DEL PENSAMIENTO SINCRÓNICO AL LÉXICO IMPUESTO, UNA APORTACIÓN A LA ORIENTACIÓN ANTROPOLÓGICA (Jon Nikolas López de Ituiño)

iberiagazhNo sé si puedo intervenir en los debates que tratan de la filología “ibérica” con alguna aportación plausible que enriquezca los esfuerzos que se están realizando en la propia investigación en curso. Quizá pueda aparecer como un intruso tal como yo mismo me veo.

Llevo algún tiempo siguiendo los debates y considero que la filología “ibérica” se orienta principalmente al contenido de las inscripciones que aparecen en una geografía concreta conocida como península Ibérica. El conocimiento de IBERIA, como la geografía que definió Plinio, es la referencia al territorio de la conquista romana más occidental por la existencia de un río conocido como IBERVS.

Así parece ser que, del conocimiento concreto propio de un río *IBAIBEHERA cuya tipología aislada (IBAI BEHERA) –en euskara es la descripción de un «río bajo»–, se estableció la definición de un modelo territorial. Un arquetipo de los conquistadores romanos que desde su apreciación pragmática introdujo la aculturación forzada por la conquista. Una constante geográfica, general, que abarcaba todas las manifestaciones étnicas y lingüísticas particulares de la Península.

Si IBAI BEHERA corresponde a la descripción de un «río bajo» la pregunta es obligada: ¿con respecto a las montañas?, ¿a los montes Idubeda?, ¿a la columna vertebral de Euskal Herria, AUÑAMENDI, BORTUETA, sus PYRENÆVS romanos? El río que, en el pensamiento concreto del yo individual se hizo el nosotros de las comunidades de Euskal Herria, regaba las vegas fértiles de una economía agrícola en expansión a partir del Neolítico. Una cubeta asociada al desarrollo agrícola de los cereales, principalmente, que fue el objetivo de la conquista del territorio por Roma.

Un extracto de mi último libro, “Una geografía propia del euskara”, desarrolla el criterio etimológico del término que dio lugar a la función del significante IBERIA desde una determinación del significado, en euskara.

[IBARRA (B, G), «vega», es el terreno bajo, llano y fértil en comarcas de regadío donde se propiciaban las cosechas. Escuchar la palabra IBARRA consolidada en la imagen actual del paisaje próximo a un río no elimina las raíces remotas de una relación aislada en el pensamiento original del euskara o eskuara. El pensamiento propio del ideario en euskara maneja la expresión interiorizada que reconoce que «todo lo que tiene nombre es real, existe»: DENA IZENA DUELA OMEN DA.

Anteriormente se ha visto la etimología de «vega» como creación propia del pensamiento en euskara desde IBAIKA (BN), «el terreno anegable del río»; es el origen de la palabra que con el romance medieval –construido en la disglosia– toma el sentido primero con el significado de ‘la parte de tierra o campo, llano y húmedo’. Es el proceso real del concepto que arrastra la imagen IBARRE, IBARRA, desde la opción del pensamiento propia del euskara: IBAI ARRA, relación aislada antes de aglutinación con caída de vocal intermedia y metaplasmo de vocales repetidas (IBAIARRA, IBARRA, «el valle del río»); ARRA, en toponimia es la elección dentro de un sistema de significados plurales que extiende sus raíces de modo preciso y mantiene el pensamiento en euskara.

El valor descriptivo del sentido necesario de ARRA recupera la imagen de la parte inferior y hueca de la mano, «palma». Una acepción arcaica de ARRA, como resulta evidente de la observación de la «cavidad» que se forma en el espacio cóncavo que se hunde al presentar las manos abiertas. La imagen del pensamiento que se abre con ESKUARRA (B, BN), «palma de la mano», es la acepción que prevalece con su nexo de relación directa. En toponimia, ARRA (BN), con el sentido de «concavidad» toma el significado de «vallecito», como se identifica AHÜÑEKO ARRA, «le vallon d’Anie» y EAIZEKO ARRA, «le vallon d’Eaize». La estructura de la palabra aglutinada como IBARRA, es la continuidad del pensamiento propio en euskara donde prevalece el significado de aquellos lugares protegidos que tienen río: «el valle del río», «el valle (que tiene) río». El paisaje propio de una actividad agrícola con provecho, IBARRA, «la vega» ‘la parte de tierra o campo, llano y húmedo’, protegido o encajonado frente a los vientos, encerrado en su microclima.

