Érase nunca: Los hermanos Balbín

Un cuento recién salido del horno. Como es largo no os doy más la plasta. Dedicado a mi abuelo que falleció el año pasado, zoquero de profesión.

Los hermanos Balbín

 

Es difícil que dos hermanos puedan ser tan distintos y tan parecidos al mismo tiempo como los hermanos Balbín. Creo que empezaré por sus similitudes, y así ustedes comprenderán mejor el alcance de sus diferencias. Carlos y Francisco Balbín eran morenos, altos, de grandes ojos negros y prontos a la sonrisa. De buen carácter y agradables en el trato eran queridos por la mayoría de sus vecinos, mi madre siempre decía que ser un Balbín te garantizaba automáticamente el poder de agradar a los demás.

Pero ahí acababa todo parecido, porque a pesar de que el aire familiar era inconfundible y las facciones de los dos hermanos eran las mismas, habían sido distribuidas de forma muy distinta.

Francisco Balbín, el pequeño (De edad, que no de estatura), había sido el más afortunado; tenía largas pestañas, la mandíbula bien formada, buenos pómulos y, cuando alcanzó la pubertad, le sacaba unos cinco centímetros a su hermano mayor. Carlos, en cambio, había sido presa de una jugarreta genética, y pese a tener los elementos para un físico tan atractivo como el de su hermano, había recibido una combinación distinta. A pesar de ser alto era de espaldas estrechas y, mientras que Francisco era un buen mozo, él tenía hombros cargados y parecía un espantapájaros con aquellos brazos tan alargados y huesudos. La frente ancha de su hermano era excesiva en Carlos y el pelo, negro y tupido como el de su hermano, le empezaba demasiado atrás dándole una apariencia extravagante. Los dos tenían la misma nariz recta y perfecta, pero en el caso del mayor esta era demasiado pequeña y no era proporcionada con sus grandes ojos, que si en el caso de Fran volvían locas a todas las muchachas de la provincia, en el caso de Carlos eran un poco saltones, y le hacían parecer poco inteligente. Donde su hermano era de facciones marcadas y varoniles, él tenía líneas angulosas; si uno poseía manos fuertes y grandes, el otro las tenía alargadas y nudosas; si los labios de uno parecían hechos para ser besados, los del otro daban la sensación de estar eternamente hinchados.

Ya desde pequeños eran identificados como Balbín el guapo y Balbín el mayor. Pese a sus orejas de soplillo, su rostro casi cómico, y las continuas alabanzas que recibía su hermano menor (La tía Lidia no podía evitar exclamar “¡Pero que guapo es este zagal!” cuando se los encontraba a ambos por la calle), Carlos no parecía resentido, era un niño feliz y tenía talento para hacer reír a los demás, siempre haciendo piruetas e inventando juegos alocados. Cuando se fueron haciendo mayores Fran desarrolló un talento natural para el mando y el liderazgo, era el capitán de su pandilla y las muchachas se peleaban por estar a su vera. Si los del pueblo de al lado amenazaban con darle una paliza a algún chico del nuestro, era él el que organizaba la defensa y convencía a todos para mostrar un frente unido.

Carlos, en cambio, era considerado el payaso de la clase, aunque de espíritu bondadoso y alegre, montaba bulla durante las explicaciones del maestro y siempre llevaba malas notas a casa. A pesar de ello, profesores y compañeros le querían por igual, aunque ninguno le tomaba en serio.

Cuando acabaron el colegio (El mismo año, ya que Carlos Balbín necesitó de un curso más para equipararse con el resto de la clase) su padre, el zoquero del pueblo (La señora Balbín había fallecido dando a luz al hermano pequeño) reunió los pocos cuartos con los que contaba y se dispuso a tomar la decisión de cual de sus dos hijos tendría una oportunidad de bajar a estudiar a la ciudad.

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Fran tenía las mejores notas y todo el mundo asumía que terminaría siendo algo importante en la vida, pero, por otro lado, era el único de los dos hermanos que había mostrado interés por el negocio familiar, aún guardo un par de zuecos que le hizo a madre, suaves y perfectos, de la mejor madera que pudo encontrar.

Carlos, por otro lado, aunque sacaba malas notas en casi todas las asignaturas, gustaba más de libros y papeles, y todos los intentos de su padre por interesarle en el trabajo con la madera habían sido inútiles, se aburría, perdía interés y dejaba las cosas a medio hacer.

A pesar de todo, y creyendo que hacía lo mejor por sus hijos, el señor Balbín decidió mandar al pequeño Fran a estudiar mientras Carlos se quedaba en el pueblo y le ayudaba con su negocio, confiando en que al dedicar a ello todo su tiempo acabaría cogiéndole el truco.

