LAS FISURAS DE LA “DEMOCRACIA” (I)

RESUMEN DE LAS FISURAS DE LA DEMOCRACIA (I)

Este artículo pretende reflejar, si bien no exhaustivamente, aquellos rasgos más sobresalientes, y al alcance de cualquiera que lea periódicos o reflexione por su cuenta, que manifiestan por sí solos el fraude de una cáscara vacía bajo el seudónimo de la palabra “DEMOCRACIA”

LOS AGUJEROS NEGROS DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA

José Luis Gómez Fernández

(profesor jubilado de filosofía de Instituto de Madrid)

En España, desde la muerte del dictador Franco, en esa estrecha franja venida en llamarse “de la transición”, se imponen por los distintos componentes del espectro político, entonces en ciernes, ciertos conciertos, que no consensos abiertos, por los que iba a regirse el inmediato futuro español con la implantación de una monarquía (ad hoc) representada no en D. Juan, el legítimo heredero, sino en Juan Carlos, nieto de un rey que tuvo que salir de España en el año treinta y uno por la puerta de atrás de las Caballerizas del Palacio Real de Madrid para evitar ser linchado por un pueblo indignado.

De estas idas y venidas de reyes defenestrados e impuestos por Pavía o sin él, está lleno el siglo XIX español.

Pero habría que remontarse un poco más atrás para calibrar el específico carácter español fraguado a fuego lento en y por la Reconquista. Suele decirse por algunos autores que si hubiéramos acabado con los musulmanes en una rápida razia en las dos primeras décadas del siglo VIII, entonces no hubiera quedado ese lastre que deja una invasión cómplice con el invadido, y que mezclada con un espíritu de cruzada se prolonga siglos. Américo Castro quiere dejar constatado que los hechos de convivencia de las tres religiones implicaron ese lastre del que hablo.

Las costumbres moldean la configuración social, y la idiosincrasia y el carácter específicamente español, que vive dispuesto a partirse el lomo por causas perdidas de la época romano-visigótica, cobra ahora bajo la égida de un arriano converso como Recaredo el estandarte de la lucha contra el moro y los ojos puestos en la Roma de Toledo.

Bueno, y ¿qué tiene que ver esto, hasta aquí, con los agujeros negros de la democracia?

A mi modo de ver, tiene que ver por lo que voy a decir a continuación.

Si el pueblo español, y el cristiano-occidental en general, queda impregnado de un halo cristiano desde la alianza del Imperio Romano con la Iglesia a través de los Concilios de Nicea y Éfeso y las primeras controversias heréticas, el impulso de la fe, como arma, materializa las aspiraciones de una reconquista y de una recolonización de la sociedad medieval española hasta cristalizar en forma de imperio expansionista en la colonización americana.

Una idea religiosa y de aventura, con sueño y ficción, da un acérrimo tesón a los héroes de tal empresa caracterizando al tipo español de la Edad Media, del Renacimiento y del Siglo de oro (El Quijote, el Cid y la Picaresca).

Esa idea religiosa y de aventura ahora secularizada da tal impronta al carácter democrático español que es capaz de tragarse, como un agujero negro, todo lo que orbita en los espacios vectoriales de la sagrada “DEMOCRACIA”, hasta el punto más álgido de compatibilizar la corrupción, el robo, la extorsión, la injusticia (de la JUSTICIA) con el llamado “Estado de Derecho de la democracia” atreviéndose a decir que solo el individuo delinque, jamás la “democracia”.

Sin embargo, vivimos la gran contradicción democrática, replicando las palabras del rey, de que la justicia no es igual para todos.

En España en el siglo XIII se hablaba abiertamente de “democracia medieval española” por las famosas Cortes de Castilla que representaban de algún modo al pueblo frente al rey y sus consejeros, los nobles y el clero. No olvidemos que el grueso político lo constituían los grandes nobles, estrechos colaboradores del rey en las batallas, en las intrigas y en el reparto de beneficios de inmensos dominios territoriales hasta provincias y pueblos enteros bajo sus pies. La pequeña nobleza, a la que pertenecen los ejércitos infanzones adeptos al rey y a los grandes señores, la constituyen los hidalgos que junto a los hijos menores de las grandes familias aglutinan en España una verdadera estructura de influencia social y a quienes, por las costumbres tradicionales de los mayorazgos, no les queda otra que alistarse en la milicia o en la carrera eclesiástica como continuación natural de la Reconquista y el apoyo ideológico de un clero militante que no ha cesado de reivindicar la dirección espiritual y temporal (como ya solía decirse en la época de las Investiduras) hasta nuestros días, como quedó de manifiesto en Paraguay en la colonización americana con los Jesuitas y Bartolomé de las Casas, y hasta la Teología de la liberación.

Esta estructura de mando y sojuzgamiento ha perdurado a través de todos los regímenes españoles, aflorando hoy, con más o menos vigor, en nuestra democracia bajo la influencia de las grandes fortunas, los inversores de la prima de riesgo, las multinacionales, la Banca, el Ibex 35, las apretadas filas de los partidos políticos, las mordidas de las empresas y los sindicatos politizados, como UGT y CCOO (continuación de los verticales de Franco) con cientos de edificios públicos a cargo de los presupuestos del Estado.

Y en cuanto a la influencia de la Iglesia, ¿no es extraño que siga el concierto con la Santa Sede para mantener la religión como asignatura de aprendizaje en las escuelas, cuando, por otra parte, se acepta un Estado democrático aconfesional? Aún quedan en la Universidad “Aulas de Teología”. En una de ellas se erosionó la libertad individual y religiosa cuando, por asalto, un grupo de  chicas de un partido llamado PODEMOS, mostraron sus pechos alardeando de libertad.

