Érase nunca: Me limpien el plato

Recientemente han fallecido varias personas mayores cercanas a mi, y me consta que no he sido el único afectado por una situación similar. Eso me ha hecho reflexionar sobre la muerte, la soledad y lo que realmente significa ser un anciano. Supongo que es algo que no entenderé hasta que llegue el momento, pero me lo imagino, y da bastante miedo. Todo eso me ha hecho recordar este pequeño micro-relato que hoy comparto con vosotros. Es solo una opinión y no pretende iniciar ningún debate, es tan solo una historia que podría ser cierta.

ME LIMPIEN EL PLATO, POR FAVOR

Eugenia bate los huevos, echa el azúcar, vierte la leche en un cazo y pone las ralladuras de limón. Cuando está caliente, mezcla el contenido del bol con el del cazo y remueve lentamente. Entonces añade el veneno.

Mientras las natillas se enfrían en la nevera, Eugenia hace limpieza por última vez. Le quita el polvo a las figurillas de porcelana, pasa la aspiradora y la fregona, e incluso limpia los cristales de las ventanas. Y todo mientras aguanta el terrible dolor en los dedos. Nunca fue guapa, por eso no sufre esa nostalgia que se tiene al perder la juventud, pero no puede soportar lo de sus manos; siempre le dijeron que las tenía bonitas, suaves y blancas, Antonio afirmaba que se había enamorado de ellas. Por eso odia verlas arrugadas, artríticas y encallecidas.

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Eugenia termina de preparar la comida, después friega toda la vajilla y la encimera, incluso se detiene a desengrasar el horno.

Luego va al baño, donde se quita la faja y la ropa interior y se pone uno de los pañales que sobraron cuando Antonio falleció y ya no fue necesario seguir cambiándoselos. Ni darle de comer por un tubo. Ni bañarlo una vez por semana.

Finalmente, abre las ventanas, para que la casa no huela mal cuando la encuentren. Coge una cuchara y saca el plato de natillas de la nevera. Se sienta en el salón y enciende la tele. Sale el presentador que le dio la idea de las pastillas, las vendían como remedio para la artritis, pero mencionaron que había que tener cuidado con las sobredosis. Que simplemente te quedabas dormido y ya no despertabas. Eugenia ha estado reduciendo su dosis durante meses, aguantando el dolor, y por fin hoy ha tenido suficientes para molerlas y deshacerlas en su postre favorito.

Ha tomado precauciones para cuando pierda el control de sus esfínteres (ha oído que eso pasa cuando te mueres), y no tiene nada más que esperar de esta perra vida. Disfruta las natillas, como si fueran el manjar más precioso del mundo. Coge el papel y el lápiz que se había preparado, y se da cuenta que no tiene a quien dejarle una nota. Finalmente se le ocurre algo.

Cuando la policía y los bomberos la encuentras varios días después, descubren su última voluntad.

“Me limpien el plato, por favor”

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  1. María Teresa Fuentes Alvarez

    Es ley de vida. Te llega la ancianidad y antes o después, llega la muerte. Algo inevitable y de lo único que estamos seguros. Impresiona tu relato. Pudiera ser real, prefiero pensar que no y pensar en nuestros mayores con serenidad y , siempre que sea posible, hacer con ellos, lo mismo que hicieron con nosotros. La soledad y la dependencia son compañeros en esta dura etapa. No hago más comentarios. Me ha gustado, aunque te deja una extraña sensación de tristeza por el recuerdo que nos traes de tantos ancianos abandonados y solos.

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