LA REBELIÓN DE LAS MASAS

LA REBELIÓN DE LAS MASAS
-Por José Luis Gómez Fernández
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El propio autor del libro, Ortega y Gasset, (tal vez influido por un libro, “La clase dirigente”, de un profesor de Turín de finales del s. XIX, en donde se  afirma que en toda sociedad hay una clase dirigente y una dirigida), dice textualmente en una página, que tengo anotada como relevante desde hace tiempo en mi agenda, lo siguiente:
”El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía (única cosa que puede salvarla) se volverá  a caer en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre masa y necesita recibirla de aquél” (fin de la cita, pág.124, obras c.)
 Esta obra, de 1930, si no se contextualiza dentro de los acontecimientos acaecidos desde los últimos años del siglo XIX en Europa, puede dar lugar a más de una confusión. Me refiero a la aparición de las masas en la vida pública por el advenimiento de los cambios económicos, políticos y sociales de la 2ª Revolución Industrial, engrosando así los electorados y participando de forma masiva en la opinión pública con manifestaciones, huelgas o rebeliones.
La población mundial, nos recuerdan los demógrafos, en esta época ronda los dos mil millones de habitantes, con cuatrocientos millones de personas en Europa dentro de ese marco de industrialización que tiene lugar primordialmente en los transportes, bienes de equipo, máquinas, electricidad, construcciones de acero etc. con una concentración poblacional en núcleos urbanos y  grandes ciudades, (Londres con siete millones de habitantes, París con tres millones, Berlín, Moscú, con dos y uno respectivamente, Madrid no llega al millón), con el correspondiente intercambio cultural y el cuestionamiento de nuevos valores, nuevos conocimientos, nuevas costumbres, nuevo modo de vida, nuevas ideas y la puesta en cuestión de viejas creencias.
Con la excepción de cuantos emigraron del campo a la ciudad llevándose con ellos el pueblo y sus miserias, mediocridad, mentalidad y, en no pocos casos, la hipocresía y la maldad. A veces sienten añoranza del pueblo que dejaron atrás y no resisten la tentación de reunirse entre ellos y festejar viejas glorias finiquitadas a través de las casas del pueblo o fundaciones  (“amigos del país”) dentro y fuera de España como a rebozo de una dinámica social y cultural que ellos no acaban de comprender ni hacerla suya.
 Como acabo de recordar, el desarrollo industrial ya distingue la Europa del Norte y la del Sur. Portugal, Grecia y España es la Europa atrasada, pobre, analfabeta y con agricultura de subsistencia frente a la propiedad latifundista que subsiste en gran parte de la Europa del Este desde Prusia, Rusia, Hungría,  Rumanía o el caso de Andalucía y Extremadura en España.
La emigración da cifras alarmantes en esta época: unos sesenta millones de europeos van a EEUU, Canadá, Argentina, Brasil o Australia.
Por otra parte, las masas en sociedad concentradas o emigradas asumen nuevas ideologías y hasta mitos colectivos mesiánicos, como los socialismos o los nacionalismos derivando en muchos casos en anarquismos frente al Estado y el liberalismo económico del “dejar hacer, dejar pasar”.
Frente a cualquier despropósito de anarco-sindicalismo y desórdenes públicos, económicos y sociales, el Estado, como órgano de gestión de los intereses generales de la sociedad y sometido al control parlamentario del electorado, va a ser visto ahora por Jaurés, líder del socialismo francés, a principios del s. XX, como el máximo instrumento de materializar los ideales de la Revolución francesa: igualdad, libertad y fraternidad. Es decir, el mito del “humanismo” y “los derechos humanos y del ciudadano”, que desde entonces no ha dejado  de martillear las conciencias de las izquierdas hasta nuestros días.
No olvidemos que la denominación de “izquierdas y de derechas” nació precisamente en las montañas asamblearias de la Revolución Francesa (indicando quién ocupaba un lado  y quién otro, localmente, sin más)
En esos primeros años del  s. XX, 1903, hay que recordar que Max Weber, sociólogo alemán, intuye en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” que la ciencia y la técnica aplicadas al desarrollo de la producción industrial no ha hecho del capitalismo sino una razón de ser del Estado y su política. Esta afirmación que parece contundente como teoría y justificación de la productividad y la realidad floreciente del siglo, que comienza ahora, encubre, sin embargo, el espíritu protestante que busca precisamente en su conciencia la manifestación del capital y la riqueza como signo de los tiempos de la salvación religiosa de los elegidos.
Pero dentro de este escenario hay que recordar que el horizonte vital del hombre viene flanqueado en 1900 por Max Planck con la “Teoría cuántica” (sobre la energía irradiada por los cuerpos), también por Einstein (sobre la electrodinámica de los cuerpos y la relatividad del espacio y el tiempo), también por Vries y por Freud (sobre la genética  y el subconsciente respectivamente).
Estas nuevas teorías cambian la percepción del mundo físico y del mundo humano en cuanto a la personalidad biológica, psíquica y moral del hombre. El giro cultural, social, moral y religioso es sorprendente.
La llamada “Belle Époque”, cuya manifestación más asombrosa ha sido la novela “En busca del tiempo perdido”, de M. Proust, parece quedar atrás, pero no sin dejar la estela de su poder y orgullo en magníficos edificios de estilo clásico y grandes mansiones aristocráticas ubicadas en el centro de las ciudades de Europa, insinuando con ello que la vida formal de la aristocracia y las grandes fortunas, (a principios de siglo y posteriores a la Guerra del catorce), se resistía a desaparecer, si bien su nueva forma de aparición lo hace a través de  la prensa popular y sensacionalista capaz de engullirlos a todos en lo que ha venido en  llamarse  la sociedad de masas dentro de la misma zafiedad y estupidez que los iguala: los de abajo imitan a los de arriba en las modas, gestos, talante, diseño del vestir, de aparentar, de jugar y consumir; y los de arriba, a los de abajo, en el poco aprecio de la cultura, la mediocridad y la ordinariez que enmascara y disimula el propio grupo gregario.
 Incluso lo gregario, lo multitudinario, el “grupo anónimo”, la llamada “mayoría de la gente”, las mayorías absolutas electorales, los “referéndums”, han llegado a constituir una especie de “verdad sociológica” (tan incuestionable) que deja atrás a los propios dogmas más indiscutibles de la Iglesia católica para sus creyentes o a las reglas más intransigentes y aculturales  (diríamos salvajes, como la ablación) para los musulmanes.
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