Vargas Llosa reivindicará en el Teatro Gayarre la españolidad del Perú

10407445_362472223929886_8802215266038190944_nMario Vargas Llosa, laureado con el Premio Nobel a Literatura, en su indiscutible faceta de escritor de libros, a pesar de ser el contrincante en el plano americano de las letras hispanas del difunto Gabriel García Márquez, es ciudadano del Perú (contendió en unas elecciones presidenciales en las que salió ampliamente derrotado) y español. Y, como español, de cuando en cuando declama sobre los peligros del nacionalismo, así, en genérico. Obviando el nacionalismo, peligroso, disgregador, que impidió que los españoles del Perú siguieran siéndolo, tal y como recogía el artículo 10 de la llamada Constitución Española de Cádiz, de 1812. Una independencia, la del Perú, ilegal, ilegítima e injusta. Que merece una restauración de los vínculos, no sólo emocionales, sino también políticos, entre la futura Comunidad Autónoma del Perú y el estado español. Precísamente, Vargas Llosa, en plena campaña electoral, en el Teatro Gayarre de la vieja Iruñea, sin duda reivindicará con el ejemplo, el suyo, como errado descendiente de los malvados separatistas peruanos.

La historia, las más de las veces, es usada como coartada para campos de batalla de explicar el pasado para justificar el presente. Es así que se usaba el precedente visigotico para pretender hablar de una unidad política de toda la llamada hispania, con referencia en la corte de Toledo, y, a su vez, de la hispania romana, sin reparar, que todo el norte de áfrica romana, lo que ahora sería Marruecos, y partes de los alrededores, eran la mauritania, y estaban dentro del mismo espacio divisorio territorial del imperio. Y es que si el imperio se dividió entre oriente y occidente, resulta ridículo pensar que el estrecho de gibraltar iba a ser frontera de nada. De algún sitio venía lo de que áfrica empieza en los pirineos. Pretender racionalizar la independencia del Perú a comienzos del siglo XIX, aunque no formalizado y reconocido hasta la guerra del pacífico, ya con la reina Isabel II, en el entorno de los años 60 del siglo XIX, pero neutralizar cualquier posible independencia posterior es un truco de trilero, es una posición idelógica y no moral, es atar el tiempo, siempre cambiante, siempre dinámico, en un punto a conveniencia. Si Albert Rivera se pudo divorciar, Catalunya, como colectivo, debe poder tener el mismo derecho. Y Vargas Llosa, lo sabe.

Seguramente Vargas Llosa no haya leído “Españoles que no pudieron serlo”, del navarro Jose Antonio Ullate Fabo, publicado en Libros Libres, del grupo Intereconomía, a pesar de que, se puede suponer, que es cercado a sus postulados. Vargas Llosa fue militante de UPyD, al menos en su fundación. Lo sea o no, militante, en la actualidad, no tiene mucho sentido, puesto que ese partido está en plena espiral de descomposición y se le augura poca vida y poco futuro. Si, los partidos políticos pueden morir. Y es un libro muy interesante respecto a las posiciones reales y las fuerzas leales a la corona española y al estado español en las américas, y porque, desde ese punto de vista, no pudieron seguir siendo aquello que querían, españoles. Y es que, se puede deducir de sus palabras, que los españoles de américa no quisieron, de principio, la independencia, sino, como los de las 13 colonias, fueron impelidos en esa dirección por un gobierno español que no les dejó otra salida. El impedir que los usos y costumbres americanos pudieran seguir existiendo, con una pepa restrictiva, unitarista, uniformizadora, centralista y jacobina, fue la que bloqueó toda otra opción que no fuera la de la búsqueda de sus propios medios, sin y fuera de España. Algo que, seguramente, Vargas Llosa reparará, con la reintegración del Perú al seno español.

Julian Gayarre, navarro, pero que escribía a su madre en su lengua propia, el euskera, euskera del roncal, que por poco se pierde en el tiempo, para siempre, para la humanidad. Hoy, gente como Vargas Llosa son más partidarios, no de emular el Álava como Navarra, sino Navarra como Teruel, dicho con todo el cariño del mundo a los turolenses. Que sea una tierra donde predomine el cachirulo, la jota, el castellano y cualquier identidad que pueda remotamente poner en cuestión la españolidad de Navarra sea barrida del mapa. Y que sea un territorio olvidado, y perdido, del que nadie se acuerde. Esa es la imagen de Navarra que les gusta. Es por ello curioso que el escenario sea el Teatro Gayarre. Sobre todo cuando, en ese escenario, el 19 de Junio de 1932, se produjo la gran traición … al mandato imperativo, y a Navarra, y a la democracia. Fue en ese escenario en el que se votó definitivamente no aprobar el estatuto para los 4 territorios del sur de Euzkadi. A partes iguales, municipios navarros derechistas, y algunos socialistas, por razones distintas, pero coincidentes (las mismas que echaron al PNV de la diputación de Bizkaia en 1919, tras dos años de gobierno) no cumplieron con el voto que les había mandatado su asamblea, su pleno, municipal. Porque Navarra, en verdad, quería formar un ente común. Esa separación, mantuvo a Navarra dentro de la derechoa españolista ultramontana, que estaba contra la república desde el primer día de su proclamación, y provocó que fuera el mejor caldo de cultivo de la sublevación de Mola, cuya primera víctima fue Fortunato de Aguirre, alcalde jeltzale de Lizarra, fundador de Osasuna y presidente del Napar Buru Batzar. Descubrió la conspiración, no le creyeron en Madrid, y fue ejecutado. Si el 19 de Junio de 1932 se hubiera votado como se debía y se preveía haber votado, los soldados requetés, junto a los gudaris, hubieran sido soldados del lado de la república. La historia no puede justificar el presente, pero si puede servir para comprender como se ha llegado a el.

El principal dardo es contra Catalunya, en este caso, que tendrá elecciones llamadas plebiscitarias el domingo 27 de septiembre de 2015, casualidades de la vida, el domingo de Alderdi Eguna del Partido Nacionalista Vasco. El dardo está dirigido a ellos, porque están entre la espada y la pared, de seguir como están o ir a la independencia. No tienen una tercera vía, ni entre las potencialidades que la legalidad les ofrece ni entre las opciones que el estado está dispuesto a asumir. Y ahí está, sería largo de recoger, toda la historia de los mandatos de Jordi Pujol, de Pascual Maragall y de Josep Montilla, con todos los intentos que se han hecho desde Catalunya para encontrar un encaje amable y satisfactorio. Todos ellos resueltos en el más completo de los fracasos. Y es que, si la novela Victus fue vetada en la legación diplomática española en Holanda, es símbolo de lo que está dispuesto a aceptar el estado español para Catalunya. Pero, no lo hacen, el acto, en Barcelona, sino en Iruñea. Para recordar la supuesta españolidad de Navarra, que, por cierto, se reduce a un exiguo 1,5% aquellas y aquellos navarros que se sienten únicamente españoles. Es un dato importante y a recordar, y es que, las y los navarros, quieren ser españoles, pero, a su manera, forales, y con el convenio. Aunque, después de todo, y con la larga historia de imposiciones españolas sobre Navarra, seguramente, Vargas Llosa no va a Navarra a hablar de Navarra, sino, como se ha sugerido, en el mejor espacio posible, señalar que la españolidad no prescribe, que Perú (como otras partes de América, incluída la Florida) han estado más tiempo siendo españolas que países independientes, y que ese reconocimiento de independencia fue algo pasajero. Ahora toca un Perú Español. Fuera separatistas del Perú. Perú es España. Ya lo dirá Vargas Llosa. Seguro.

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