A PROPÓSITO DEL ORIGEN Y LA ETIMOLOGÍA DE ÁRBOL (Jon Nikolas López de Ituiño)

arbolAlguien dijo peyorativamente del euskara que un idioma que no tiene palabra para designar la imagen del árbol mejor sería enterrarlo. A esta boutade, Resurrección Mª de Azkue se refirió en su “Diccionario Trilingüe: vasco-español-francés” (1905-1906), con una escueta contestación: Se ha dicho que el nombre genérico de ‘árbol’ no existe en vascuence. Es muy expuesto sentar qué es lo que no tiene esta lengua, sobre todo cuando sólo se tienen de ella cuatro nociones mal adquiridas y juzgadas con prevención.

Recientemente, Gontzal Mendibil, recoge el mismo carácter peyorativo de José Luis Borges, quien afirmó: Qué raro ese idioma tan antiguo y con tan pocas palabras. Para decir árbol dicen arbola. El mismo Gontzal Mendibil, en su artículo de prensa, ofrece su crítica al desconocimiento del escritor argentino por razones de su miopía lingüística y pretensión de supremacía idiomática. No puede menos que exponer su asombro ante la superficialidad de juicio del literato argentino. Sobre todo por el desconocimiento que demuestra ante la palabra arbola y su significado.

Al mismo tiempo que rememora que el euskera nos lleva al conocimiento de una cultura ancestral donde la relación con la naturaleza es básica y primordial, mantiene que el euskara es un idioma y una cultura nacida de la relación con la naturaleza y de los frutos derivados de ella. Con la convicción que le ofrece la claridad del pensamiento propio, donde los conceptos son expresados en euskara, dice que nuestras raíces, todas ellas, tienen un propio y peculiar significado. Son el origen de matrices que tienen un significado descriptivo, imágenes visualizadas como conceptos delineados por la propia naturaleza.

Cómo recuerda las horas que pasaba con Bittor Kapanaga hablando de cómo sería la vida del tiempo de los árboles, la vida de hace dos mil, tres mil, cuatro mil años, donde el árbol era el elemento básico de subsistencia como hoy puede ser el petróleo o cualquier elemento tecnológico. Y quedaba maravillado cuando en algún paseo por la naturaleza o yendo hacia los bosques de Orisol me iba nombrando uno a uno decenas de árboles y plantas que yo desconocía. El pensamiento pragmático de las gentes euskaldunak, viviendo inmersos en la naturaleza, entre los árboles que eran el alimento del fuego y el soporte de sus refugios (TXABOLA, BORDA y ETXEAK), transmitió su conocimiento con el aforismo propio: DANA IZENA DUELA OMEN DA, «todo lo que tiene nombre según se dice es conocido», porque existe.

El “Diccionario Crítico Etimológico” de Joan Coromines (reelaboración 1980, primera edición año 1955), trata el tema ÁRBOL, del lat. ARBOR, –ÖRIS, íd. 1ª doc.: árbor 1197; árbol, Berceo.

Cej. (Julio Cejador) V, § 52. Predomina antiguamente la grafía con -b- (Nebrr., APal., etc.) sobre la grafía con -v- , comp. port. árvore, pero los sefardíes de Bosnia pronuncian árvol (RFE XVII, 130). El vocablo se conserva femenino como en latín, y como es todavía en portugués, no sólo en el Fuero Juzgo (Pietsch, MLN XXVII, 168n.5) y en el de Navarra (cita de Tilander, p. 283), sino aun en Nebr., aunque no son raros los ejs. anteriores del género masculino. La ac. ‘mástil de buque’ está ya en Nebr. (El sabio catalán pasó por alto que más de mil quinientos años antes de que Nebrija tomase su acepción, Virgilio, hizo del árbol el ‘mastil del navío’).

Árbol es el nombre genérico de una planta orgánica, de tronco leñoso y elevado, que se ramifica a cierta altura del suelo, dando lugar a una copa frondosa con sus ramas y hojas. Como dice Gontzal Mendibil, el árbol daba calor, alimentaba, daba cobijo y su madera avivaba la luz en la oscuridad, se construían con ella el hábitat y todo tipo de útiles y enseres, era por tanto un congénere sagrado en la subsistencia de las personas. Y no existía un árbol sino cientos, miles de árboles diferenciados, según para qué fin. En esto sí que se puede afirmar la consabida metáfora de que “El árbol no nos deja ver el bosque”, porque centrarnos en un solo árbol es olvidarse de los miles de árboles, en la impronta de cada una de ellos y en sus distintas utilidades y significados. La sabiduría se constriñe cuando la personalizamos solo en la exclusividad de un sujeto o de un objeto.