El sentido de la palabra aglutinada no oculta la etimología de su significado como tierra de inundación propia de la actividad y producción de alimentos; desde una relación aislada como IBAI HERRIA, «la tierra del río», también se presta a establecer la probabilidad procedente de primitivos agricultores que hablaban la lengua de la antigua Euskal Herria o Eskual Herria; porque bien pudieron entenderse los factores del medio ambiente con incidencia en la agricultura productiva. La verdad del étimo en aglutinación pertenece, sin duda, a la historia que comenzó con la palabra. Primero IBAI HERRI, luego IBAI HERRIA. A través de milenios IBAIERRIA sería la metáfora de traslación geográfica del sentido directo de las palabras de una relación aislada; con pérdida de vocales intermedias IBAIERRIA sincopada en IBARRIA, para alcanzar por economía fonética y caída de la I interior la sonorización de las vocales que por su posición se hacen extremas: IBARRE, IBARRA, «la vega», IBAR (B, G), «vega». Como adenda, tampoco puede ignorarse que en el euskara funcional (euskalki) de la comarca de Uribe (costa Noroccidental de Bizkaia), IBAIERRIA, transforma el diptongo interior en /E/: IBEHERRIA>IBEERRIA>IBERRA>IBERRE, «la vega» (con cambio fonético local del artículo A en E, como en IBARRE)

Sin embargo, según Plinio, el río Iberia, recibe su nominación de nuestro *IBAIBEHERA, fluvius Ibervs para los romanos antes que Ibru árabe, Ebro posterior; es el resultado de una contracción y translateralidad vocálica posterior, de los almerienses o de los celtas (con anterioridad a los romanos), que hicieron su particular adaptación fonética: IBAIBERA>IB(AI/E)BERIA>IBEBERIA>IBE(BE)RIA>IBERIA por ahorro fonético. Su curso constituía con las tierras de ambas orillas el límite meridional de las antiguas vegas por debajo de las montañas de Euskal Herria o Eskual Herria. No puede ignorarse que este asentamiento se produjo con anterioridad a la llegada de unos tardíos pobladores iberos, iberus, a quienes Bosch Gimpera no reconocía como tales, sino como almerienses (por su desembarco en la costa Sur de Levante portando su propia cultura alrededor de 2600 a. C. ¿fue la continuación de la cultura de Los Millares?).

Con toda seguridad, según la arqueología, la etnogénesis del pueblo ástur-pirinaico y perigordino estaba instalada en el territorio bañado por el IBAIBEHERA, incluso antes del comienzo de la agricultura. Un río que descendía de la región más alta de Cantabria, colindante con AURREGOIKOA (el territorio de autricones conocido por los clásicos según su trabalenguas), tenía que tener su denominación propia en euskara o eskuara. En una geografía de poblamiento tan antiguo como la extensión del idioma de Euskal Herria o Eskual Herria, la cubeta de la depresión entre montañas tendría su propio topónimo; con una unidad léxica asociada al pensamiento ancestral, el territorio sería conocido como IBAI HERRIA. Milenios y siglos antes de que evolucionase hacia la nominación actual de HERRI BEHERA>HERRIBEHERA>HERRIBERA>ERRIBERA, en su parte más baja. Una región que formaba parte de la península más occidental de Europa conocida como Iberia, que según afirma Plinio fue así llamada por el río Iberus. Iberia era la península más occidental de la conquista romana donde quedaba registrada la Hispania Citerior.

Iberia es un concepto geográfico recogido por los romanos en sus documentos y escritos; y lo ibérico es todo lo concerniente al territorio peninsular, agrupando a todos los pueblos de la colonización romana, sin distinción étnica. Plinio lo dejó claro cuando dijo que el nombre llega por el reconocimiento del hidrónimo IBERVS FLVVIVS. Un río cuya descripción geográfica en euskara, como IBAIBEHERA, es la razón de la generalización a todo el territorio físico como objeto de la conquista romana. Los celtíberos del centro de la Península fueron para los romanos los combatientes celtas de Iberia.

Porque, por otra parte, es clara que una etimología como IBAI HERRIA, «la tierra del río», también permite descubrir el origen del término universalizado por los romanos como Iberia. Un río que, como dice Plinio, dio su nombre al territorio que Roma conoció como Iberia: IBAI HERRIA>IB(AI/E)HERRIA>IBEHERRIA>IBE(HE)R(R)IA>IBERIA, por la descripción en euskara. La explicación no necesita de matices. Simplemente se comprende desde las limitaciones propias de los historiadores y geógrafos romanos; allí donde las gentes de Euskal Herria o Eskual Herria reconocían IBAI HERRIA como las tierras de las vegas fértiles del río IBAIBEHERA, el oído latino en su trascripción escrita sólo recogía una aproximación sincopada: desde IBAIERRIA, IBEERRIA, a IBERRIA (como IBER-RIA con la transliteración), donde la consonante doble R tiene una pronunciación sin refuerzo de voz, con el resultado de IBERIA].

