DEL CRISTIANISMO EN LA CULTURA HELENÍSTICA , FACTOR DE SÍNTESIS DE LO GRIEGO Y LO ROMANO

-José Luis Gómez Fernández, colaborador de Liebanízate.

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Reconstrucción del Parthenón. Fuente: http://elblogdegriego.blogspot.com.es

 Ya hemos señalado que entre las causas de la deflagración de un Imperio como el romano, que se había sustentado en conquistas no destructoras, (como lo había hecho, sin embargo, el imperio persa), sino constructoras de los territorios que consideraba como el mapa del mundo, una de ellas fue el declive moral y cultural así como la conciencia soldadesca del poder y la fuerza que va adquiriendo el propio ejército en la toma de decisiones gubernamentales, al margen del Senado, además de la ostentación de la riqueza acumulada de tierras confiscadas en sus conquistas, así como de la corrupción enquistada en él como si de un cohecho en todos los asuntos de Estado se tratara.

De entre los episodios de las tribus germánicas empujadas por los hunos de Atila desde las estepas del Este, hay uno que adquiere relevancia en los libros de historia por el salvaje saqueo de Roma en 410 por los godos con Alarico a la cabeza.

De hecho, con un mercenario godo, (Odoacro) en el 476 se da por finalizado el Imperio en manos de emperadores romanos, (17 años más), con Teodosio hasta el año 526 y, a su muerte, con Justiniano hasta el 532.

Con la conquista de Hispania, el Finis Terrae, al Oeste, las Galias y Britania, con las fronteras del Rhin y el Danubio, al Norte, Asia (el Eufrates), al Este y el desierto del norte de Äfrica, al Sur, el mapa del mundo, el “limes” y el “Orbis terrarum” de los romanos se había completado.

Sin embargo, estos límites (“limes”) se rompen con la Iglesia en su aspiración a ser universal. Iremos viendo cómo.

Si nos dejáramos llevar por la imaginación de futuribles históricos y pensáramos que, así como en un golpe de suerte Roma conquistó Cartago y Siracusa en las guerras púnicas, si esto no hubiera acontecido, nos encontraríamos con que Cartago y Siracusa hubieran sido dos bastiones que, de haber continuado como dos Ciudades-Estados, fuertes e independientes a semejanza de Atenas y Esparta, hoy no estaríamos hablando del Imperio Romano, y probablemente tampoco del Imperio de la Iglesia, (como sostiene Pío Moa en su Nueva Historia de España, de la II guerra púnica al siglo XXI)

Desde Augusto ( 30 a de C), y con Trajano en los cien primeros años y con Marco Aurelio hasta su muerte en el 180 d. de C, (la era de los Antoninos), se pueden contabilizar unos doscientos años de paz y estabilidad en el Imperio, no sin mencionar diecinueve años más de reinado de Diocleciano y treinta y cinco de Constantino antes del derrumbe total en el 476.

Diocleciano si bien pone empeño en las reformas administrativas no consigue sino un statu quo de prolongación del estado de cosas, y Constantino, con la adopción del cristianismo como religión oficial, inserta en el Imperio la absorción de una cultura eclesiástica greco-judaica que venía ejerciéndose en los tres primeros siglos. La herencia cultural greco-latina, hoy inconmensurable, se extiende como cultura helenística por todo el imperio alejandrino, cuya capital Alejandría fue foco de florecimiento y transmisión de valores éticos y morales con escuelas filosóficas como los estoicos, cínicos, escépticos y epicúreos, de los que me voy a ocupar más adelante.

En los tres primeros siglos hasta la conversión de Constantino se forman núcleos de seguidores del cristianismo en torno a un obispo, elegido popularmente, (cuya misión no era otra que la de coordinar y vigilar el reparto de limosnas y ejercer la caridad con justeza entre las populosas masas de hambrientos); y esos son los primeros cristianos de donde surgen las primeras Comunidades cristianas como la de Jerusalén, Alejandría, Capadocia, y Armenia.

De de estas Comunidades cristianas surgen los Evangelios y las Cartas del Nuevo Testamento, y también las primeras disensiones doctrinales, como las que nos refieren los Hechos de los Apóstoles entre Pedro y Pablo en torno a la aceptación de los gentiles conversos sin necesidad de someterse a la ley mosaica.

Más tarde la Iglesia se ve envuelta en discusiones teológicas de más envergadura en las que intervienen dos excelsos Patriarcas de la Iglesia, Cirilo, patriarca de Alejandría y Nestorio, patriarca de Constantinopla, que litigan sobre la divinidad de Cristo y se plantean su persona y su naturaleza con el siguiente interrogante: ¿hay dos personas (una divina y otra humana en Jesús) y en una sola naturaleza? o más bien, ¿hay dos naturalezas (humana y divina, Hombre y Dios) en una sola persona, Jesús?

Esta cuestión fue la que dio lugar al arrianismo. Gibbon en su obra La Historia de la decadencia y caída del Imperio romano dice: “una discordia secreta e incurable se encendió entre los que temían confundir y los que temían la separación de la divinidad y la humanidad de Cristo” (op cap. XVI).

La controversia arriana y los altercados en torno a esta cuestión se dirimieron en el Concilio de Nicea, de donde surge el Credo niceno como fórmula de unión religioso-cristiana (Ortodoxia), además de unión política presidida por el Emperador y el Obispo con Poder Papal como primera relación del Poder temporal y el Poder espiritual.

Pero también nacieron las primeras herejías o disensiones teológicas en torno a esta cuestión, como las de los “encratitas, ebionitas, docetas” etc. (sin poder entretenerme en su reseña por el momento).

