Navarra, foral y francesa

ArmarriakAgustina de Aragon dicen, que no quiere ser francesa, que quiere ser jefa, de la tropa, aragonesa. Supongo que será por la rima, pero no aparece la palabra España, sino Aragón. Es sintomático de una época, el siglo XIX, en la que se construye, desde cero, la España uninacional, también desde la construcción de una historiografía del nacionalismo español. Navarra accede a su autogobierno constitucional actual en base a la disposición adicional primera que ampara y respeta los fueros, que se actualizarán en base a la propia constitución y los estatutos de autonomía. Curioso es que afirma, por primera vez, que los fueros son algo previo, existente antes que la propia constitución. A esto se agrega una disposición derogatoria, la segunda, que suprime las leyes abolitorias de 1839 y 1876. Pero no en Navarra. Ni se deroga la ley de 1841. Es decir, el autogobierno de Navarra se ve constreñido a una actualización de 1982 de una actualización de 1841 de la ley derogatoria de 1839, y que está actualizada en un estatuto de autonomía, como el resto de comunidades autónomas, pero cuyo origen está sujeto únicamente a una disposición adicional, que bien pudo ser la respuesta para que la constitución de 1978 fuera tolerada y no frontalmente rechazada en tierras de los vascones, en los 4 herrialdes del sur de nuestro país. Y que el nacionalismo español gustoso eliminaría. Junto a la disposición adicional cuarta.

El tratado de Utrecht establece el asunto de Gibraltar, y por eso es muy citado, sobre todo por fuentes españolas. Asímiso, dicho documento, tras una guerra internacional, como fue la llamada guerra de sucesión, establece que la corona española y francesa jamás podrá tener un mismo dueño. ¿Que implica esto? Pues que le legitimidad dinástica y nacional de Navarra se encuentra, en un tratado internacional, situada del otro lado de los Pirineos. ¿Porqué? Pues la pieza clave es el famoso Enrique III de Navarra, IV de Francia, autor del edicto de Nantes, fuente de derechos de convivencia universales, y asesinado en 1610, cuando estaba dispuesto a ir a la guerra con España por unificar su reino de origen, el reino de Navarra. Es por esa línea por la que vascos y navarros apostaron decididamente por su sucesor dinástico para reinar en las Españas. En plural. Porque, como se afirmó, España, en singular, se construye en el siglo XIX. Enrique fue el último rey navarro, sus sucesores fueron reyes de Navarra, hasta la revolución francesa, y si hoy Francia fuera un reino veríamos la mitad oriental de su escudo poblado por las cadenas de Navarra. Fue precísamente en 1789 cuando se rompe la realidad foral en Francia y se destruye lo que queda del Reino de Navarra, cuyo parlamento, aún visible hoy, estaba en Pau. La era de las luces acabó con la democracia foral.

España se construye desde un nacionalismo de suma cero, esto es, de negar a los demás para afirmarse a sí. El marco foral es muy diferente. Se construye de abajo hacia arrina: esta es la sociedad, y se constituye en nación, y esta nación necesita un estado que la institucionalice, vertebre y proteja en todas sus vertientes. La construcción derivada de la revolución francesa es muy distinta: he aquí el estado, dibujado sobre una geografía concreta, el hexágono, y bajo ésta debe haber una sóla nación, y esa nación debe establecerse en una sóla sociedad, laminando toda diferencia, tendiendo a marchas forzadas a una sóla lengua y una sóla ley. Cuando estalla la revolución francesa, sólo un tercio de los habitantes de la hoy Francia hablaban francés. Diferente forma de laminar otras realidades nacionales. Francia envió maestros. España soldados. Obviamente, y es algo a interiorizar, la autoestima es algo muy importante, en las realidades individuales y en las colectivas. Saberse, también, fuentes de derechos universales, es algo muy importante, porque es verdad. No todo lo bueno viene de fuera y lo propio ha de ser denostado por atrasado y retrógrado. Claro que la foralidad tenía que actualizarse, pero tenía una forma de hacerlo posible. Dentro de las instituciones forales. Por eso fueron las atacadas, buscando fosilizar el fuero y, de esta manera, fuera la propia sociedad quien se desprendiera de ellos. Algo que, afortunadamente, no ha ocurrido. Aunque elementos como, por ejemplo, la constitución de 1812, española, la más afrancesada y antiespañola de las posibles, y que obvia la también otorgada constitución de Baiona de 1808, pretendieron cercenar nuestras libertades.

