Érase nunca: More no tiene quien le escriba

Este relato era parte de un regalo para nuestro señor administrador supremo Carlos (More) Moreno, para animarle a escribir y a terminar algún futuro Best Seller. La foto está totalmente cogida a traición. Es un poco largo pero que os guste.

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More se da por vencido al quedarse dormido sobre el teclado por tercera vez.

Lleva tratando de mediar en una discusión sobre la caza del gamusino colorado en los montes cántabros durante una hora, y la gente aún insiste en faltar y en insultarse. Podría quedarse un rato más despierto y abrir ese archivo sobre el que sabe que lleva semanas sin trabajar por falta de tiempo e inspiración. Pero en vez de eso, apaga el ordenador con gesto desganado y tira por accidente uno de los libros que debería haberse leído para su investigación. Sin molestarse en recogerlo cooge la taza de café vacía (Su quinto café del día) y, en vez de llevarla hasta el fregadero de la cocina, donde se amontonan los cubiertos de la cena, la deja sobre la mesilla denoche. Comprueba que el despertador está programado para la hora correcta (No quiere volvera quedarse dormido y llegar tarde a clase), suspira, y se me mete en la cama sin desvestirse.

Un día más sin haber podido trabajar en su novela.

El murmullo de voces le despierta en mitad de lanoche. Lo primero que piensa es que sigue soñando, o que se ha dejado la tele o la minicadena encendidas, pero esta noche no va a tener tanta suerte. Cuando enciende la luz no está solo, ni mucho menos, alguien ha montado una fiesta en su cuarto y nadie ha tenido la decencia de avisarle.

El grito que pega ha debido de escucharlo medio edificio, pero a los desconocidos no parece afectarles demasiado, se limitan a dejar de hablar entre ellos y se dedican a mirarle con expresiones que varían entre la curiosidad y el tedio. La mujer pálida que se apoya sobre el escritorio se dirige a los demás:

– Bueno, parece que por fin se ha despertado.

– Menos mal – responde el tipo de la gorguera, – Ni que tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Todos se ríen de forma bastante petulante, todos excepto la niña de expresión desgraciada, que secoge las rodillas sentada en el taburete junto a la puerta. More ya no tiene dudas, alguien ha dejado las puertas del manicomio abiertas y los locos se le han colado en casa. Agarra la taza de la mesilla y la esgrime como un arma de destrucción masiva:

– ¡¿Quién cojones sois?! Y… y ¡¿Qué hacéis en micasa?!

-El gordito del pelo blanco peinado en cortinilla se ríe con una de esas sonrisitas agudas e irritantes, de esas que tiene la gente que se considera a sí misma más inteligente que los demás.

– ¿No nos reconoces? ¿Y te llamas a ti mismo escritor?

More los va mirando uno a uno, pero está seguro de no haberlos visto en toda su vida, quizá en algun afiesta de disfraces. Hay nueve. A su izquierda, delante del armario, hay dos tipos con mallas y perillas puntiagudas. Uno lleva gorguera y tiene un bigote largo y ridículo, el otro tiene la frente despejada y lleva un pendiente estrafalario en una oreja. Desparramado sobre el montón de ropa sucia hay un sujeto de ojos hundidos, bigotillo minúsculo y muy mala pinta. Bebe sin parar directamente de una botella, que, si More no se equivoca, ha salido del minibar del salón. A su lado está un gordito grasiento del pelo rubio platino, peinado en cortinilla para que parezca que no está tan calvo. Lleva traje anticuado, una cámara de fotos antiquísima y tiene la cara colorada. La siguiente, justo enfrente de More, es la niña del abrigo raído,sentada sobre un taburete y con una banda blanca en el brazo, en el que hay dibujada un estrella azul de seis puntas. Delante del escritorio, sentado en la silla giratoria de More, hay un tipo con una media melena vestido como un dandy inglés. Recostada sobre el otro lado del escritorio está la mujer pálida de mediana edad, de gesto triste y con un vestido de palabra de honor que deja sus hombros al descubierto. Finalmente, apoyada sobre la ventana, una pareja risueña bebe de dos copas de champagne. Ambos son rubios, ella lleva un sombrerito estilo años 20 y él el pelo peinado con ralla en medio.