Lo que para nosotros hoy en día apenas tiene ningún valor diferencial, un árbol de otro árbol, para el hombre antiguo era de vital importancia. No me imagino hace dos mil años, y ni siquiera en la actualidad a un padre baserritarra decirle a su hijo, mira hijo allí hay un árbol, o en esa rama hay un pájaro, sino que especificaría la clase de árbol y la clase de pájaro. Y posiblemente en ese ser uno con la naturaleza, desde su agudo sentido y sabia intuición discernían mejor que nosotros a una persona de otra.

Llamar árbol al fresno o al manzano es como nombrar a todas las mujeres María. He aquí la riqueza de nuestra lengua. Pero demasiadas veces la fútil modernidad nos lleva a análisis parciales incorrectos y nos deriva al rechazo de lo antiguo por principio. Haciendo un símil, es como si sólo al joven hay que atenderle y dejar morir al anciano. Afortunadamente, el viejo euskera está joven y activo, tiene dotes modernas y avanzadas, nos sigue aportando claves en el conocimiento y funcionamiento de las cosas, y sus raíces van echando retoños y sus ramas extienden frutos.

Ha habido árboles sagrados cuyo significado y simbología ha trascendido hasta nuestros días. En el panteísmo originario existía la veneración de los robles como protectores vivos de los vascos. Y se hacía la oración ritual de pedir perdón al árbol cortado: “Guk botako zaitugu eta barkatu eiguzu” (Te derribaremos y nos perdonarás). En la cosmovisión panteísta existe el politeísmo y no el monoteísmo.

Por nombrar la simbología de algunos árboles: Haritza (roble, símbolo de justicia y libertad), lizarra (fresno, símbolo de fuerza, árbol sagrado de anuncio de verano), urkia (abedul, árbol de la iniciación, actúa como protección), árbol malato (árbol que delimita los lindes, defensa de un territorio), artea (encina, árbol de la paciencia y sosiego), hagina (tejo, árbol de la muerte)… La naturaleza aglutinaba todo y era en aquél tiempo la señal que revelaba la inmortalidad.

Pero lo que posiblemente desconocía Borges es que la palabra árbol, según todos los indicios, tiene raíz etimológica vasca. Para el término arbola, tenemos la raíz “ar-” presente en una amplia familia de palabras relacionadas con los árboles y la madera: artea, aritza, arburu (cabeza de viga o tocón), arba (puntal, leña cortada) arbutz-adar: rama de árbol, arotza (la persona que trabaja la madera, carpintero). Indagar en la ordenación de la raíz/raíces de nuestro idioma y profundizar seriamente en ello es el camino que les toca a los filólogos y estudiosos de la lengua. Ya lo decía Kapanaga: “Hay demasiados malos hábitos y el sistema imperante nos castra. Ocurre muchas veces que entre otras lenguas antiguas, el moderno latín, lo engulle todo, y son capaces de decir que la nieta ha parido a la abuela… y entonces no hay reflexión que valga”.

Gontzal Mendibil recoge una raíz que asocia al pensamiento expresado en euskara para ilustrar la imagen del árbol, donde no hay una sola, sino varias palabras dentro de una clasificación de especies muy extensas. Como no podía ser de otra manera en una lengua tan antigua, donde las gentes que hablaban en euskara vivían en contacto directo con el medio natural; porque el árbol y el bosque eran su despensa y su mejor fuente de recursos y energía.

Las ideas de Azkue como las de Kapanaga son parte del pensamiento común de comunidades que se hicieron pueblo reconociendo que tenían una lengua que abarcaba un territorio al que llamaban Euskal Herria: la tierra del euskara. Una geografía que Bosch Gimpera definió como el territorio del pueblo astur-pirinaico y perigordino que la toponimia extiende más allá del LOIRA, y se comprende con el euskara al Sur de los Alpes; una región de montaña que recoge el valle del río Sesia afluente del Po.

Joan Coromines propone un origen de ÁRBOL, del lat. ARBOR, –ÖRIS; y sólo se conoce la definición generalista de Plinio el Naturalista, ARBOR, ‘el que no da fruto’ cuando, anteriormente, Virgilio y Cicerón fueron quienes recogieron la palabra en sus escritos. Y es así, como pudo ser, que el propio latín fuese el que adquirió el préstamo del euskara o de cualquier otro idioma preindoeuropeo. La contrapartida del dudoso origen latino de ésta como de algunas palabras, puede encontrarse en la ausencia de cualquier etimología remota compartida por varias lenguas indoeuropeas. El Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española de Edward A. Roberts y Bárbara Pastor, de 1996, no establece su comparación para el árbol con inclusión como raíz de origen ario; ni de árbol ni de otras consideradas derivadas del latín utilizado por los clásicos, Virgilio, Cicerón, Ovidio, Plinio…

Mientras se expone la idea de árbol (en español), arbre (en francés), árbore (en italiano), arbre (en catalán), árvore (en portugués), árbole y árbore (en bable), sólo se ofrece una designación asociada a una imagen que el latín recogió en los escritos de sus clásicos. Así se acepta su origen latino sólo porque, precisamente, está admitido de manera convencional. Sin embargo, no es más que un lexema que se corresponde con el valor de una imagen, sin significado descriptivo que descubra el sentido de su origen remoto.