Derecho de sobrecarta. Aquello de se acata pero no se cumple. Es un ejemplo de autogobierno navarro que fue puesto en cuestión en el siglo XIX con el valioso argumento, valga la ironía, de que no era moderno, que lo moderno era ir a la unión, que la unidad era lo que estaba en boga y que, aún reconociendo que en el pasado era no sólo legal, sino también legítimo, ya no tenía validez. Porque … y se acabó el agumento. Y como esto, todo lo demás: administración de justicia, ámbito legislativo, ejecutivo, tasas e impuestos, ámbito militar … El problema de la actualización propuesta desde el libelo de un tal Llorente, pagado por el llamado Príncipe de la Paz, el Sr. Godoy, Primer Ministro de las Españas, hasta la propuesta de 1839 en cortes generales (cortes de castilla ampliadas) es que es impuesta, forzada del exterior, y supone un contrafuero, y exige se ejecute derecho de sobrecarta. No pasó así. Y, aunque, tras 1839, fueron a negociar las cuatro diputaciones forales, la prensa y ambiénte político de Madrid, unánime prácticamente, llevó a entender el mensaje de que las y los navarros no iban a ningún lado (para los intereses de España) con un acuerdo con sus hermanas vascongadas y, de motu propio, decidieron asumir una especie de negociación aparte que cuajó en la Ley, llamada paccionada, de 1841.

Navarra tiene lo que se conoce como síndrome de pérdida. Bueno, Navarra lo tiene en tanto en cuanto la Navarra peninsular está dentro del marco estatal español. Es España quien lo tiene. Y es un elemento que impide la evolución, impide que las cosas cambien. Que es un elemento profundamente antiforal. Y, en tanto en cuanto, mucha de la historia post-medieval del estado español es foral, también es anti-español. Elementos como el miedo. Miedo a los canarios de una invasión marroquí (ya sabemos lo bien que se llevan las dos casas reales), miedo a los valencianos de una invasión catalana y miedo a los navarros de una invasión vasca. Un ripio dice navarros somos, por interés, si nos tocan el fuero, vascos pasadomañana. Y este es el problema principal. Aunque tienen un encaje forzado y endeble constitucionalmente, Navarra es foral. Sin adjetivos. Y cualquier afrenta al fuero sería un nudo descorrido hacia el fin de esa españolidad supuesta que, si se tiene que demostrarse continuamente, demuestra su falta de cohesión y realismo. El fuero se ha usado como arma arrojadiza contra unos hermanos vascos que no sólo aman el fuero, sino profundizan en ellos, y siempre ha estado en su mente y su corazón la llamada restauración foral plena, a la que pueden acceder, pero que a Navarra le está vedada.

Navarra, foral y española, dicen. Y quien ha atacado sistemáticamente el fuero ha sido Madrid. Últimamente en materia económica y fiscal, socavando las bases del autogobierno económico y financiero. Aunque no ha sido el único, en mandato de Yolanda Barcina. Navarra dispone de un elemento magnífico y propio para avanzar en la restauración foral plena y asegurarse un autogobierno democrático foral. Un elemento que no tiene nadie más en el estado español: un reconocimiento constitucional de su derecho a decidir. Disposición transitoria cuarta. Firmada, tal cual, por Jaime Ignacio Del Burgo, ahora quiere su eliminación. Metáfora significativa del falso navarrerismo, teniendo en cuenta que su padre era carlista y defendía a Euskal Herria y el arbol de Gernika. Una vía que pasa por la activación por el Parlamento de Navarra de la disposición transitoria cuarta para, con el consentimiento de la mayoría legislativa y de la mayoría de las y los navarros un acuerdo satisfactorio, foral, con hacienda propia, instituciones propias, más eficiente, eficáz y ajustado en el gasto (es decir, transparente) para los cuatro territorios del sur de nuestro país. Algo que, como se ha dicho, y se refleja en el texto legal, implica, necesariamente, la voz y la palabra de las y los navarros. Es imposible que saliera una situación y un texto legal a disgusto de la mayoría social de Navarra. A cambio, garantizaría una mejor situación legal y unos mayores y mejores fueros, que es la aspiración que comparte la mayoría de Navarra con sus hermanas y hermanos vascongados. Sin duda, la llave, está en Navarra. Como siempre. De ellos depende. El futuro de Navarra pasa por la mano de las y los navarros. El pasado, por lo demás, es bien conocido. Aunque merece la pena ser investigado, pero nunca debe ser la base a una política de futuro. Y es por eso, porque la realidad constructiva del nacionalismo español es exáctamente igual a la del nacionalismo francés, aunque hayan tenido, afortunadamente, distinto desarrollo, debe considerarse asumir para el futuro todo lo que a Navarra le hace ser Navarra. Navarra foral. Y punto.

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