LA EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO EN EL IMPERIO ROMANO Y ALEJANDRINO

LA EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO EN EL IMPERIO ROMANO Y ALEJANDRINO. LA (IMPLICACIÓN DEL JUDAÍSMO)

Entrega II

José Luis Gómez Fernández

Expansión del Cristianismo por el Imperio Romano

Si en la entrega anterior dentro del hilo conductor del “Traspaso de poderes del Imperio Romano al Imperio Cristiano” (Entrega 0) con el que comenzaban estos trabajos, hice hincapié en que el brote y expansión del cristianismo se nutrió de una cultura que propiciaba su desarrollo como anillo al dedo, como de hecho fue la cultura helenística con la singularidad de la herencia greco-romana con múltiples escuelas por todo el Imperio Alejandrino como los estoicos, cínicos, escépticos y epicúreos con Alejandría como foco de florecimiento y expansión de valores éticos, siendo esta (Alejandría) el último reducto de dedicación filosófica de unos hombres que se dedicaron a salvar los muebles, y algunos, como Diógenes, ni siquiera eso, decepcionados de tanta desgracia e irracionalidad ante el infortunio de la vida y la pérdida de aquella verdadera filosofía que se había cultivado, tiempo atrás, en la Academia de Atenas en los años de la democracia de Pericles, hoy, con esta Entrega II, y dando un paso más, voy a puntualizar que en esa expansión del cristianismo por el Imperio Romano en el ámbito alejandrino existe la implicación del judaísmo; y no hay que perder de vista que a los cristianos se les confundía con los judíos. La aportación de Tácito en los Anales aludiendo al incendio de Roma en el año 64, que Nerón inculpa a los cristianos, parecen ser asimilados a los judíos, lo mismo que hiciera el Emperador Claudio, según otro testimonio que he recogido de Suetonio, del que se desprende que “Claudio expulsó a los judíos de Roma porque incitados por un tal “Chrestus” no dejaban de generar altercados” (tomado de Conzelmann).

La relación del Imperio romano y alejandrino con el mundo judío se enmarca dentro de una atmósfera cultural de cierto prestigio por su adscripción filosófica en competencia con otras religiones que no podían presumir de ese nivel cultural en los siglos del I al III donde, sin embargo, para nuestra causa se hallan un Séneca, un Plutarco y un Plotino, que precisamente no eran moco de pavo para todo ese círculo envolvente que iba a venir.

La Iglesia en su expansión apostólica incorpora la teología como ninguna otra religión lo ha hecho nunca, pero una teología apoyada en la filosofía, o, dicho de otro modo, un discurso filosófico con incrustaciones teológicas sacadas de las Escrituras, como las discusiones doctrinales en torno a la divinidad de Cristo, en donde surgen el concepto de “naturaleza” y el concepto de “persona”, que son conceptos filosóficos por antonomasia. A ver quién ata estas dos moscas por el rabo al aplicarlas a Cristo.

¿En él hay una sola persona o dos, una divina y otra humana, en una sola naturaleza? Si se responde que una sola persona, entonces esta o es divina o es humana, si es divina, entonces la humana es una apariencia o máscara, y nos la han dado con queso, (herejía al canto, precisamente la herejía docetista); si es humana, entonces Cristo no es Dios, es un simple hombre (otra herejía, la arriana, para la ortodoxia de la Iglesia asentada en el Concilio de Nicea) como de hecho sostenían los arrianos y también los musulmanes.

Al irrumpir el cristianismo en el imperio helenístico, se vio incurso en estos problemas del Jesús histórico y del Cristo de la fe en Dios (Dios es Cristo, probablemente de ahí se haya originado el dicho popular ante una dificultad de “esto es la de dios es cristo”) o también la polémica de la naturaleza del uno y del otro, de la persona de Jesús como hombre y como Dios, y del Cristo como Salvador (el Mesías) con el recurso a la Biblia en una tradición atesorada en el Antiguo Testamento a través de los Profetas, a cual más cercano y diáfano en este embrollado asunto. Isaías se lleva la palma, como luego se vio.

Los cristianos, confundidos con los judíos en un primer momento, ven a ese salvador en el Jesús histórico ante la premura del fin del mundo que se acercaba apocalípticamente; más tarde y por imperativo del Evangelio y Apocalipsis de S. Juan, fue identificado ese Jesús histórico con el Cristo ungido como el Mesías anunciado por los Profetas en el Antiguo Testamento y el Logos de la filosofía griega, el Logos que S. Juan introduce con vitalidad como Verbo Encarnado. Mayor penetrabilidad entre filosofía y teología no cabía esperar. Es la Palabra de Dios que se pronuncia en las iglesias en cada lectura de textos bíblicos.