La geografía más extensa de la antigua Euskal Herria en el Sudoeste europeo –anterior a la aparición de los pueblos arios y los afanes conquistadores de los romanos– se ha visto reducida a un núcleo irreductible, donde el reducto del euskara sigue vivo. Un refugio donde la palabra ARBOLA es común en la lengua funcional y en todos sus dialectos, porque sus raíces se mantienen firmes y estables como fijos y estables son las matrices de sus significantes.

ARBOLA es de uso general en Nabarra Garaia, Bizkaia, Gipuzkoa y Laburdi, mientras en los territorios orientales de Behenabarra, Erronkari y Zuberoa se dice ARBOLE. Y, precisamente, es la palabra que reconoce el bable (árbole) de un territorio occidental del continuum astur-pirinaico y perigordino en la explicación histórico-antropológica. Como se desprende desde la compleja organización de los actos conscientes y reflexivos del pensamiento, saturados del idioma que se originó en el Paleolítico, una relación aislada descubre las raíces que forjaron la palabra.

Con el euskara, como vehículo del pensamiento ancestral, se define lo que es descriptivo y significativo, se reestructuran matrices propias de los procesos de percepción en la comunicación colectiva de un nosotros como pueblo. De hecho, en euskara o eskuara, se destacan los rasgos característicos y radicalmente distintos de la percepción latina como imagen de foto fija. En una relación aislada, ARBA BOLA, antes de aglutinación de ahorro fonético, se mantienen las raíces que hacen comprensibles la metáfora por la traslación del sentido directo de las imágenes simples, sincrónicas.

Desde la etimología remota, ARBA, antes del significado que Azkue recogió en el euskalki de Nabarra Garaia como «cabrio, armazón del tejado», es la imagen original de «rama»; elemento estructural que conformaba techumbres y estructuras de pequeñas construcciones de las gentes del continuum astur-pirinaico y perigordino que hablaba euskara en el Paleolítico.

Otras acepciones que recogió Azkue a finales del siglo XIX, inicio del XX, en la gran encuesta del euskara vivo (su Diccionario Trilingüe), son de total clarificación: ARBA (G), «leña que se corta sin deshojar las ramas»; ARBA (NG, BN), «narria rústica en forma de V, con ramas para transportar argoma en lugares en que no se pueden traer carros»; ARBA (NG), «palo» para sujetar la planta de las alubias, tomates; ARBAOSTUA (NG), «rama cortada que no pierde las hojas»,

Orotariko Euskal Hiztegia-Diccionario General Vasco, recoge una comparación de ARBA con las palabras karva (sardo), «rama» y garbu (bable), «leña menuda» con las que establece un paralelo irreprochable; sobretodo si se tiene en cuenta la vigencia del sonido gutural (sordo o sonoro) inicial, de indudable arcaísmo.

Respecto del sentido de BOLA (Z), «multitud», con el significado de gran número, cantidad, los términos TXORIBOLA, «multitud de pájaros» («bandada de pájaros»), HARRIBOLA, «multitud de piedras» («montón de piedras»), son las metáforas interiorizadas. El origen del significado arcaico puede estar en la imagen del significante BOL-BOL (NG, B, G), «ebullición», palabra onomatopéyica que transmite sus múltiples sonidos cuando rompen una «multitud» de burbujas.

La choza cubierta de ramaje donde se cobijan el cazador y el pastor en el monte recibe en euskara el nombre de TXABOLA (B, G),«cabaña», refugio temporal. Desde la etimología remota, el desglose de la palabra según una relación aislada, tenemos TXA BOLA (B), «multitud de golpes de mano», con la descripción de un entramado de ramas cubierto de ZOIEK (B, G, BN, ER), «tepes» (pedazos de tierra muy trabados con las raíces de la grama y que, cortados en forma de cuña, sirven para formar muros, paredes y bóvedas). Si TXA es voz onomatopéyica del «golpe de la mano» y BOLA es «multitud», el talochado sobre la estructura más primitiva es la descripción del método constructivo como técnica del pasado.

En euskara o eskuara hay, no una sino varias palabras para ilustrar la imagen del árbol, dentro de una especialidad y clasificación de cada especie. En euskara existen, por supuesto, varias voces (puras las llama Azkue), cuyo uso designa la idea del árbol: ABE y HARITZ, arcaicas; ATZE y ZUGAITZ, ZUHAIN, ZUHAITZ, ZUHAMU, de uso común.

En mi libro “Arquitectura de las naciones” (Arabera, 2003), se trata con mayor extensión este tema.

Barrika, 4 de Enero de 2015

Jon Nikolas Lz. de Ituiño

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