Érase nunca: Mentiras Piadosas

08022012

Humildemente presentamos la nueva sección de narrativa y cuentos de Liebanízate, esperamos que os guste:

Rocío observa como el ataúd baja lentamente mientras sujeta un cigarrillo casi consumido entre los dedos. Siente la mirada de reproche de su madre, pero le da igual, lleva mucho tiempo sin que le importen las apariencias, y no va a volver ahora a antiguos vicios. Muchos de sus parientes lloran, incluso su padre tiene la cabeza gacha, a pesar de que nunca soportó a la vieja bruja. Eso hace que  a Rocío se le revuelva todavía más el estómago. “No aprenderán nunca”, piensa, ni siquiera ahora, ni a bajo la atenta mirada de la muerte.

Algunos invitados se adelantan para decir unas palabras; Jordi, su hermano pequeño, está entre ellos. “Al menos habrá una voz sincera”, reflexiona, y por primera vez siente algo de pena, no hacia la fallecida, sino hacia su pobre hermano, que ha viajado desde su universidad extranjera para estar aquí

El discurso de Jordi es realmente enternecedor, las lágrimas corren por sus mejillas y hasta el más insensible de entre los invitados no puede evitar emocionarse. De nuevo, Rocío es la excepción, y mientras su hermano relata como agradece todos los ratos que pasó con su abuela Antonia, ella realiza su propio discurso mental.

Gracias por no habernos dicho ni una sola verdad en toda tu vida. Gracias por ocultarnos la mierda que tanto te avergonzaba. Gracias por enseñarme a mentir, abuela.

Cuando Rocío era pequeña le encantaba ir a pasear con su abuela y con su hermano. Antonia les llevaba todos los domingos a dar una vuelta por el Retiro, mientras el abuelo se quedaba en casa leyendo el periódico. Primero jugaban en los columpios, después compraban manzanas de caramelo y se iban a mirar las tiendas de Serrano. Ella quería ser mayor cuanto antes para ponerse los vestidos de princesa y las joyas brillantes que veía en los escaparates. Jordi aún tenía cuatro años y solo se paraba delante de las pastelerías y de las tiendas de caramelos.

Rocío quería mucho a sus padres, pero se pasaba la semana deseando que llegara el domingo para estar con la abuela. Su madre tenía clases de tenis y su papá aprovechaba para jugar al golf, al pobre solo le podían ver los sábados, porque durante la semana llegaba tan tarde a casa que ella ya se ha quedado dormida cuando aparecía.

Pero un domingo en particular ya nunca más quiso hacerse mayor, ni por todos los vestidos de princesa del mundo.

Ese domingo se encontraba con su abuela y su hermano frente a un escaparate lleno de bolsos de diseño. Rocío había estado tan embobada con las cosas bonitas de dentro de la tienda que tardó en darse cuenta de que su abuela se había quedado rígida de repente. Dos hombres jóvenes salían riendo de la tienda, y Rocío se dio cuenta que conocía a uno de ellos.

-¡Tío Marco!

La niña se lanzó corriendo a abrazar al más alto de los dos, antes de que la abuela pudiera hacer nada. El hombre se sorprendió, pero en cuanto reconoció a su sobrina sonrió ampliamente, la levantó en volandas y la abrazó con genuino cariño. Rocío recuerda como le llamó la atención lo bien que olía su tío Marco, y de cómo se dio cuenta de que hacía mucho que no le veía.

-¡Rocío! ¡Pero qué mayor estás! ¿Qué haces por aquí? ¿Estás con tu ma…?

Entonces vio a Antonia y la sonrisa se borró de su cara. Dejó a la niña en el suelo y saludó con un tono bastante lúgubre.

-Hola mamá.

Antonia cogió a Rocío de una mano y tiró de ella más bruscamente de lo normal, hasta la niña se percató de que algo va mal. El tono de voz de la abuela al responder no era su habitual murmullo cariñoso, era seco y con un matiz de repugnancia.

-Hijo.

Solo entonces se fijó Rocío en el hombre que iba con su tío, llevaba un pañuelo al cuello y la miraba con curiosidad, parecía bastante simpático. Su abuela no le había saludado, pero tenía la mirada de desagrado puesta en él.

-Nos tenemos que ir, niños- la escuchó decir Rocío.

-Pero abuela, ¿No podemos quedarnos un rato con el tío Marco? Hace mucho que no le vemos. Porfaaaaa…

Hubo un silencio incómodo. Los adultos se miraban hostiles, finalmente su tío le sonrió:

-Lo siento, cariño. Pero tenemos que irnos ahora, últimamente he estado muy ocupado, pero te prometo que pasaré a haceros una visita pronto ¿Vale?

-Jooo, pero yo…

-Venga, no seas cabezota, haz caso a tu abuela y te prometo que te llevaré un regalo cuando vaya a veros ¿Vale?

Antonia no esperó a que ella pudiera responder, se dio la vuelta sin despedirse y tiró de su nieta. Rocío todavía recuerda como se giró para saludar mientras su abuela la arrastraba, y vio como su tío respondía con ademán triste y como su amigo le pasaba un brazo por los hombros.

Jordi no se dio cuenta de nada, estaba muy ocupado pringándose las mejillas con su manzana de caramelo. Rocío no cree que reconociera a su tío Marco, ya que hacía varios años que no iba a las reuniones familiares, de hecho los mayores no le habían mencionado en mucho tiempo. La abuela no les habló en todo el camino de vuelta, llevaba los ojos fijos y se le había quedado una mueca de desagrado en la comisura de la boca.

Por primera vez, a pesar de que todavía era una niña, Rocío descubrió que había algo que no encajaba. Sintió que se le ocultaba información, que no todo era como los mayores le contaban. Con el tiempo también se dio cuenta de que no era normal que el abuelo siempre estuviera leyendo el periódico del revés cuando llegaban a casa, que era raro que siempre se equivocara al vestirse.

Empezó a extrañarse de no ver a su padre por casa entre semana, y de que su madre pasara tanto tiempo con el profesor de tenis.

No fue fácil sentirse engañada por las personas en las que más confiaba. Le dijeron que era por su bien, para protegerla de las cosas terribles de la vida, pero no se lo tragó. Sabía que todas esas mentiras nunca fueron “por el bien de los niños”.

08022012

Por eso ahora tiene los ojos secos cuando su hermano finaliza su hermoso discurso. Tira la colilla y la aplasta con rabia. Se da cuenta de que nunca ha comentado con Jordi sobre aquella tarde de domingo. Le enfurece ser parte de esa red de mentiras y aparta la mirada. Entonces le ve, al fondo, detrás de todos los invitados, medio oculto entre la sombra de los cipreses. Lleva un elegante traje negro, y a pesar de la distancia y de las gafas de sol, sabe que está llorando. Han pasado muchos años, pero su tío Marco sigue tan guapo como siempre.

Rocío se dirige hacia su hermano, que está bajando del estrado, le coge de la mano, le sonríe, y le dice:

-Ven, hay alguien que tengo que presentarte.

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