Como recuerdo y homenaje a uno de nuestros queridos autores: MANUEL LLANO

(Enviado por Mª Teresa Fuentes Álvarez)

Nota aclaratoria.- Hace tiempo y desde la escuela “Manuel Llano” de Helguera de Reocín, quise publicar el texto “Tía Esperanza” que aparece en el libro Retablo Infantil, cómo homenaje a la memoria de uno de nuestros más queridos y admirados autores, el sarruján de Carmona, Manuel Llano. No pude hacerlo, porque al parecer no había pasado el tiempo que se exige, por derechos de autor para poder disponer de su publicación sin tasas y sin permiso. Hoy puedo hacerlo. Manuel Llano nació en Sopeña de Cabuérniga en 1898 y murió en Santander en 1938. Se cumplen ya más de los 70 años, que deben transcurrir para que no se vulnere para nada “los derechos de autor”. Nunca fue esa mi intención, pero el cariño que despertó entre alumnos, padres y profesora fue motivo suficiente para rendirle este sencillo homenaje con un texto “Tía Esperanza” que recoge todos los rasgos que aparecen de forma constante en los personajes de sus obras: el hambre y la bondad, la miseria y la grandeza de espíritu, la desesperación y el sacrificio, el dolor y la alegría inocente…”Así es Tía Esperanza, el señor Maestru, los alumnos silenciosos y asombrados…

T IA    ESPERANZA

Dígale usté, señor maestru, que yo estoy muy bien; que enciendo la lumbre todos los días; que la oveja negra tuvo un corderu; que los piescos maduros los llevé a la feria de S. Miguel; que vendí la lana por doscientos riales…Dígale que por mí no se apure…Dígale usté, señor maestru, que el aceite no me falta de la aceitera, que la harina no me falta de la talega.

Tia Esperanza iba de vez en cuando a la escuela con su cestito de mimbres amarillos, con su picaya torcida. Tía Esperanza, menuda, flaca, pedía limosna en los pueblos de la comarca, hiciera frío o hiciera calor, y vivía en una casa desbaratada, en la orilla del río, cerca de los álamos del molino. Todas las mañanitas salía tía Esperanza con su cesta y su picaya, santiguándose muchas veces en el portal, mirando hacia la parte de la iglesia. Tenía a su hijo único en La Habana. Pero el hijo, según oía yo en la cocina de mi casa, en el portal de la parroquia, en la mies, en los prados, no mandaba dinero a tía Esperanza porque en La Habana no encontraba yerba que segar, leña que partir, tierra que labrar, ni ovejas de las que ser pastor, ni amo a quien servir…

Tía Esperanza no tenía vacas, no ovejas, ni gallinas, ni lana para vender, ni harina para amasar. Yo no comprendía aquellas mentiras que decía, de vez en cuando, al señor maestro, agachadita, quieta, ante la mesa de la escribanía. El señor maestro decía que no mintiéramos, que fuéramos dóciles, que no levantáramos falsos testimonios, que dejáramos en paz a los pájaros, a los perros, a los árboles. Nos reñía cuando nos descubría alguna mentira, alguna desobediencia, algún robo en los manzanos, en los castaños, en los nogales. Y a mí me extrañaba que no riñera a tía Esperanza cuando le decía aquellas mentiras de los doscientos reales de lana, del cordero de la oveja negra, del aceite de la aceitera.

Dígale usté, señor maestru, que me sobra la leña para la lumbre; que me abunda el maíz en el desván; que tengo güeña harina para todo el añu; que por mí no se apure, que yo estoy muy bien…

El señor maestro se ponía muy triste y escribía lo que le decía tía Esperanza. El invierno nada más que hacía llamar en las ventanas de la escuela con las voces del viento, echando puñados de cellisca en los cristales. Todos estábamos descalzos, encogidos, temblando, en los bancos duros, pensando en la lumbre, en la borona caliente, en las escudillas de leche, en el toque de las campanas al mediodía cuando dejaba de sonar la rueda vieja y grande del alfarero.