– ¿Y bien? – Vuelve a interpelarle el del pelo rubio platino. – ¿Sabes ya quienes somos?

More les mira, abre la boca, la cierra, les vuelve a apuntar con la taza que aún lleva en la mano y dice:

– ¡¿Sabéis que esto es allanamiento de morada, verdad?!

El que está en la silla giratoria sonríe y le guiña unojo.-

Si quieres, nos quedamos tú y yo solos, y entonces sabrás lo que es un verdadero “allanamiento demorada”, querido.

– Óscar, por favor… – le recrimina la mujer madura que está a su lado.

De pronto, la rubia junto a la ventana se echa a reír estridentemente mientras derrama espasmódicamente el champagne de su copa por toda la cama de More. Su pareja, más divertido que alarmado, la coge por los hombros y se dirige aMore:

– Disculpa a mi mujer, es la esquizofrenia ¿Sabes?. Uno pensaría que después de muerto estas cosas se pasan, pero no, ironías de la vida, o de la muerte, según como lo mires…

– Perdona cariño – dice ella entre risas – es que el señor Wilde es siempre tan…ocurrente.

¿Esquizofrenia? ¿Muerte? ¿Señor Wilde? More yano tiene dudas, está atrapado con nueve locos peligrosos. El elegante hombre rubio parece percatarse de la cara de confusión (Y miedo) de More.

– Tendrás que perdonarnos, ni siquiera nos hemos presentado, qué desfachatez. Me llamo Francis Scott Key Fitzgerald, y esta es mi esposa Zelda.

More no sabe qué decir a esto, sólo puede pensar en la serie de torturas psicóticas a la que estos nueve sonados probablemente le vayan a someter dentro de un rato. El del pendiente toma la palabra:

– Me parece a mi que esta nuestra presentación debería seguir cierto orden, semejante al que losdioses imprimieron en nuestro mundo. Ya sea por respeto a aquellos que lo requieren por su longeva edad, o por admiración y honores a aquellos que más altas cotas hayan logrado en el Parnaso de los escritores. En ambos supuestos, si me permitís la indiscreción, creo ser el primero de entre nosotros en ambos menesteres. Así que, aquí estoy, a su servicio y admiración, Sir William Shakespeare,para servirle. – Y finaliza su discurso con una elaborada y compleja reverencia.

– Pffff, ¿”altas cotas en el Parnaso de los escritores”?¿Tú? – Le espeta el hombre del bigote alargado a su lado.

– ¡Acaso dudas de que mis obras hayan sidoelevadas a los más altos niveles de la escritura! ¿Sepuede dudar de que soy el principal exponente delgénero humano en lo que a escribir se refiere?

– ¿”Escribir”… o más bien “copiar”? –

– ¿Qué insinúa caballero? – se ofende el otro.

– No insinúo nada, lo digo simple y llanamente. He tenido un par de charlas con Bacon y Marlowe allá arriba, y tienen un par de cosas que decir sobre tu “inspiración” en sus obras.

El tipo que se cree Shakespeare se pone rojo y está pronto a responder (Y puede que a batirse por su honor), pero es interrumpido por el gordito de la cámara de fotos.

– Tendrás que disculparles, allá arriba somos bastante quisquillosos en lo que a nuestro talento se refiere. El ilustre Sir William discute a menudo con el, también ilustre, Señor de Cervantes.

– Un placer, compatriota. – El de la gorguera y el bigote ridículo le hace una reverencia.

More se fija en que mantiene el brazo extraña menterígido. Y no puede evitar preguntar:

– ¿Cervantes? ¿”Ese” Cervantes? ¿Miguel deCervantes?

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– El mismo – contesta el hombrecillo de la cámara de fotos – A su lado, “grácilmente” apoyado sobre turopa sucia, tienes al maestro de las historias de terror, el adalid del género de horror, el encantador alcohólico y politoxicómano Edgar Alan Poe.

– Enfgggantadog def connnocerteg chumacho.

– ¿Qué ha dicho?

– Ni idea, la mayor parte del tiempo no entendemos qué dice –responde el tipo con acento británico sentado en la silla de More.