Sin embargo, aunque Carlos lo intentó una y otra vez, siempre dejaba a medias los encargos, y a pesar de la paciencia del viejo Balbín, que tenía fama de calmo y paciente, Carlos se escapaba una y otra vez de sus obligaciones y salía a hablar con las mozas a la fuente o a correr por los sembrados.

Cierto día (Madre nunca supo decirme si fue antes o después de que hicieran la estación de tren) apareció un circo ambulante, que se instaló en las afueras del pueblo. Carlos pasaba tantas horas rondando y curioseando alrededor de los feriantes que su padre temió que se fuera a escapar con ellos. Lo que al final pasó fue que, dos semanas después, apareció en casa con la sobrina de uno de los malabaristas, diciendo que les había casado el dueño del circo y que la muchacha esperaba un crío.

El señor Balbín nunca supo cómo sabía ella que estaba embarazada tan pronto, y ni siquiera si realmente lo estaba, pero, obviamente, en algún momento debió ocurrir, porque unos ocho meses después llegó al mundo Carlos Alejandro Balbín de la Torre.

El niño fue muy mimado, especialmente por su madre, que apenas dejaba que personas ajenas a la familia se le acercaran. Creció tímido, silencioso y solo, porque a pesar de la pasión inicial en la relación de sus padres, nunca se animaron a darle un hermano. En realidad, después del nacimiento de la criatura apenas se veían, dormían en camas separadas y, aunque ella llevaba la casa y le servía la comida, lo hacía sin dirigirle la palabra.

Carlos (Padre) casi no pasaba por casa, ni por la zoquería, se pasaba el día en el bar o caminando por los sembrados. Se había dejado una barba poblada y desarreglada y llevaba camisas raídas y pantalones zarrapastrosos. La gente empezó a considerarlo el loco del pueblo, aunque nadie le tomaba en serio, siempre se le recibía con una sonrisa y se le invitaba a un carajillo, o a una copita de coñac.

Y así vivían los cuatro Balbín en aquella casucha al final de la calle. El anciano Señor Balbín perdiendo cada vez más la vista y las fuerzas en su zoquería, Carlos  zascandileando por los caminos y, según cuentan las malas lenguas, visitando el local de alterne de doña Paca de cuando en cuando, la mujer; enjuta, callada y ratonil atendiendo la casucha, y el pequeño Carlos Alejandro, jugando solo, con un caballito de palo desportillado en el patio de atrás.

Un día de primavera, siete años después de su partida, volvió Fran, el Balbín guapo, acompañado por su atractiva mujer rubia y un niño en el regazo. Si se marchó en el autobús de línea con una maleta cerrada con soga, volvió conduciendo un seiscientos reluciente y vistiendo un traje a medida. Fran había aprendido rápido y había acertado en un negocio iniciado con unos amigos, volvía para llevarse a su padre y a su hermano con él a la ciudad. Lo que no se esperaba era encontrar al zoquero con tan frágil salud, y al hermano con un hijo y casado con una mujer que miraba torcido y hablaba en gruñidos.

Creyendo que era su obligación para con su familia decidió quedarse más tiempo y pospuso la vuelta a la ciudad, primero temporalmente y, después, de manera definitiva. Obligó a su hermano a quedarse en casa ocupado en el huerto, y construyó una pequeña caseta en la parte posterior, para su cuñada y su sobrino, que parecían incómodos con la presencia de aquella gente de ciudad.

Realizó arreglos en la vieja casucha para hacerla más confortable, cogió las riendas del negocio familiar, y después de vender su participación en la empresa de la ciudad a un socio, convirtió la destartalada zoquería en una zapatería, con espejos de marcos dorados y dos empleadas que se turnaban para atender. Aún recuerdo la inauguración, todo el pueblo estaba allí, menos la mujer de Carlos, que según las cotillas del pueblo no podía soportar a su cuñada por ser tan alta, guapa, rubia y elegante. Lo tengo tan presente en la memoria porque fue la víspera de mi marcha a la ciudad, mis padres habían escrito a unos primos suyos, y estos me habían conseguido un puesto en una escuela de oficios. Aunque estuve varios años volviendo solo por Navidad, seguí en contacto con la vida del pueblo, y por extensión de los Balbín, que eran la comidilla de los alrededores, gracias a las cartas de mi familia. Que si la zapatería funcionaba tan bien que habían abierto una sucursal en otro pueblo, que si la mujer del Balbín guapo se había comprado un abrigo de visón precioso y lo había donado en la rifa por los negritos de África que se organizó en la plaza. Que si la cuñada ni la hablaba por envidia porque, mientras que a su hijo solo lo habían puesto como mozo de almacén de la zapatería, al rubio y atractivo hijo de Francisco Balbín lo habían llevado a los mejores colegios de Salamanca.

zapateria

En algún momento de esos años se me comunicó la muerte del anciano señor Balbín, y como se había montado una pelea en pleno cementerio, porque la avariciosa cuñada argumentaba que la mitad del negocio les pertenecía a ellos por derecho. Al parecer los dos hermanos lo arreglaron al margen de sus mujeres, y se decidió que parte del negocio pertenecería al hijo de Carlos cuando cumpliera la mayoría de edad.