La pluma del señor maestro rasgueaba en el papel como cuando nos rompíamos la blusa en una quima de cerezo, en un argoma, en un bardal…Tía Esperanza, agachadita, con la picaya colgada del brazo, mirando cómo corría la pluma, nada más que hacía suspirar como las viejas de la novena. Después volvía a decir más mentiras al señor maestro. Que la miraba con mucha compasión con la pluma en la mano, esperando…

-Dígale usté, señor maestru, que por mi no se apure; que yo estoy muy contenta con las mis gallinas y con las mis ovejas; que en el mes de abril compré veinte celemines de harina blanca de trigu, unas varas de lienzu azul para hacerme una chaqueta y unas sayas; un alfiliteru para las agujas y unos anteojos para poder coser, porque ya la vista se me cansa…Dígale que voy a comprar unas escudillas nuevas, un par de cobertores, dos gallinas pedresas de la mejor casta…

El señor maestro seguía escribiendo. A veces yo veía que se rascaba los párpados y le temblaban los labios como cuando uno va a empezar a llorar. Las avefrías pasaban chillando por encima de la escuela. El viento no paraba de llamar a los cristales. Yo no comprendía aquellas mentiras ni la tristeza del señor maestro. Tía Esperanza no tenía alfilitero nuevo, ni los veinte celemines de harina de trigo, ni unas varas de lienzo azul.Tía Esperanza se había quedado pobre, pedía en los portales, andaba por los pueblos con la su cestita, hiciera frío o hiciera calor. Su picaya llamaba en todas las puertas, su escudilla estaba rota, su gallinero vacío…

-No deje de decirle, señor maestru, por el amor de Dios y de su divina madre, que por mí no tenga pena, que a mí no me falta nada, que todavía me sobra para dar a los probes que llaman a la mi puerta; que ayer compré un pedazo de sayal para hacerme unos escarpines; que compré unas albarcas nuevas; que por mí no tenga pena…

El señor maestro seguía rascándose los párpados y le seguían temblando los labios. Se levantaba de la mesa de la escribanía y se iba unos instantes al cuarto de los libros, de los tinteros, de las pizarras, de los cuadernos. T después volvía con los ojos muy colorados. Tía esperanza esperaba agachadita, mirando los renglones negros, la campanilla de la escribanía, el crucifijo de la pared. Yo no comprendía por qué el maestro volvía del cuarto de los libros con los ojos encarnados.

Estábamos quietos, silenciosos, con los brazos cruzados sobre la cuestecita negra de los pupitres que a mí me parecía un pedacito de varga quemada en el otoño cuando los pastores incendian el bosque. Nada más se oía el viento haciendo tintinear a los cristales rotos, y la voz de tía Esperanza que parecía que estaba rezando:

-Dígale que el invierno es muy fríu; que ya está la nieve en la cotera de los fresnos y en la majada vieja; que la mi lumbre siempre está encendía; que las ovejas tienen yerba bastante en el establu; que yo estoy muy bien; que por mí no se apure ni tenga pena…

Yo no sabía qué pena se había metido de pronto en el alma del señor maestro. Los labios le temblaban más deprisa, abría y cerraba los ojos con presteza, iba agachando la cabeza como si se quedara dormido, poco a poco, al son del viento. Después se le caían unas lágrimas y los labios le tiritaban. Yo no comprendía por qué lloraba el maestro, con la cabeza agachada, con la pluma temblándole en la mano, con la cara descolorida. La pluma seguía rasgueando como cuando un pincho de árgoma, una quima, un bardal, me desgarraba la blusa…

Después tía Esperanza, sin anteojos, sin cordero, sin harina en la masera, sin cobertores, sin gallinas pedresas, se marchaba, con la carta en la mano, encorvadita, dando golpes en la tabla con su picaya de espino. El señor maestro volvía al cuarto de los libros y estaba allí un buen rato. Al salir tenía los ojos muy colorados y estaba todo el día triste, sin enfadarse con nuestros ruidos, sin pegarnos con el puntero, pensativo, paseando de acá para allá, mirando al suelo.

El invierno llamaba en las ventanas con las voces de campanos, de bígaros, de tambores, de silbidos. Y seguía echando puñados y puñados de ventisca en los cristales…

MANUEL  LLANO    de su libro     RETABLO  INFANTIL

A LIEBANIZATE: quiero comprobar si me funciona, el poder publicar de forma directa y entrar en su página sin intermediario y como colaboradora de sus publicaciones, metiendo además un texto diferente, que rompe la línea de tantas y buenas publicaciones de temas actuales y que de forma constante nos bombardean. Recordar a Manuel Llano, su magisterio en Helguera, la emoción sencilla que despierta y el dominio de nuestro dialecto más puro y sensitivo. Así lo reconocieron autores como Gerardo Diego, José Mª de Cossío que fue quien le reconoció como el mejor prosista en dialecto montañés de su época.

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