– Como bien ha comentado mi colega, el señor Óscar Wilde, Edgar tiene ciertos… problemillas con la bebida, y con la psicopatía, me permito añadir –aquí vuelve a soltar una risa aguda yextremadamente ridícula – Detrás del señor Wilde, graciosamente reclinada sobre el escritorio, tienes a Mary W. Shelley, mujer respetable y una de las primeras damas dedicadas a este noble arte de la escritura – la mujer inclina la cabeza graciosamente a modo de saludo, pero sin perder su aire melancólico – Y, por último, pero no por ello menos importante, permíteme que me presente, tengo el honor de ser el afamado escritor y periodista de éxito Truman Capote.

– Un cotilla insaciable, eso es lo que eres – le impreca con una sonrisa Oscar Wilde.

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More se percata de que nadie ha presentado a la niña de la banqueta, que sigue con su mirada triste puesta en él, pero está más interesado en saber qué intenciones trae esta panda de desquiciados:

– Y ¿Se puede saber qué hacen ustedes en mi habitación a estas horas de la noche?

El señor Fitzgerald se levanta de la ventana y le contesta con una sonrisa amable:-

Verás, por ahí arriba se rumorea que últimamente estás un poco atascado con tu novela y que no encuentras el momento para ponerte a escribir, así que hemos sido enviados aquí para ayudarte, contándote nuestras experiencias.

– Y a ver si así logramos que vuelvas a encontrar la inspiración – añade su mujer.

Como parece que no habrá tortura y dolor a manos de estos locos en un futuro próximo, More se atreve a preguntar:-

¿Y si conseguís eso… os iréis de mi casa?

– Efectivamente – contesta Wilde – A no ser que quieras que alguno de nosotros se quede – y le vuelve a guiñar picaronamente un ojo a More.

-Hay un pequeño silencio en el que todos le miran, como esperando que vaya a decir algo. Como no es así, Shakespeare se aclara la garganta y comienza un largo y tedioso discurso sobre las musas de la inspiración y los faunos del arte, hasta que Cervantes no puede más y exclama:

-¡Diantres, William! ¿Quieres callarte? ¡Si todo el mundo sabe que lo único que hacías era escribir lo que le agradaba a la gente de la época!

– ¡Por lo menos un servidor no escribió un mamotreto aburridísimo de tropecientas páginas sobre dos locos, un jamelgo y un rocín!

– ¡Un respeto! ¡Ese libro del que hablas se enseña en todas las escuelas de mi país!

– ¡No quieran los dioses que continúe esa tortura infantil!

– ¡Te voy a dar yo tortura infantil!

– ¿Qué vas a hacer? ¿Atacarme con tus molinos?

-Aquí Lady Shelley se levanta del escritorio para calmar los ánimos:

– Por favor, caballeros, este no es el momento ni el lugar.

– ¡Argftsssfgt ertheguassh! – Añade Poe entre trago y trago de su botella.

– Gracias, Edgar – continúa Lady Shelley – Además, discúlpenme, pero no creo que ustedes puedan hablar de dificultades. Yo me enamoré de un hombre casado y vi fallecer a tres de mis hijos, siempre acosados por las deudas… pero sin todas esas tribulaciones nunca hubiera podido llegar a describir la suprema tristeza y desazón de las páginas de Frankenstein.

– No era mi intención ofenderos, mi señora –responde Cervantes – pero mis tribulaciones tampoco fueron pocas; fui preso en Argel y tuve que malvivir como recaudador de impuestos, por no mencionar mis heroicas hazañas, que me llevaron aperder el brazo en la guerra…

– Bueno… perder, perder… no exageres que solo se te quedó inmovilizado. Claro, que “el un poco inhabilitado de Lepanto”, no quedaba tan bien como lo del manco… – replica Shakespeare con mal humor.

– No todos estábamos demasiado ocupados tomando el té con la reina y escribiendo fabulillas de hadas y…

-En este momento Zelda Fitzgerald interrumpe muy contenta y pizpireta:

– ¡Nosotros también lo pasamos mal! ¿Verdad que sí, Scott?