Si nos remontamos a la historia de Israel y al A. Testamento nos encontramos con interpretaciones legendarias intersectadas con la historia, siendo así que el reino de Judea es el que se nos aparece en la historiografía desde la toma de Nínive por los babilonios allá por el siglo VII a. de C ; y la descripción judaica propiamente dicha comienza (así aparece en los libros de historia) con la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor, en el s. VI. Estamos hablando de la primera persecución de judíos exiliados de su patria, aunque 48 años más tarde con Ciro, rey de medos y persas, se registra históricamente que quedan exonerados del exilio mesopotámico y regresan de nuevo a su patria, Palestina.

Y aquí se mezcla la leyenda con la historia a través de dos personajes que siempre me han llamado la atención, son: Nehemías y Ezra, que bien merecen un trabajo anexo, en otro momento.

Los profetas del Antiguo Testamento regulan las trompetas y tambores que hacen temblar el Universo Mundo.

La religión judaica con su dios Jehová, (nombre con el que preside las doce tribus de Israel), basa su doctrina y su moral en la adoración de su dios, en sus buenas obras y en la lucha contra sus enemigos, los adoradores de dioses ajenos como desintegradores de la unidad nacional y de la cohesión social.

Los profetas Jeremías y Ezequiel acogen textos demoledores contra los idólatras, contra esos enemigos.

Tomo de la Biblia digital, en la versión de la vulgata de S. Jerónimo, el siguiente fragmento de Jeremías a fin de analizar la aplastante fuerza de la palabra con que se despacha el profeta

(Jer. VII, 1-8):

7:1 “Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: 7:2 Ponte a la puerta de la casa de Jehová, y proclama allí esta palabra, y di: Oíd palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová”.

7:5 “Pero si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo, 7:6 y no oprimiereis al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro”,

Y este otro:

7:33 “7:33 Y serán los cuerpos muertos de este pueblo para comida de las aves del cielo y de las bestias de la tierra; y no habrá quien las espante. 7:34 Y haré cesar de las ciudades de Judá, y de las calles de Jerusalén, la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del esposo y la voz de la esposa; porque la tierra será desolada. Y serán los cuerpos muertos de este pueblo para comida de las aves del cielo y de las bestias de la tierra; y no habrá quien las espante. 7:34 Y haré cesar de las ciudades de Judá, y de las calles de Jerusalén, la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del esposo y la voz de la esposa; porque la tierra será desolada”

Y, puesto que el Jesús histórico, sea cual sea la historiografía, tiene unas connotaciones peculiares en relación con los ejes referenciales de la historia, y particularmente con la historia de la implantación del cristianismo y la caída y decadencia del Imperio Romano, en cuyo seno surgió y expandió utilizando sus rutas (las calzadas romanas) como caminos de nuevos encuentros con bárbaros, visigodos, ostrogodos sembrando la nueva doctrina a la vez que prestaban gratuitamente (lejos de los gravosos impuestos imperiales) servicios a enfermos, hambrientos y necesitados en contraste con los caros sacrificios de aquellas extrañas deidades veneradas en el Panteón del Imperio, como los manes de los sucesivos emperadores o los augures del vuelo de los pájaros o las entrañas de los corderos.

Y, puesto que esas connotaciones están ahí, hay que hacerse la pregunta de la posterior denominación del Cristo, dentro de las coordenadas del judaísmo por la disputa de títulos mesiánicos para el acceso legítimo de la conducción del pueblo de Israel y su liberación de imperios opresores.

Jesús no fundó el Cristianismo, pero tampoco puede decirse que quien lo fundó fue el Cristo. No, ni el Jesús histórico ni el Cristo ungido como Mesías o Salvador del pueblo de Israel fueron fundadores del cristianismo, sino S. Pablo, (antes perseguidor de los cristianos como perturbadores de la estabilidad social)

El Cristianismo no fue una Religión sino una moral aglutinante de conducta normada según la ley, tanto de la tradición judaica como de la ley romana; y de fe, de esperanza e ilusión en un “Reino Mesiánico de liberación” que, al contar con una mayoría de adeptos dispuestos a los más escabrosos servicios sociales ayudando al pobre y al necesitado, se extiende por toda la Hélade , (el mundo, diríamos, de expansión y dominación de Alejandro Magno), envolviendo a sus simpatizantes en una atmósfera que iba cristalizando en conductas, creencias y pensamientos como una sola corriente que impregnaba todo ese mundo geográfico de influencia helenística.

José Luis Gómez Fernández,

Colaborador y miembro del Consejo de Administración de Liebanízate

 

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