por ellas.

Y en este cruce del saber, del creer y del esperar es donde se debate el problema religioso del ateo, del agnóstico y del creyente.

Si no se puede demostrar que Dios existe, tampoco que no existe. Este es el matiz que muchos pasan por alto: saber y creer son posiciones humanas diferentes.

Vamos a distinguir a un ateo de un agnóstico y de un creyente. Cuando el ateo dice que Dios no existe, no es porque lo sepa sino porque así lo cree (es su elección libre). El agnóstico tampoco lo sabe, pero opta por no pasar de ahí (no hace elección alguna, ni sí, ni no). El creyente, que tiene fe, tiene una actitud de elección libre de apostar por la incertidumbre de lo que puede o no puede ser, porque tampoco lo sabe, pero apuesta por ello. Y no vale la chanza fácil de decir si existe Dios, con eso me encuentro, y si no existe, nada pierdo, ni siquiera el tiempo.

-Comenta el artículo de José Luis aquí

-Hazte nuestro amig@ en Facebook Liebanízate

-Síguenos en Twitter @Liebanizateya

Anuncios

Un Comentario

  1. altamira300

    Con este texto nos hacer mirar hacia dentro y encontrar, en nosotros mismos todas las preguntas que planteas. En estos momentos necesitábamos una reflexión profunda que tu conduces de forma impecable, sobre “nuestro pensar, creer y esperar” planteando lo esencial de nuestra existencia, qué somos, hacia dónde vamos, qué esperamos…otra lectura nos ayudará a hacer un alto en nuestro día a día y encontrar respuestas diferentes y personales para cada situación. Gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.