– Sí, cariño.

– Nunca teníamos ni un duro, siempre perseguidos por los acreedores, y aún así nos las arreglábamos para viajar de un lado para otro. De Paris a Londres. De California a Nueva York, de la costa Este a la Oeste. Íbamos a fiestas, y tomábamos caviar, y tú escribías esas cosas preciosas sobre magnates que vivían en lujosas mansiones. Porque la vida es para vivirla, como en tu novela, el Gran Gatsby… – y en ese momento, sin previo aviso, se echa a llorar.

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– Tranquila, cielo – le dice su marido abrazándola. Los demás les miran enternecidos, menos Oscar Wilde, que resopla y comenta en tono molesto:

– Bah… el sufrimiento no es nada. Menudo sentimiento más vulgar. La expresión más exquisita del alma es la ironía. Yo también fui encarcelado por escandalizar a toda la sociedad londinense. Me rechazaron y repudiaron, ¿Y creéis que eso me importó? Allá ellos y su hipocresía clasista… ¿Os he contado alguna vez aquella anécdota en la que en mi lecho de muerte en un hotelucho de París…? –

¿Dijiste: “o quitáis el papel pintado de la pared, o me voy yo”? Sí, Óscar, unas diez mil veces. –interrumpe Lady Shelley.

– Quintitropescientashhh – aporta Poe desde su montón de ropa sucia.

Aquí More no puede evitar mirar con curiosidad a la niña del taburete, que se sigue agarrando ansiosa las rodillas, empieza a preguntarse si es el único que la está viendo.

– Os estáis desviando del tema – Continúa Capote –Lo más importante de la literatura es retratar a los personajes, encontrar esa parte oscura en el alma de todo ser humano y sacarla a la luz. Hay que buscar la realidad, lo verídico. Por eso yo me enfrenté ante aquellos dos asesinos y les interrogué hasta encontrar la humanidad que se encontraba en su interior…

– ¡Paprachurrasssshhh! – Exclama Poe.

– ¿Disculpa?

– Brsguytrs mjislodnmepps, mospjbtsshhhgestross…

– Perdona, pero yo no diría eso de mi obra…

– Eligsshhh treterrriii ofumuscooohh…

– Creo que te equivocas con esa afirmación…

– ¿Qué esta diciendo? – pregunta More.

Truman Capote parece demasiado avergonzado como para contestar, como un niño pequeño al que han pillado en una travesura. Es Wilde el que responde por él:

– Dice que “A sangre fría” tan solo es una muestra del ego inmenso de Truman, y que sus personajes no son más que el reflejo de sus propias inseguridades.

– Fshhhregghdem averusumng – trago a la botella –mirifranda el merpeso aquilijander –trago – shhhhpul – trago.

– Edgar dice que el verdadero escritor debería rebuscar en su propia suciedad interior, y que es ahí donde encontrará a los verdaderos monstruos que aterrorizan a la mente humana. – completa LadyShelley con su triste voz.

– Geshhhmnder ifum… Ah… y… eso – Y aquí vomita copiosamente sobre el suelo.

– ¿A Quién le toca llevarlo a casa esta vez? -Pregunta Fitzgerald.

– A mi me tocó la última vez – se justifica Shakespeare – por lo menos no ha vuelto con lo del opio ¿Os acordáis de la noche que nos dio cuando…?

– No sé como te atreves a atacarle con lo de la adicción, cuando tú, William, falleciste en medio de una borrachera- le suelta Lady Shelley – Y tú, Óscar,no te sonrías, que Edgar no es el único alcohólico en la sala…

-More está ya harto de sus discusiones, sólo puede pensar en los ojos hundidos y tristes de la niña de la banqueta. Por fin saca valor para preguntar. La señala:-

¿Y ella?

Todos se quedan callados. No saben a donde mirar, parecen avergonzados y More no entiende qué pasa. Por fin Cervantes se anima a hablar:

– Ella… ella es diferente.

– ¿No puede hablar?

– Sí que puedo.

-Su voz es sorprendentemente fría, no es la que se esperaría de una niña que aparenta unos doce o trece años.