Tras un accidente con la segadora, mi pobre padre quedó inválido, y decidí pedir una excedencia de mi trabajo para volver a casa, y ayudar a mi madre a adaptarse a su nueva realidad, y a los cuidados que mi padre requería.

Me sorprendió llegar en medio de una ardiente y pueblerina campaña electoral, el anterior alcalde se había retirado, y tanto el dueño de la única sucursal bancaria del pueblo, como Francisco Balbín, se presentaban al puesto. Me llamaron especialmente la atención los carteles, burdamente confeccionados, del segundo. El Balbín, como se le conocía ahora en el pueblo ahora que el hermano pasaba prácticamente todo el tiempo enclaustrado en casa, parecía bastante más envejecido que la última vez que le vi, pero seguía desprendiendo el mismo espíritu de líder. Me hizo gracia el lema de la campaña “Lo que este pueblo necesita, es un Balbín”.

Unas dos semanas después de mi llegada, un suceso inesperado sacudió al pueblo; la mujer y el hijo de Francisco Balbín habían tenido un accidente de coche, cuando ella volvía de recogerle de su caro colegio. Ambos fallecieron en el acto.

Aunque fue un mazazo para el padre, decidió seguir con su campaña, en memoria de su hijo y esposa fallecidos, a pesar de todo cada día se le veía más delgado y ojeroso, empezó a descuidarse y a empeorar, la gente estaba inquieta, porque había sido el candidato predilecto, pero ahora algo había cambiado en él. La semana anterior a las elecciones se le vio caminado solo y sin rumbo por el monte de las higueras. A la mañana siguiente una de las dos empleadas de la zapatería lo encontró colgado en la trastienda.

Soga

Se me pidió ser uno de los portadores del ataúd en el entierro, dado que había conocido a ambos Balbín en nuestra juventud. El pueblo entero estaba de luto, el Balbín era querido por casi todos, excepto por los simpatizantes del director de la sucursal, que acudieron de todas maneras para ofrecer sus condolencias. La sorpresa vino cuando apareció el hermano mayor, acompañado por su mujer y su hijo. A Carlos le habían afeitado y peinado y le habían puesto un buen traje (Probablemente uno de su hermano). Hacía siglos que nadie le veía, y ahora todos se sorprendieron de que la edad hubiese igualado a ambos hermanos, puesto que con los años Carlos se había convertido en la viva imagen de Fran, especialmente ya que este había adelgazado y se había apagado tanto en los últimos días de su vida. El trabajo en el huerto le había dado a Carlos otro porte y la tristeza empañaba su carácter alocado.

La mujer llevaba un vestido ostentoso y poco apropiado para la ocasión, que le sentaba tremendamente mal. Los vecinos más atentos lo reconocieron como perteneciente al guardarropa de la cuñada fallecida. Pero la cosa no quedó ahí, cuando el dueño de la sucursal se acercó a darle el pésame y a proponer el nombramiento póstumo y honorífico de Francisco como alcalde, ella le aseguró bien alto, para que todo el mundo lo escuchara, que no hacía ninguna falta, que las elecciones aún seguían en pie, y que “lo que este pueblo necesitaba, era un Balbín”.

Esto lo dijo mientras cogía a su marido del brazo, el otro no supo qué decir y se pasó los siguientes días tratando de desestimar esta nueva candidatura. Sin embargo, la gente que pensaba en ir a votar a “el Balbín” no entendía que los recientes acontecimientos supusieran un cambio. Al fin y al cabo Carlos también era un Balbín, y encima estaba aquel parecido asombroso, los años le habían dado al mayor cierta serenidad, sus facciones ahora no parecían tan desiguales, y el trabajo físico le había otorgado compostura.

El resultado fue un éxito arrollador para Balbín y, por mucho que su competidor rabiara, la gente pensó que había sido un proceso justo y correcto.

Carlos fue elegido alcalde dos veces más y, aunque no fue muy eficiente, tenía el cariño de sus vecinos. A su muerte el hijo heredó el negocio familiar de las zapaterías y me han contado que no le va nada mal.

Aún hay días, cuando el dolor de mi espalda no me deja dormir, y doy vueltas en la cama, en que pienso en aquellos dos hermanos Balbín, nunca hubo dos hermanos tan iguales y diferentes a la vez.

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