El lenguaje es pensamiento en acción. Es una actividad intelectual práctica y directa que se manifiesta y transmite mediante gestos, por medio de la palabra oralmente o bien con la escritura. El pensamiento aborda la coherencia de imágenes y matrices de una manera creativa, completando la estructura de la oración antes de expresarse con carácter ejecutivo en tareas de relación. El proceso del empleo real de la palabra en el lenguaje oral es la elección del sentido necesario entre todos los significados posibles de la misma; las distintas opciones siguen conservando la naturaleza original de la percepción directa de lo que se piensa o se siente.

El proceso real de uso de la lengua está asociado a un grupo de personas, una comunidad de gentes, donde desde el pensamiento común del yo individual se llega al nosotros colectivo. Si el euskara o eskuara es la expresión del pensamiento propio del pueblo astur-pirinaico y perigordino –según clasificación antropológica de Bosch Gimpera– su antigüedad le sitúa en el aislamiento de un nicho cultural donde se originó el lenguaje oral.

El sistema de nexos destacados y dependientes de tareas concretas, respondiendo a culturas instaladas, siempre ha construido estructuras morfológicas para reconocer el nosotros y los otros. El pensamiento propio de las gentes de Euskal Herria siempre ha distinguido entre euskaldun (nosotros, poseedores de una lengua completa) y erdaldun (los otros, quienes se expresan con media lengua, medias palabras).

Según mi criterio, las inscripciones “ibéricas” se corresponden con un silabario y una fonética que interpretan quienes las han estudiado cuantitativamente desde el desarrollo escrito en documentos de un tiempo. Un tiempo relacionado con un periodo anterior al abecedario fenicio.

Mi reflexión me lleva a entender el poblamiento de la península Ibérica desde una ocupación física de poblaciones diferenciadas ocupando territorios con distinto sedimento étnico y cultural; y por lo tanto con un pensamiento concreto expresado con ideas y descripciones de sentido y significado ajustado al modo propio de lenguajes diferenciados.

La lingüística analiza y estudia un campo –desde un punto de reflexión y análisis– centrado en el origen de las palabras (sincronía), las matrices sin versión directa, como un hecho del lenguaje oral. En euskara muchas son las palabras originadas en claras onomatopeyas. En lo que se refiere a los métodos de la propia investigación lingüística, en general, distinguimos el método descriptivo o sincrónico, el histórico o diacrónico, el comparativo y el tipológico.

El primero de los métodos se trata de la descripción de una lengua tomada en cierto momento de su evolución, en la mayoría de los casos partiendo de su estado actual; en el segundo, se estudia la evolución de las lenguas; en el tercero se comparan las lenguas de la misma familia y en el cuarto se confrontan y contrastan las lenguas sin tomar en cuenta su accidental parentesco.

Me gustaría conocer la posición que ocupa el estudio del “iberismo” en la lingüística general, donde se centran los conocimientos obtenidos con el estudio de los particularismos. No creo que puedan generalizarse relaciones de parentesco entre el euskara y otras lenguas de la Península. Sí cabe cuestionarse –como propone Carme Jiménez Huertas– que las lenguas romances no vienen del latín y que morfología y sintaxis hacen divergentes argumentos que marcan la diferencia por falta de coincidencias.

Más productivo me parece buscar en las inscripciones “ibéricas” posibles sustratos que con signos silábicos anteriores a los abecedarios recogiesen documentos del carácter “universal” de su escritura por los distintos pueblos de Iberia. Pero la evolución de las lenguas –donde sólo el euskara es lengua viva– no creo que nos facilite mayor clarificación que la que Dante denunciaba respecto al latín como producto artificial de los doctos.

Hasta aquí mi aportación provocativa, quizá por falta de perspectiva, donde el error puede ser fruto de mis esquemas de consideración antropológica. Lo que sigue se centra en la evolución de la lengua funcional de Euskal Herria con significados y designaciones de etimologías antes de su lexicalización poco productiva.

Diciembre, 2014

Jon Nikolas Lz. de Ituiño

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