Todos evitan su mirada, hasta Poe, que se limpia el vómito de la cara con un calcetín sucio de More. Es la pequeña la que responde la pregunta que More no formula:

– Les da vergüenza. Todos han escrito sobre el dolor y el miedo, han usado sus propias experiencias para crear personajes que fueran reales. Pero ninguno ha sido su propio personaje, ninguno ha sufrido las desgracias que ellos escribían para otros.

-¿Quién eres?- Pregunta More.

Lady Shelley se levanta, da un par de pasos, y pone un brazo sobre el hombro de la niña, unos centímetros por encima de la estrella que la pequeña lleva cosida en el abrigo. More se dacuenta antes de que la mujer diga nada:

– Te presento a Ana, Ana Frank.

Hay un silencio. More no sabe muy bien si hablar o no. ¿Qué se puede decir en una situación así?. Por fortuna es Ana la que continúa:

– Para eso hemos venido, eso es lo que queríamos explicarte. Escribir no consiste en evadirte de la realidad escribiendo sobre fiestas y partidos de golf a los que te gustaría asistir – la señora Fitzgerald se pone a temblar y su marido vuelve a cogerla por los hombros – No se trata de denunciar los male ssociales y de fingir que nada te importa y reirse un poco de todos – La sonrisa de Óscar Wilde se desvanece por primera vez en toda la noche –Tampoco es necesario evocar terribles hechos de nuestro pasado para escribir largos pasajes melancólicos – Mary Shelley retira su mano del hombro de Ana y se la lleva a la boca – Ni de hundirse a uno mismo en un pozo de degradación para encontrar los límites de lo humano – Edgar Alan Poe tiene los ojos fijos en el suelo – Escribir es más que una manera de alimentar el propio ego –Capote manosea nerviosamente su cámara – No se escribe por contrato, no se escribe para lograr admiración – Cervantes y Shakespeare se miran incómodos – Se escribe, porque si no se escribe, se muere. No tiene nada que ver con reflejar larealidad, ¿Crees acaso que aquel cuartucho en el que estábamos metidos en Amsterdam daba a uno de los principales canales de la ciudad? Claro que no, daba a un patio minúsculo en el que olía a los productos químicos que usaban en la fábrica de abajo. Pero no fue lo que escribí en mi diario, porque lo que yo necesitaba era aquella ventana, por la que ver la calle, donde la vida seguía. Eso es lo que tienes que recordar, More.

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Nadie dice nada más. More es el único que le mantiene la mirada a Ana. Los demás tratan dehacer como que no han oído nada, pero las palabras de la pequeña resuenan en la habitación.

– Yo… yo sólo trataba de que el público entendiera… – se excusa Capote.

– ¡Qué más da lo que tu querías! ¡Pequeño reprimido! – le espeta Wilde.

– Ese no es un lenguaje para usar delante de las señoras – le recrimina Fitzgerald.

– ¡Ya has hecho enfadar a la pequeña damisela!

– ¿Cómo que enfadarla? ¡Te voy a mandar de una patada a un lugar de la Mancha del que preferirás no acordarte!

– Por favor, señores… – trata de calmarles Lady Shelley.

-Todos se ponen a hablar y gritar a un tiempo. Cervantes y Shakespeare se llevan las manos al cinto, Zelda Fitzgerald empieza a reír descontroladamente, Poe a vomitar copiosamente de nuevo…Y, de pronto, Ana Frank se tapa las orejas y se ponea gritar con los ojos cerrados. El suyo es un chillido continuo, que parece no tener fin. Su grito tiene un tono metálico, casi artificial, que va a volver loco a More. De hecho, el sonido más que metálico es… electrónico…More se da cuenta de que lo que está oyendo es la alarma del despertador. Está solo en la habitación, y todo parece estar igual que cuando se acostó, aunque todavía no es de día, ya entra cierta claridad por la ventana entreabierta. Las sábanas están empapadas en sudor. Vaya pesadilla. More decide ir a la cocina a prepararse un café bien cargado, pero al llegar junto a la puerta, su pie descalzo se hunde en algo viscoso y resbaladizo. Enciende la luz para echar un vistazo. Vómito.

Vómito de escritor.

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