(Me permito copiar aquí lo que Gibbon dice sobre la cuestión de la influencia que el cristianismo pudo tener en la inestabilidad y caída del Imperio Romano, aunque otros autores se oponen frontalmente), (valga para el debate)

En palabras del propio Gibbon:

“En tanto en cuanto la felicidad en una vida futura es el gran objetivo de esta religión, podemos aceptar sin sorpresa ni escándalo que la introducción —o al menos el abuso— del Cristianismo tuvo una cierta influencia en la decadencia y caída del Imperio romano. El clero predicó con éxito doctrinas que ensalzaban la paciencia y la pusilanimidad; las antiguas virtudes activas [virtudes republicanas de los romanos] de la sociedad fueron desalentadas; los últimos restos del espíritu militar fueron enterrados en los claustros: una gran proporción de los caudales públicos y privados se consagraron a las engañosas demandas de caridad y devoción; y la soldada de los ejércitos era malgastada en una inútil multitud de ambos sexos [frailes y monjas, esta opinión sobre ellos era habitual en el público inglés del s. XVIII] capaz sólo de alabar los méritos de la abstinencia y la castidad. La fe, el celo, la curiosidad, y pasiones más terrenales como la malicia y la ambición, encendieron la llama de la discordia teológica. La Iglesia —e incluso el estado— fueron distraídas por facciones religiosas cuyos conflictos eran muchas veces sangrientos, y siempre implacables; la atención de los emperadores fue desviada de los campos de batalla a los sínodos. El mundo romano comenzó, pues, a ser oprimido por una nueva especie de tiranía, y las sectas perseguidas se convirtieron en enemigos secretos del estado.

Y sin embargo, un espíritu partidista, no importa cuán absurdo o pernicioso, puede ser tanto un principio de unión como de desunión. Los obispos, desde ochocientos púlpitos, inculcaban al pueblo los deberes de la obediencia pasiva buscada por el legítimo y ortodoxo emperador; sus frecuentes asambleas y su perpetua correspondencia los mantenían en comunión con las más distantes iglesias; y el temperamento benevolente de los Evangelios fue endurecido, aunque confirmado, por la alianza espiritual de los católicos. La sagrada indolencia de los monjes era con frecuencia abrazada en unos tiempos a la vez serviles y afeminados; pero si la superstición no había supuesto el fin de los principios de la República , estos mismos vicios [la servilidad y el afeminamiento] habrían llevado a los indignos romanos a desertar de ellos. Los preceptos religiosos son fácilmente obedecidos por aquellos cuyas inclinaciones naturales les llevan a la indulgencia y la santidad; pero la pura y genuina influencia del Cristianismo puede hallarse, si bien de forma imperfecta, en los efectos que el proselitismo cristiano tuvo sobre los bárbaros del norte. Si la decadencia del Imperio romano se había acelerado con la conversión de Constantino, al menos su religión victoriosa redujo en algo el estrépito de la caída, y rebajó el feroz temperamento de los conquistadores.” C . XXXIX

Ahora bien, sea cual fuere la verdad última, como el propósito que persigo es desenmarañar el hilo de Ariadna y poder salir de aquel laberinto imperial lleno de convulsiones políticas y sociales, y señalar con alguna aproximación el traspaso de poderes de un imperio al otro, me encuentro con la competición de varias religiones, entre ellas la cristiana, para asentar sus dogmas, sus ritos, sus cultos y su moral en un escenario imperial nada fácil de acomodar y con muchas aristas que limar. De hecho existieron persecuciones y bendiciones, y a lo largo de los siglos alianzas y disensiones entre ambos poderes, la Iglesia y el Estado, como vamos a ver.

Lo cierto es que el traspaso de poderes de uno a otro imperio se produce casi subrepticiamente, y aquella necesidad de restauración moral exigida desde todos los ángulos, se hallaba representada mejor por la Iglesia cristiana que por otras religiones.

Sin embargo, la Iglesia pronto da muestra de su poder, su riqueza y ostentación en la construcción de basílicas cristianas, baptisterios y palacios episcopales.

La Iglesia católica que aspira a ser universal en medio de tantas otras religiones, como budistas (del este), confucianos y mahometanos, encuentra en S. Agustín al hombre que traza un marco de la historia del mundo desde la creación y los ángeles buenos y malos, el pecado de Adán y Eva y su herencia de generación en generación hasta el Juicio final.

S. Agustín, que desde África incorpora la mentalidad helenística y la moral estoica, crea en el siglo V una cosmovisión filosófica y teológica de dos ciudades condenadas a entenderse en la constitución de un Estado mundial en el que quepa hablar sin ambages de humanidad, de género humano creado por Dios, de familia humana, de religión católica, cuya influencia cultural y social no ha dejado de estar presente a lo largo de los siglos, y, a través de la Edad Media y el Sacro Imperio Romano en el siglo X hasta nuestros días.

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  1. Maytelega

    Me gustan muchísimo tus artículos y siempre se aprende algo nuevo,te felicito.Lo que no me gusta es el medio en que publicas,me explico. Antes había un responsable que introducía los artículos y supongo que daría algún visto bueno, pero, de un tiempo a esta parte,no se responsabiliza, y se os deja al pie de los caballos, es decir, eso lleva a tener que dar unos confusos pasos a veces imposibles de seguir si no se es un experto en informática. Es un poco decepcionante.

  2. altamira300

    Me parece una magnífica lección de Historia que merece un comentario más amplio, como la caída del Imperio Romano, la conversión de Constantino, el poder que va adquiriendo la Iglesia, marcan un eje en nuestra civilización que perdura hasta hoy.
    Seguiremos. De nuevo pruebo si funciona la nueva entrada y comentarios en Liebanizate.
    Felicidades J.Luis y gracias por tus lecciones que es imprescindible conocer y recordar para seguir con la Hª de HOY.

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