¿Por qué el Estado ha de mantener como funcionarios a profesores de religión a cargo de los presupuestos?

Aún más, la Conferencia episcopal en un Estado aconfesional tiene su derecho a opinar sobre fe y costumbres dentro de su ámbito religioso, pero no a inmiscuirse en las leyes gubernamentales como si de un gobierno paralelo se tratase.

¿No está siendo un agujero negro también la permisividad de la politización de la Justicia bajo el nombre de “jueces por la democracia” o la dependencia jurídica de ideologías políticas hasta hacer temblar a uno cuando la justicia se aplica según quien sea cada cual o el rango que ocupe?

Cuando se dice que la democracia es el sistema de organización política menos malo de cuantos existen, parece que se está apelando a una placentera conformidad de que en medio de lo malo de todos los demás sistemas como las monarquías, las oligarquías o las tiranías, la “democracia” al menos suena con un nombre del pueblo (“demos”), por más que se comprenda que no es más que una cáscara vacía o la ficción de hacer creer al “pueblo”que si bien no es directamente el que pueda decidir políticamente lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo, sin embargo sí puede delegar en un representante. Es la democracia Procedimental con partidos políticos subvencionados, listas cerradas con aforamiento, impunidad, prebendas, reducción de impuestos, cotizaciones &. &.

Los políticos son considerados como administradores religiosos de la vida y la hacienda de cada uno de los ciudadanos sin más alternativa que la resignación, aunque a veces destruyan la primera y arruinen la segunda.

La impunidad de tantos políticos, incursos en imputaciones y procesos judiciales, parece campear por sus respetos.

Si a esto se suma el incumplimiento de las leyes, (casos flagrantes de desobediencia constitucional en Cataluña con la lengua y en Vasconia con la bandera), prescripción de los delitos cuando afecta a cargos públicos e indultos fácilmente dados por el poder del gobierno cuando prima el interés personal por encima del interés general, el agujero negro de la democracia se convierte en Pantagruélica.

Las leyes, a las que estrictamente habría de atenerse la interpretación del Derecho, no alcanzan a todos por igual. El espíritu del Código Penal sobre la rehabilitación del reo (in dubio, pro reo) ha sido llevada en la democracia a tales extremos que hasta el delincuente se ríe democráticamente de la debilidad de la aplicación de la ley, quedando la Guardia Civil y Policía sin autoridad, como ocurre con tantos asaltos, robos, hurtos de bandas organizadas que quedan en libertad una y otra vez sin posible remedio jurídico.

Y, cuando eres pisoteado por la Administración pública ¿podrás resarcirte de tus pérdidas y de haber sido engañado recurriendo a la JUSTICIA? ¿Podrá ésta juzgar a los culpables políticos mediante un código penal ad hoc como los militares?

¿Van a quedar impunes los recientes casos del Banco de España, la malversación de caudales públicos de 90.000 millones de euros que Zapatero dejó como deuda en las arcas del Estado, y la mala gestión de las Cajas de Ahorro en manos de políticos y sindicatos?

¿No sería mejor, mediante distritos y circunscripciones territoriales, habilitar una elección personal y directa con mandato limitado como en EEUU donde cada elegido representa y da cuenta a sus representados?

En las democracias republicanas el jefe del ejecutivo podría ser jefe del Estado sin necesidad de duplicar los cargos.

Hablar de democracia es tanto como regresar a la historia ateniense, y rememorar el discurso de Pericles en la ceremonia de los muertos en combate exaltando la virtud de la igualdad entre ricos y pobres, entre artesanos y nobles a la hora de opinar sobre los asuntos de organización política.

La exaltación de la igualdad en democracia, no es la exaltación de igualdad humana, sino de igualdad política, es decir aquella que confiere al hombre ser ciudadano de la Polis, de la organización política, de la que no puede uno ser excluido en virtud precisamente de la democracia política. Hablando de Atenas, en virtud de ser ateniense. Hablando de España, en virtud de ser español, (no en virtud de ser catalán, vasco o gallego).

El secreto de la “igualdad” empezó en Atenas por ser una igualdad política. Eran iguales por ser de la ciudad, de la polis, como sostenía Sócrates frente a Protágoras. Ciudadanos, (de ciudad), no son hombres antes de ser atenienses sino que son animales políticos porque son atenienses, lacedemonios o cretenses que buscan el bien de su ciudad, no el de la humanidad en abstracto; por eso mismo si alguien se siente tentado a decir “soy ciudadano de mundo”, cae en la estupidez.

En Atenas, en tiempos de Pericles, la solidaridad se puso de manifiesto para salvaguardar la democracia, frente a enemigos interiores o exteriores, como de hecho sucedió ante el peligro de los persas, los atenienses se solidarizan, cuando llegó el momento, con el imperio macedonio de Filipo y Alejandro.

La solidaridad de igualdad política aplicada en España debería manifestarse como un solo hombre frente a enemigos interiores como vascos, catalanes o gallegos o enemigos exteriores como de hecho sucedió con la invasión napoleónica.

Con el nacimiento de la nación política de la Revolución francesa, salvatis salvandis, los individuos de la sociedad civil pasan a formar parte de la sociedad política sin diferencias de clase económica, etnia o profesión, como el hecho de ser ateniense en la Grecia de Pericles era ya crédito y salvoconducto de demócrata.

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